Coronavirus o el elogio de la Política

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El autor del libro "El sueño de la especie. Siete ensayos al borde del abismo" (Devenir, 2019), Premio de ensayo “Miguel de Unamuno”, y su mirada a las implicaciones de la pandemia para la humanidad.

Por: Iván Olano Duque / El Espectador

Nunca estuvimos tan sincronizados. Ni las grandes guerras del siglo XX ni las catástrofes naturales han tenido esta fuerza para interpelar al planeta entero. Tampoco lo han logrado las crisis financieras o los eventos trágicos en la era de la interconexión digital, porque siempre hubo regiones que se quedaron al margen, personas que dieron media vuelta y siguieron con su vida. De repente, y a diferencia de la crisis climática que viene anunciándose desde hace décadas, algo ha irrumpido en nuestra realidad compartida y, para nuestro desconcierto, no se parece a lo que habíamos imaginado; es al mismo tiempo más sereno, más indiferente, más duradero. El baremo, las dimensiones que conocíamos han sido ampliamente rebasadas. Es normal que sintamos vértigo.

También es normal que, casi al borde del abismo, nos aferremos a los conceptos más amplios. Si este no es el momento para hablar de la especie como un todo, de lo humano en términos universales, ¿entonces cuándo? Miles de millones de seres humanos estamos temiendo, sintiendo, pensando en lo mismo, y no hay modo de prever las consecuencias culturales de esta sincronía. Algo es claro: la ficción del apocalipsis siempre ha sido un terreno fértil.

Y todas las disciplinas están en alerta. Como en la medicina y la biología (que han registrado un pico de investigaciones sobre el tema en un periodo récord de tiempo), la filosofía y la sociología, la economía y la literatura están enfrentando también el desafío. La amenaza —siempre estimulante— ha causado una “explosión creativa”, y desde luego llegará el momento en el que el arte y la poesía nos digan lo que en realidad sucedió. Pero creo que por encima de todos los enfoques —de la respuesta urgente de las humanidades y ciencias naturales—, esta pandemia ha demostrado el predominio de la Política, con mayúscula, en la suerte y destino de nuestra especie.

De igualdades y diferencias

Desde los primeros días se empezó a señalar que este virus nos igualaba a todos. El hecho de que fuera altamente contagioso, que nadie tuviera anticuerpos para enfrentarlo, por lo que podría infectarnos a todos, y que asustara incluso a los más poderosos nos entregaba a la ilusión de la fragilidad compartida, de la vulnerabilidad que nos iguala. “Al fin estamos juntos”, dijimos; “al fin algo nos toca a todos”. El virus era, pues, ese exterior constitutivo que formaba una nueva identidad y, por tanto, una nueva capacidad de acción: la humanidad en pie de lucha.

Pero, por más estimulante que sea, esta idea nos puede conducir a errores; o mejor: es un reflejo de la razón que puede ocultar más de lo que revela. El virus que nos iguala en realidad nos está diferenciando radicalmente. Como esa técnica radiológica en la que se inyecta un contraste en las venas para que sean visibles, la pandemia está mostrando en todo el planeta las debilidades, fortalezas y desequilibrios de las sociedades y, por tanto, las costuras de las relaciones de poder.

Vemos, primero, cuál es nuestra capacidad para identificar la amenaza, medir su impacto probable y comunicarla a una nación y a los demás Estados e instituciones supranacionales: esto depende del lugar que tiene la ciencia en el pacto social, del desarrollo y carácter de los organismos multilaterales, del interés de los gobiernos en defender el interés común o de su sumisión al gran capital. Estamos hablando de política.

Luego tratamos de identificar, con toda urgencia, a las víctimas más probables, las injusticias estructurales que se vuelven trampas mortales, y descubrimos que el virus no es sólo más riesgoso para la tercera edad, sino que será implacable con los más pobres y con los países con Estados débiles y sistemas de protección social deficientes. Cuestión de clases y nacionalidades. No es lo mismo, desde luego, la emergencia con una sanidad pública y gratuita que en medio de la estafa neoliberal de seguros privados. No es lo mismo ser un país industrializado que un país bloqueado por no alinearse. No es lo mismo el confinamiento en viviendas amplias, con la nevera llena y con ahorros en el banco, que en esa normalidad premoderna en la que millones de personas viven, como se dice en Colombia, del rebusque, al filo de la nada, donde ni siquiera se lucha para llegar a fin de mes —como la clase trabajadora en medio mundo—, sino para llegar al día siguiente, como si se trabajara a cambio de un puñado de lentejas. Seguimos hablando de política.

