La calma “chicha” del posconflicto: ¿pasaremos la página?

13:48:00

El debate sobre el Acuerdo de La Habana ha bajado de tono, pero esto puede ser el preludio de las elecciones de 2018, donde los colombianos tendremos que escoger entre seguir mirando hacia atrás o apostarle de veras a la paz y al progreso social.  

Por: Carlos Nasi / Razón Pública

La paz en 2017

En relación con el proceso de paz, este año parece transcurrir en cámara lenta: han pasado muchas cosas, pero en comparación con la intensa controversia alrededor de los acuerdos de La Habana en los años anteriores, parece que hubiéramos entrado en un letargo. ¿Qué ha sucedido con la paz en este 2017? De todo un poco:

Han ocurrido algunos hechos importantes, como el traslado de las FARC a las zonas de concentración, el inicio del proceso de desarme y los avances en algunas de las reformas pactadas en La Habana.
Han tenido lugar otros hechos preocupantes, como el asesinato de defensores de derechos humanos y líderes sociales en las zonas antes controladas por las FARC, o el intento de las bandas criminales y del ELN de controlar esas zonas y reclutar guerrilleros en proceso de desmovilización.

Pero también se han presentado hechos insensatos, como la falsa noticia de una reunión entre Pastrana, Uribe y Trump, o la carta mentirosa del uribismo al Congreso de Estados Unidos donde afirma que Colombia está al borde del colapso por cuenta de la paz y de la amenaza castro-chavista.

Como quiera que sea, estamos en un momento de transición, y toda transición viene acompañada de impaciencia e incertidumbre:

    - La transición ha traído algunos beneficios tangibles –como la reducción drástica de muertes, daños y atentados propios de la guerra–, pero estos son apenas los primeros pasos de un proceso de larga duración. Las reformas apenas empiezan y las FARC están a mitad de camino de entregar las armas y hacer el tránsito a la vida civil y a la política legal.

    - Los colombianos nos preguntamos si las FARC jugarán limpio con la entrega de dineros y bienes ilegales, armas y caletas, y la guerrilla se pregunta si no se repetirá la historia trágica de la Unión Patriótica y si el gobierno cumplirá con lo pactado.

El continuo acompañamiento y verificación de Naciones Unidas serán claves para ayudar a disipar esos temores y para reducir el riesgo de volver a la guerra.

Pasado vs. Futuro

El debate sobre la paz ha bajado de tono. Esto se explica en parte porque la campaña para la Presidencia de 2018 no ha arrancado en firme: apenas se están definiendo los candidatos y sus posturas concretas frente a los acuerdos (aunque hay pistas sobre quién va a defender qué).

Pero también se explica porque no hay muchas novedades para debatir. Con el cierre de la negociación entre el gobierno y las FARC pasó el tiempo de pronunciarse frente a cada episodio del accidentado proceso. Lo pactado es de dominio público, está siendo implementando y en el debate actual apenas se repiten viejos argumentos a favor y en contra de los acuerdos de la Habana.

Pero ese bajar de tono es solo una calma “chicha”: la tranquilidad que precede a la tormenta. El país no se ha reconciliado y sigue habiendo mucha polarización propiciada por líderes políticos. Las elecciones de 2018 traerán un cambio de gobierno y con ello una nueva oportunidad para que los opositores aticen el fuego, con el riesgo de echar al traste la paz negociada.

Dada la cercanía de las elecciones, es importante reflexionar sobre el quehacer de los partidos políticos frente a la paz. Las opciones son dos: poner el espejo retrovisor o proyectarse hacia el futuro.

-Poner el espejo retrovisor significa amarrarse al pasado. Es seguir polarizando a los colombianos con el argumento de que debe revisarse lo pactado porque el Acuerdo es sinónimo de catástrofe inminente. Todo parece indicar que los uribistas tomarán esa posición. Llevan años sacando réditos políticos de su estrategia de asustar y dividir a la gente con discursos intransigentes, falsos moralismos y mentiras con respecto a lo pactado en La Habana.

Lástima que tantos seguidores del uribismo no se tomen el trabajo de leer el Acuerdo y carezcan de la formación y criterio suficientes para entender que, se mire por donde se mire, la paz de Santos no contiene los elementos necesarios para llevar a Colombia al castro-chavismo.

Por supuesto que el Acuerdo Final incluye varias concesiones controversiales para las FARC que ofuscan a muchas personas (por ejemplo, una justicia transicional con poco énfasis sobre el castigo y donde no se atribuye responsabilidad exclusiva a la guerrilla por la tragedia nacional). Pero aunque no nos guste el costo inevitable de la paz negociada, debe tenerse claro que el riesgo del castro-chavismo en Colombia solo existe en la imaginación de quienes creen en las mentiras de los políticos populistas.

