Yuval Noah Harari - Homo Deus

09:32:00

Harari alerta en las primeras 83 páginas de su nuevo libro, como el humanismo, la religión actual, hace culto a la felicidad, la inmortalidad y la divinidad  y que la ciencia trabaja para ello pero también puede contener la semilla de su caída. 

Por: Fernando Duque Nivia / Democracia en la Red

El que piense que la naturaleza es buena que vaya y mire nada más como se devoran entre sí  todos los animales; como el pez grande se devora al chico y como el fuerte destroza al  débil. Pero sucedió que un día, un simio adelantado dio un salto cualitativo y descubrió la manera de devorarlos a todos sin ningún límite (un pez no come rinoceronte, un caballo no come patos). Así es como desde ese instante el ser humano se los devora a todos. Y con ese brinco cualitativo fruto de la revolución cognitiva, afinó los métodos de la caza y la guerra y se convirtió en el amo del mundo. Luego vino la revolución agrícola, las grandes religiones, los imperios, la política, la filosofía pero, el ser humano seguía siendo víctima del hambre, la peste, las enfermedades  “naturales” y  la guerra. Hasta que hace 500 años cansados de aceptar este  destino el ser humano se arriesgó a “estudiar” la naturaleza para torcerle el cuello y se inventó la ciencia. A mediados del siglo XX –es la tesis comprobada por Harari– el ser humano dominó  tres de esos problemas, al punto de que hoy no hay ese tipo de pestes o su impacto es mínimo. Se muere más gente  de obesidad que de hambre y más de diabetes que de guerra. “El azúcar es ahora más peligroso que la pólvora”, dice el autor de referencia.

Mi conclusión es que cambiaron las enfermedades, las inventó la misma ciencia, la industria o el capitalismo. Bueno y… ¿esto debido a qué? Al desarrollo descontrolado del conocimiento. Gracias al conocimiento, a la ciencia y a la tecnología, no sólo derrotamos estas tres calamidades (que nos perseguían hace más de cuatro millones de años) sino que no contentos  con esto –porque el ser humano nunca está contento– vamos por la solución de los otros tres retos de mayor calado: la inmortalidad, la felicidad y la divinidad. Destronado Dios de la sociedad humana, vamos por la inmortalidad. ¿Cómo así que una persona con mucho dinero y poder no le va a pagar a los científicos para que  le prolonguen la vida y no se tenga que morir tan rápido como cualquier pobretón? La idea y práctica es regenerar órganos y tejidos, invertir en genética y nanotecnología porque ese potentado no acepta la muerte ni la vejez y querrá seguir disfrutando de los placeres mundanos por lo menos hasta los 140 años.

La segunda, la felicidad, es la religión de toda la humanidad. Todo el tiempo nos están vendiendo la idea de que hay que ser más felices, que realmente ese es el sentido de la vida y entonces que compre,  viaje y alardee, se muestre en una selfie y se vea tan lindo que quedó. Y ni un minuto de dolor, malestar, incomodidad o tedio. No señor, todo el tiempo sintiendo sensaciones placenteras. “La investigación científica y la actividad económica se orientan a este fin, mejores analgésicos, nuevos sabores de helados, juegos más adictivos para nuestros teléfonos inteligentes, etc., etc.”, y agregaríamos lo último en el mercado… condones con sabor a chocolate, fresa o vainilla.

Y por supuesto la inmortalidad. Ahhh… desde que el hombre es hombre ha soñado con eso.  Desde que la mente y el lenguaje pudo hacer soñar, crear, inventar, al hombre le ha fascinado ser todopoderoso, ser más, ser dios, por eso se inventó a los dioses y a Dios. Un reflejo de su deseo.  Ser mágico, ser fuerte, mandar rayos, hacer morir, generar catástrofes. Está en el cerebro humano, miren nada más a los niños, cómo gozan destruyendo reinos con sus espadas mágicas, sus pistolas eléctricas, haciendo aparecer y desaparecer cosas. ¡Qué infantiles hemos sido siempre y aún somos! Y ay! del que no lo sea, es un amargado, un resentido, un triste, un infeliz.  Pobrecito el que se dedique a leer, a pensar, a observar y no esté frenéticamente consumiendo, corriendo, bebiendo, tirando, paseando, comprando…

Bueno, a esta inmortalidad le tenemos tres opciones: la ingeniería biológica, la ingeniería ciborg y terminator. El primero te regenerará todo lo que se te dañe, el segundo te repondrá con un aparato mecánico y el tercero, es inteligencia artificial: terminator. Claro, esto no es para todo el mundo. Sólo para los que tienen el dinero. Pero, acaso… ¿siempre no ha sido así? Obviamente, esto funciona exceptuando catástrofes naturales, aviones que se caen, accidentes, atentados  o un balazo en la nuca. Como siempre sólo los ricos tendrán  acceso a las comodidades de la ciencia o ¿acaso alguien de Prepagada, EPS o Sisben puede volar  rápido a España o EEUU como lo hicieron Vargas Lleras y Santos últimamente a sus  respectivos chequeos y tratamientos?

Bueno, sólo les he contado lo que Harari cuenta en las primeras 83 páginas de su nuevo libro. El piensa que el humanismo, la religión actual, hace culto a la felicidad, la inmortalidad y la divinidad  y que la ciencia trabaja para ello pero también puede contener la semilla de su caída. Tratar de inventar a Terminator lo puede llevar a su propia destrucción. Un día él se cansará de ser esclavo de su creador y le hará lo mismo que nosotros al simio, dominarlo (Blade Runner). Harari no es un áulico de la ciencia, él cuenta lo que está haciendo la ciencia y muestra los posibles caminos hacia donde nos encaminamos inconscientemente.  Nos recalca que Homo Sapiens es un animal, cómo llegó hasta acá abriéndose camino entre todos los demás animales, cómo inventó la ciencia, porqué llegó  a convertir el humanismo en la religión del mundo, en el culto al hombre, y porqué estamos a punto de ser como dioses.

Por nuestra parte afirmamos lo siguiente, que también lo dicen otros. Creo que la clave de toda esta problemática está en la política y la ética. Cuando los griegos inventaron las dos –que eran una sola–  estaban pensando en el bien para toda la humanidad. Hoy yo creo que la ciencia y la política sirven para el bien de unos pocos. Y de unos pocos muy ambiciosos, locos y enfermos de ambición y poder. El calentamiento global es el síntoma y una consecuencia. Más de la mitad de los científicos trabajan  proyectos para esos pocos potentados (menos del 0.1%) para la guerra (armas, transporte, comunicaciones, medicina). La ciencia no piensa, decía Heidegger y Estanislao Zuleta, son analfabetas o esclavos de bata blanca.

A leer pues HOMO DEUS para seguirnos asombrando de nosotros mismos.





[1] Yuval Noah Harari. “Homo Deus”, editorialPenguin Random House, Editorial Debate, Impreso en Colombia Bogotá. 2016.  528 páginas. 

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