El virus no es la crisis, el virus manifiesta la crisis

De manera que la política no es un rincón de la realidad al que podamos darle la espalda; no es un vano ejercicio electoral o una lucha de vanidades; no son titulares de prensa ni profesionales de la burocracia, sino la materia de la que está hecha nuestra casa común. Y vivimos en ella, nos guste o no. De un modo muy sintético, política es el nombre que damos a las relaciones de poder y las condiciones de convivencia entre los seres humanos.

Y entonces empieza el debate sobre lo que nos trajo a este punto. Boaventura de Sousa Santos lo expresó con claridad: “La pandemia actual no es una situación de crisis claramente opuesta a una situación de normalidad”. Este es, hoy, el leitmotiv de casi todo análisis crítico: la crisis ya estaba ahí.

Porque el paradigma neoliberal se moviliza invocando la crisis. Es el pirómano que llega al pueblo gritando que debemos cuidarnos de los incendios del futuro. El progresivo recorte de derechos, instituciones y servicios públicos se ha hecho —desde hace treinta o cuarenta años, dependiendo del país— bajo el argumento de que son insostenibles, que son indeseables, y en la feria de las privatizaciones han logrado una concentración de la riqueza sin precedentes y han alimentado un vector antidemocrático: la pérdida de poder político de las mayorías sociales. La liberalización de los mercados de capitales, la dinámica sociópata de las bolsas de valores —frágiles, irresponsables, siempre al borde del colapso— y el aumento del poder político de la industria financiera significan un mundo más injusto, más desigual y mucho más vulnerable. Hoy vemos cómo la privatización, el desmantelamiento de los servicios sanitarios y los recortes del gasto público a partir de la crisis de 2008 están causando una masacre en el sur de Europa. La famosa frase de Margaret Thatcher —piloto político de este paradigma— era una condena a muerte: “la sociedad no existe. Sólo hay hombres y mujeres individuales”.

Y más allá del neoliberalismo la crisis es un sistema que no ha tenido ningún escrúpulo en sacrificar todas las vidas que sean necesarias —y que ya impulsaba y convivía con hambrunas y guerras y colapso medioambiental— a cambio de beneficios económicos a corto plazo. La crisis, ahora incluso más explícita, es sobre todo el último capítulo de la disputa globalizada entre capital y trabajo; la guerra entre la acumulación depredadora y la vida y dignidad de la gente de a pie.

Creo que a estas alturas ya somos todos conscientes, pero hay que repetirlo una y otra vez, con la esperanza de que nunca se olvide. En la urgencia de distinguir lo esencial de lo prescindible, lo que nos salva de lo que nos condena, aparecieron ellos en primer lugar —y tal consciencia ya es un hecho político fundamental—: profesionales de la salud, desde luego, pero también trabajadores de la limpieza, campesinos y agricultores, conductores de camiones y los que cargan bultos a las tres de la mañana, cajeras y reponedores de supermercado, los de la tienda del barrio y los que recogen la basura. Precisamente los más golpeados, los más olvidados, los más ninguneados. Sin ellos no habría ninguna esperanza. Cuando llega la hora de la verdad, no es el banquero ni el multimillonario ni el que sale en portadas de revista, sino el trabajo y los trabajadores lo que nos mantiene vivos.

Aplausos desde la ventana

Ya sabemos que la mortalidad inmediata del virus depende de la capacidad hospitalaria y de la capacidad de acción colectiva (Estado e instituciones) para impedir su propagación, y que la mortalidad diferida del virus —por sus consecuencias sociales y económicas— depende de quién esté en el poder y de la correlación de fuerzas en cada sociedad, como siempre. La pregunta no es técnica, sino ética y, por tanto, política: ¿sobre quién cargar el peso de la dificultad económica? ¿Quién pagará las facturas? ¿Lo harán los trabajadores empobrecidos, o lo hará esa astronómica riqueza acumulada y grotescamente concentrada?

De manera que, puesto que la mortalidad es un factor humano, cada país tendrá cifras y consecuencias radicalmente distintas. Y no hacía falta, pero estos días nos vuelven a demostrar en la práctica que el “sentido común” es otro nombre para la ideología. En otras palabras: los razonamientos no existen en abstracto sino dentro de un marco definido de ideas, convicciones e intereses. Y lo hemos visto del modo más cruel: en China paralizaron la producción, cerraron las ciudades, enviaron todos los mensajes de alarma, pero en Europa y Estados Unidos lo mostraron, condescendientes, como gestos pintorescos de un rincón autoritario del mundo. Luego, cuando en varios países de Europa se cerraban los negocios no esenciales y se decretaba el confinamiento, en Latinoamérica todavía se impulsaba un velo de incredulidad e impotencia política.

