Roberto Esposito - Biopolítica y coronavirus

06:38:00

Cuando comenzamos a hablar de biopolítica, la noticia fue recibida con cierto escepticismo. Parecía una noción apenas verificable en la realidad. De pronto la situación cambió rápidamente. Y la retroalimentación se ha vuelto cada vez más densa, hasta que ahora alcanza cotas impresionantes.

Por: Roberto Esposito / Filco.es

Desde procedimientos biotecnológicos, dirigidos a modificar eventos que antes se consideraban naturales, pasando por el terrorismo suicida, hasta la crisis de inmigración más reciente, los problemas de vida y muerte se han asentado en el centro de las agendas y los conflictos políticos. Hasta la explosión del coronavirus, con las consecuencias geopolíticas que ya vamos viendo, estamos llegando al clímax de la relación directa entre la vida biológica y las intervenciones políticas.

Habría tres pasos básicos. El primero es el cambio del objetivo político de los individuos a ciertos segmentos de la población. Secciones enteras de la población, consideradas en riesgo, pero también portadores de riesgo de contagio, se ven afectadas por prácticas profilácticas, al mismo tiempo protegidas y mantenidas a distancia. Este es también el resultado del síndrome inmune real que durante mucho tiempo ha caracterizado el nuevo régimen biopolítico. Lo que se teme, incluso más que el daño en sí mismo, es su circulación incontrolada en un cuerpo social expuesto a procesos de contaminación generalizados. Por supuesto, la dinámica de la globalización ha aumentado este miedo, en un mundo que parece haber perdido todas las fronteras internas. El contraste violento con la inmigración por parte de los partidos soberanistas, más que como una continuación del viejo nacionalismo, debe interpretarse en esta clave inmune.

El segundo paso de la dinámica bipolítica en curso tiene que ver con el doble proceso de medicalización de la política y politización de la medicina. También en este caso es una transformación que se remonta al nacimiento de la medicina social. Pero la aceleración en progreso parece cruzar el umbral de la guardia. Por un lado, la política, desvaneciendo sus coordenadas ideológicas, ha acentuado cada vez más un carácter protector contra riesgos reales e imaginarios, persiguiendo temores que a menudo se produce a sí misma. Por otro lado, la práctica médica, a pesar de su autonomía científica, no puede dejar de tener en cuenta las condiciones contextuales dentro de las cuales opera. Por ejemplo, las consecuencias económicas y políticas que determinan las medidas sugeridas. Esto explica de alguna manera la sorprendente diversidad de opiniones entre los principales virólogos con respecto a la naturaleza y los posibles resultados de los coronavirus.

El tercer síntoma, quizás aún más perturbador, del entrelazamiento de la política y la vida biológica es el cambio de los procedimientos democráticos ordinarios hacia disposiciones de emergencia. El decreto urgente también tiene una larga historia. Se basa en la idea de que, en condiciones de alto riesgo, en lugar de la voluntad del legislador, se aplica el estado de necesidad. Por ejemplo, si un terremoto destruye un territorio, se determina un estado de urgencia que puede pasar fácilmente a un estado de excepción.

Esto es lo que está sucediendo en los últimos días, con las medidas aprobadas, por un lado, por algunos gobiernos y, por otro, por las regiones, con el riesgo de una superposición indebida entre las dos potencias. Este impulso hacia el estado de excepción es aún más perturbador porque tiende a estandarizar los procedimientos políticos de los estados democráticos a los de los estados autoritarios como China. Con la advertencia de que, en este terreno, los estados autoritarios, por la propia naturaleza de su tipo de poder, siempre estarán por delante de los democráticos.

*Artículo publicado con expresa conformidad del autor. Apareció en italiano en La Repubblica (28 de febrero de 2020). Traducción: Miquel Seguró.

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