Religión, política y cristianismo en la actualidad.

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Una sociedad racista, xenófoba, incapaz de autoevaluarse y reticente al cambio en gran parte está condenada al fracaso, pero no solo desde el punto de vista político, sino incluso en su moral más íntima y privada que acoge lo espiritual. 

Por: Paulo Castañeda / Democracia en la Red

“El perdón es un acto íntimo y personal pero no por ello menos político. En cierta forma es un acto profundamente revolucionario, mediante el cual la víctima invierte la relación de poder que la une al victimario y se emancipa de la condición de víctima”

Antes de empezar las disertaciones sobre los temas, es pertinente hacer unas aclaraciones sobre las pretensiones de estos escritos:

En primer lugar considero que el problema antes planteado, es producto de una inconformidad que comparten muchas personas, pero que no lo han expresado o manifestado abiertamente debido a que no se sienten autorizados o facultados para reformar ciertos preceptos, pues al menos para los creyentes resultaría insolente y hasta ofensivo replantear las leyes que dejaron los profetas y antecesores que cimentaron los pilares del cristianismo. 

Tengo claro que la historia se repite en diversas formas y trayectos, sobre todo para aquellos que dicen ser cristianos consecuentes, pero que ofenden no solo la religión y la espiritualidad, sino a la razón y la justicia social, temas que conciernen a todas las personas sin importar su etnia, credo o procedencia social
En relación a lo anterior voy a poner un ejemplo representativo de lo que acabo de mencionar. Después de un conflicto armado lleno de grandes pérdidas para la comunidad, en mi país el gobierno y la guerrilla de las FARC lograron llegar a un acuerdo de paz, que incluso para las cortes internacionales contenía un mecanismo de judicialización válido para acceder a la verdad, justicia y reparación de las víctimas. Sin embargo, la religión cristiana fue utilizada de manera deplorable para deslegitimar estos acuerdos, pues recurrió a la mentira, al miedo, a la amenaza y al rencor, para reversar una decisión política que nos favorecería, y que en el fondo demuestra que algunos pastores hacen sus predicas para ganar adeptos, o mejor clientes de una manera manipuladora y grosera.

La imagen que yo me forme del cristianismo, al menos idealizándolo, es decir teniendo en cuenta la diferencia entre lo que se predica y se practica, es la de un conjunto de enseñanzas que ofrecen un camino de salvación y una manera de vivir una vida plena, practicando en todos los ámbitos de la vida el perdón, la misericordia y sobre todo el amor al prójimo e incluso (o sobre todo) a los enemigos. Esto es sin reservas, sin apegos y como medio de liberación, unión y fraternidad. 
Inicialmente pensé que iba a ser un caos, añadir a una confrontación política elementos religiosos o espirituales, pero ciertamente sigue siendo pertinente en un país conservador y moralista, plantear el tema de la paz y la justicia social, desde una perspectiva cristiana y espiritual que de manera prudente y tranquila demostrara en qué sentido apoyar este tipo de procesos y fenómenos es acorde con los preceptos del cristianismo. 

De hecho temas como la homosexualidad, el género, la subversión del sistema político y las implicaciones que tiene hacer transformaciones profundas en la sociedad, son aspectos que el cristianismo debe revaluar si se quiere seguir denominando de la misma manera. La moral cristiana no puede seguir siendo pasiva y sumisa frente a los problemas sociales y cómplice de los crímenes fraguados desde la institucionalidad oficial. La estigmatización de la protesta y el discurso cínico o tibio, que intenta quedar bien con todos a costa de traicionar los principios más básicos, van en contravía de la búsqueda por alcanzar una plenitud espiritual y personal. 

Es más, analizar la figura de Jesucristo como revolucionario, como alguien que se comprometió con el cambio en los ámbitos culturales, sociales, económicos y políticos de su tiempo a través de un amor infinitamente generoso y sin ataduras. Alguien que replanteó la visión sobre las mujeres, los días de descanso, la repartición de la riqueza y en general las restricciones y exigencias que el señor sentenció como necesarias y excluyentes. Me da pie para sentirme confiado y seguro de que es hora de replantear aspectos controversiales sobre los cuales buena parte de la institucionalidad religiosa erróneamente ha callado, censurado y por qué no decirlo ofrecido soluciones absurdas y poco empáticas hacia la comunidad sobre la cual supuestamente dice trabajar y orientar concienzudamente.   

En cuanto la utilización de métodos violentos en pro de alcanzar una emancipación social, en efecto considero que en una situación de opresión y avasallamiento como la de palestina o siria, las acciones contestatarias y de resistencia son válidas y legitimas. Sin embargo en la coyuntura histórica colombiana adoptar este tipo de estrategia es improcedente y desfavorable, teniendo en cuenta lo que se ha logrado, en medio de tantas dificultades que corroboran el declive cultural y la involución de conceptos como los de justicia en la población en general. 

Si se parte de la idea de que la historia es necesaria para conferirle a la vida un significado moral, es claro por qué actualmente gana más terreno una cultura mafiosa y una doble moral basada en los prejuicios y la ignorancia. Que el temor de volvernos como Venezuela, movilice y apasione a tantas personas dispuestas a despedazarse, al considerar esto como un peligro inevitable o irrefutable. Es un síntoma de que la población toma sus referentes históricos a base de preconceptos y estereotipos irracionales, que en general no conducen a deconstruir y esclarecer cómo se han formado y legitimado las injusticias contra la humanidad, sino a imponer un miedo excluyente, aprisionado y egoísta, que por cierto es bastante funcional a la manipulación y declive de los estándares éticos, que cada día se evidencia y se va normalizando más en la sociedad.

Una sociedad racista, xenófoba, incapaz de autoevaluarse y reticente al cambio en gran parte está condenada al fracaso, pero no solo desde el punto de vista político, sino incluso en su moral más íntima y privada que acoge lo espiritual. Es decir, el desconocimiento de las causas de los problemas que padecemos como sociedad, tiene amplias repercusiones en la conducta o en el sentido que le otorgamos a nuestras relaciones, jerarquizaciones y conflictos sociales diariamente. 
Es lógico que sería absurdo ir frontalmente en contra de las personas que promueven y se benefician del sistema político y económico colombiano, acciones como la expropiación y la nacionalización de las empresas, o la imposición de otras economías en detrimento del capital, traerían efectos nefastos para la sociedad en general, ya que es ampliamente conocido que los conglomerados financieros y los medios de comunicación hegemónicos tienen bastante influencia y control sobre aspectos macroeconómicos de la mayoría de los países, a los que incluso les dictan cómo gastar su presupuesto y qué guerras apoyar o ignorar a su conveniencia. 

Es decir, parafraseando a Pepe Mujica el capitalismo es un sistema que se debe combatir con astucia, reconociendo y usando sus fortalezas y oportunidades, para irlo deconstruyendo desde sus cimientos y contradicciones insalvables. Esto implica analizar su dimensión cultural, sus graves crímenes contra la verdadera libertad y la dignidad de las personas y esto a pesar del egoísmo, el cinismo y la indolencia que lo justifica y lo defiende. Para esto se deben hacer acciones concretas que ayuden a desvirtuar el capital a través de liderazgos colectivos que promuevan la unión, sin dogmatismos, pero tampoco con el radicalismo infantil y el narcisismo que acompaña a unos grupos de izquierda que actúan más como sectas que como gente que quiere cambios y transformaciones reales.

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