¿Qué habría pasado si el virus se hubiera iniciado en Latinoamérica? Si a pesar de todo el tiempo de ventaja y de la experiencia acumulada en varios países tenemos en Latinoamérica una colección de declaraciones incompetentes, tardanzas y negligencias, ¿dónde estaríamos si hubiéramos sido los primeros? Por esto el fortalecimiento de lo público y la defensa del interés colectivo es cuestión de supervivencia; porque si permitimos que los intereses económicos particulares construyan sin resistencia las políticas, nos acostaremos cada noche contando muertos.

Ese era el terror desde el principio. Se comentaba con insistencia. Ese ha sido, en mi caso personal y sin duda en el de muchos más, el motivo del insomnio y de la angustia de estos días. Veamos a Colombia: con un Estado débil (prácticamente inexistente en buena parte del territorio), con mucha menos inversión en salud que los países desarrollados, muchas menos camas hospitalarias en proporción a la población, servicios privatizados, menos profesionales y en condiciones más precarias... esta epidemia es como echarle gasolina a la candela. Y si a esto le sumamos tantas heridas sociales (las cárceles hacinadas, los adultos mayores abandonados, la población sin techo, los sistemas de transporte indignos, la violencia y las mafias que no entienden de cuarentenas) nos enfrentamos a una superposición de horrores.

Pero desde luego hay esperanza. Aunque la correlación de fuerzas en todos los países es distinta, en la era de la interconexión digital es posible impulsar medidas y horizontes de acción por encima de las fronteras nacionales. ¿Qué se está haciendo y se está pidiendo? Vemos que en distintos países se anuncia la congelación de pagos de hipotecas y de préstamos bancarios, la congelación del pago de alquileres (pues priman el derecho a la vivienda y la alimentación), el no cobro de los servicios públicos domiciliarios (cuyo suministro debe garantizarse), la prohibición de los despidos y el control de precios (para que nadie saque provecho del sufrimiento de los demás). Hay también dos propuestas crecientes y que darían un gran alivio: la condonación de la deuda externa de países subdesarrollados y —para sujetar al pirómano— el cierre provisional de las bolsas de valores.

¿Y qué no se está haciendo? Nadie está liberalizando la crisis. Nadie está proponiendo que el mercado haga su magia. Nadie espera que los bancos den un paso al frente para salvar vidas. Están en silencio, aguantando la respiración, esperando que ignoremos el crash estrepitoso del paradigma neoliberal. Y nadie, ni siquiera los adversarios del campo popular, pueden ignorar los aplausos desde las ventanas, en muchísimos países, a los trabajadores de la salud; un ritual fundamental que siembra un consenso y politiza la emoción.

Hay otra medida urgente que resuena cada vez con más fuerza. Sirve para enfrentar la crisis económica y social del coronavirus, y la crisis amplia —y no menos mortífera— del capitalismo. Sin ella, millones de personas en países como Colombia no podrán acatar la cuarentena —y por tanto aplanar la curva y salvar vidas—, pues cualquiera preferirá el riesgo de un virus a la certeza del hambre. El economista Guy Standing la ha defendido ahora incluso con más vehemencia: por lo menos mientras dure la crisis se necesita un sistema de renta básica garantizada para todos los habitantes. A diferencia de la habitual inyección neoliberal de liquidez al sector financiero, que sólo aumenta la desigualdad, un ingreso mínimo vital —“sin condiciones, como derecho”, dice Standing— permitiría mantener cierta demanda, algo de oxígeno en la economía real, y que la población más vulnerable se pueda aferrar al menos a una certidumbre: que pase lo que pase habrá comida en la mesa.

A quien diga que no hay cómo pagarlo, habrá que contestarle que nadie conserva el dinero bajo el colchón cuando no tiene qué comer, que hay una inmensa riqueza acumulada —creada por la sociedad, no por los individuos— y que en plena emergencia lo único aceptable es utilizar todos los recursos disponibles, estén en las manos de quien estén, para salvar vidas.

Cuanto peor, peor

No hay forma de saber a dónde nos conducirá esto, nadie tiene la bola de cristal, pero es seguro que no estamos en un simple paréntesis. Todavía hay quien clama, sobre todo en los altos círculos del poder y con gran eco mediático (con el presidente de Estados Unidos como caricatura principal), por el regreso urgente a la normalidad —es decir, sus grandes negocios— cueste lo que cueste. Pero no, de acá no volveremos a la normalidad; o mejor dicho, la nueva normalidad no se parecerá en nada a la normalidad del pasado.