En cualquier caso, es fácil anticipar que en las próximas elecciones el uribismo volverá a divulgar falacias semejantes a las que llevaron a la victoria del “no” en el plebiscito. Eso le dará réditos electorales, pero es francamente irresponsable; porque así las FARC hayan mostrado su decisión de abandonar la lucha armada, dicha decisión está supeditada al cumplimento del Acuerdo de paz.

Intentar revisar ese Acuerdo equivaldría a un engaño del establecimiento. Incumplir lo pactado e intentar arrinconar (a estas alturas) a la guerrilla implica el riesgo de que los siete mil guerrilleros y milicianos de las FARC consideren volver al monte, o a la ilegalidad. ¿Es eso lo que los queremos?

-Por otra parte, proyectarse hacia el futuro es apostarle a la paz de una manera seria y realista. Implica pasar la página de la guerra y pensar en temas mucho más relevantes para el largo plazo.

Para nadie es un secreto que el país está lleno de delincuentes, y eso no solo incluye a las guerrillas (en vías de extinción, gracias al acuerdo de paz), sino a las BACRIM, las mafias, los fleteros, los ladrones, los sicarios, los estafadores, los tratantes de personas y demás. ¿Cómo enfrentar estos problemas? No puede ser solo a base de fortalecer la Policía y el aparato judicial, o de construir más cárceles.

Los problemas de ilegalidad se combaten fortaleciendo los espacios de legalidad. Y ahí es donde el desarrollo juega un papel clave. En la medida en que cerremos definitivamente el capítulo de la guerra, la construcción de paz va a ser cada vez más más sinónimo de desarrollo equitativo.

Si bien no todos los delincuentes vienen de los estratos más bajos, y apenas una pequeña fracción de los conciudadanos más pobres acaba en la criminalidad, las personas con necesidades básicas insatisfechas son las que más riesgo tienen de acabar involucradas en actividades ilícitas. Muchas veces la penuria lleva a cometer delitos –aunque la codicia también juegue un papel importante–, y las políticas públicas deben enfocarse en aliviar estas condiciones de penuria, más que en eliminar la codicia, que es un atributo de la personalidad.

Apostarle al futuro

¿Qué tiene que ver la implementación de los acuerdos de paz con todo esto? Mucho. Es la mejor oportunidad que ha tenido Colombia para dar un salto en materia de desarrollo, expandir la legalidad y reducir la delincuencia.

Quizás Colombia ha sido un caso atípico porque la economía ha crecido no obstante el conflicto armado. Pero sin duda el conflicto ha sido un obstáculo para el desarrollo. La violencia ha espantado la inversión nacional y extranjera, ha traído enormes sobrecostos en seguridad para las empresas, así como el atraso y pérdida de numerosas oportunidades de negocio en las regiones abandonadas por el Estado y en manos de los grupos armados ilegales.

La paz remueve esa talanquera para el desarrollo: en principio se puede montar empresa en esas regiones sin tanto riesgo. Los empresarios tienen estímulos para invertir al pasar de una múltiple tributación (que puede incluir al Estado, las guerrillas y los grupos paramilitares) a un único tributo. Con ello se facilita crecer, crear empleo e integrar a las regiones al resto del país.

Así mismo, si se reduce el gasto militar del gobierno los fondos disponibles pueden utilizarse para fortalecer la presencia del Estado en esas regiones, así como el gasto social, tan necesario en Colombia. El fin de la guerra nos permitiría enfocar los esfuerzos en atender las causas estructurales de la violencia. Hacerlo en medio del conflicto, que es lo que se ha intentado durante tantos gobiernos pasados en Colombia a falta de una negociación de paz exitosa, es echar los esfuerzos en saco roto.

Hay que mirar hacia el futuro y pasar la página si queremos un nuevo y mejor país. Pero atención: la paz significa tan solo una oportunidad para dar un salto al desarrollo. El que aprovechemos esa oportunidad depende de esfuerzos significativos, sostenidos y simultáneos en varios frentes.

Hay que ser ambiciosos, porque un salto al desarrollo no se da con simples proyectos de auto-subsistencia o manteniendo el énfasis sobre la exportación de productos primarios. Hay que apostarle fuertemente a la educación, a la tecnología, a los estímulos y a la inventiva para aprovechar lo mejor que se pueda los nichos del mercado global. Hay que fortalecer el Estado, el aparato productivo y el mercado.

 ¿Asumiremos ese enorme reto o seguiremos obsesionados con el espejo retrovisor? Los partidos políticos tienen la última palabra.

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