Hay muchas tensiones en movimiento. La ayuda que China, Rusia y Cuba están brindando a muchos países dejará huellas. La catástrofe social en Estados Unidos, también. El deseo racional pide un plan amplio de redistribución de la riqueza, pero el raciocinio probable ve los monstruos que nos acechan. Lo que en Europa es la posibilidad de revivir la estafa de 2008 (cuando el neoliberalismo redobló su avanzada para destruir los Estados de bienestar), el temor de una doctrina del shock (que aproveche la ocasión para aumentar los recortes del gasto público, la privatización de empresas, los regalos a la industria financiera) o el fantasma de una deriva autoritaria asociada al big data, en América Latina —y en particular en Colombia— parece un paso más hacia el abismo. El neoliberalismo y el autoritarismo avanzan cuando huelen sangre.

Desconfío en quien ve oportunidades en las crisis. No creo en la tesis de que cuanto peor, mejor. Las condiciones siempre son susceptibles de empeorar. Y, sin embargo, no es menos cierto que después de determinados traumas colectivos la humanidad ha logrado grandes conquistas. Hay un ejemplo icónico: la Declaración Universal de los Derechos Humanos sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial.

Los desafíos se multiplican. Y lo señalan por todos lados porque es evidente; esta pandemia (cuya inminencia también había sido advertida) es un reflejo súbito, elocuente e implacable de todo lo que amenaza la vida en el planeta y el futuro de nuestra especie: el capitalismo —con su coda de financierización neoliberal—, el riesgo bélico y nuclear —ese apocalipsis al alcance de los dedos— y la emergencia climática.

Elogio de la Política

A veces lo dicen por descuido, para evitar entrar en discusiones; la mayoría de las veces, como expresión consciente o inconsciente de una ideología antidemocrática. Pero lo cierto es que en muy pocos lugares es posible decir impunemente la tontería de que este, el gran hecho político de nuestra época, no tiene “nada que ver con política”.

Un bicho diminuto, invisible, —casi fantástico, casi metafísico— nos expone a las virtudes y fragilidades de lo colectivo, al carácter y desarrollo de nuestras construcciones sociales y a nuestra capacidad de acción. Este virus nos interpela y revela que la política está ahí, en el primerísimo primer plano de nuestra especie. Es el SARS-CoV-2 versus el zoon politikon. Y nos obliga a decir: ¿A quién defendemos? ¿Cómo nos organizamos? ¿Dónde enfocamos nuestro esfuerzo? Y sobre todo: ¿De qué lado estamos? En el tejido de contradicciones que es toda sociedad, esta última es siempre la pregunta fundamental.

Y comprendemos: el Estado es el andamiaje que hace posible la acción colectiva y materializa, en un verdadero proyecto democrático, la soberanía popular. Y sin un Estado fuerte, con capacidad de protección y de acción, la sociedad está siempre al borde de una distopía cruel: la ley del más fuerte —del más rico—aplastando vidas.

Y comprendemos también que los servicios públicos y sociales son el reflejo práctico de los derechos fundamentales. Y esos servicios, por tanto, no pueden ser un negocio, no pueden estar en manos privadas, no pueden someterse al mercado, porque tal cosa significaría renunciar a hacer efectivos los derechos fundamentales. Y que en una situación de emergencia sólo la integridad de esos servicios puede salvarnos.

Así como Eric Hobsbawm hablaba de un siglo XX corto (entre el inicio de la Primera Guerra Mundial y la caída de la Unión Soviética), ya no suena excesivo ni apresurado plantear que la pandemia del coronavirus —con su sincronía planetaria y sus inmensas consecuencias económicas, geopolíticas y culturales— puede ser el momento fundacional del siglo XXI. Quizás sólo ahora, en estos meses difíciles, la humanidad contemporánea empiece a estar de cara al futuro.

Quiero creer que si esta pandemia muestra el predominio de la política en la suerte y destino de nuestra especie, acaso salgamos de ella incluso con más fuerza y determinación para fortalecer lo público, tanto en la gran escala institucional —el Estado y los organismos multilaterales— como en la pequeña y cotidiana: las redes de solidaridad y la acción comunitaria. Y que sentiremos y reivindicaremos la Política, con mayúscula, en la mejor definición que he leído, la del helenista Pedro Olalla:

“La voluntad de todos organizada para combatir el egoísmo”.

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