Bronx: Historia de la calle más peligrosa de Bogotá

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El libro "Viví en el Bronx: Testimonios del horror" es un recuento de lo que vivieron casi 2.000 habitantes de calle en ese infierno. En su capítulo 2 cuenta la historia de este sector.

Por: Yeiver Rivera / El Espectador

La historia señala que este sector no siempre fue un barrio pobre y marginal de la ciudad. Las familias de renombre de la capital vivían allí. Rodeadas de las principales instituciones políticas y militares del país. “El barrio Santa Inés aparece en los mapas tempranos de la ciudad, como los que registran los planos de finales del siglo XVIII. Para entonces se le considera como un sector de arrabales, bordeado al sur por el río San Agustín y al extremo noroeste por las aguas del río San Francisco. Sólo hasta mediados del siglo XIX se consolida como barrio residencial”.
Lo que denota que el Bronx o barrio Santa Inés no siempre fue una guarida de delincuentes y plataforma central del tráfico de drogas, pero el descuido del Estado llevó a que se convirtiera en una de las peores calles del mundo, una calle que se conocía en todas las ciudades del país y donde los consumidores eran atraídos de manera directa por la calidad y economía de la droga que allí se comercializaba.
“Según la tradición oral, a finales del siglo XIX y comienzos del XX habitaban en las casas del barrio importantes familias capitalinas e incluso altos funcionarios del Gobierno, cuyas casas al momento de la demolición aún mostraban en su estructura los espacios que sirvieron de caballerizas, convertidas ahora en reducidos y vetustos cuartos de inquilinato. También lo habitaron personalidades como el pintor Ricardo Acevedo Bernal, cuya casa fue la sede del primer Instituto de Bellas Artes del país, según registraba la placa adosada a la fachada en el momento de su demolición. Una casa de este sector contaba con 10 o 15 habitaciones distribuidas en dos plantas”.
Estas habitaciones, que un día albergaron la cultura y el arte del país, finalmente se convirtieron en los espacios ideales para que traficantes las usaran para violar y degradar a una parte de la sociedad que llegó al Bronx y de donde muchos nunca salieron, ni vivieron para contarlo.
“En la primera mitad del siglo XX se construye la escuela Santa Inés y se convierte en la residencia de políticos como los Turbay Ayala o la familia Liévano, reputado político capitalino. A comienzos de la década de los 40 se erigió el hotel Colombia, el que funcionó hasta mediados de los 80 en la carrera 12 entre calles 8ª y 9ª, para luego dar paso a la UASI, o Unidad de Atención en Salud al Indigente, o el Hotel Embajador, ubicado en la esquina de la carrera 11 con calle 8ª.
El cambio de usuarios del sector tuvo que ver con el surgimiento de actividades de reciclaje de botellas y papeles, pues allí se establecieron bodegas donde compraban estos elementos a los recicladores. Con ello fueron apareciendo la fabricación de ‘pipo’, un aguardiente que emplea alcohol de mala calidad, y sus consumidores, los ‘piperos’. También al ser un punto de llegada de buses interurbanos propició el surgimiento de actividades de contrabando”.
Pero la estocada final al barrio se le dio años después y con ella el asentamiento de pandillas y grupos al margen de la ley, paradójicamente cerca de las esferas del poder. La demolición del Cartucho en 1998 dio paso a que los expendios ya establecidos en el incipiente Bronx se fueran consolidando y acrecentando cada día, hasta volverse verdaderos carteles de droga ubicados en el centro de la ciudad.
Muchos de los casi 12.000 habitantes que residían allí se distribuyeron a lo largo y ancho de la ciudad, pero otros simplemente cruzaron la avenida Caracas hacia el occidente y continuaron con su consumo detrás del Batallón de Reclutamiento del Ejército Nacional, a espaldas de las autoridades y donde nadie volteó a mirarlos, y quienes ingresaban lo hacían por beneficios personales, como fue el caso de los policías que fueron detenidos, destituidos y condenados por la justicia.
“La linealidad de la Plaza España, San Victorino y la Plaza de Bolívar hizo que la plaza de Los Mártires se convirtiera en un centro de comercio importante por la cercanía que había con la estación de tren y de buses, sumado al comercio de la zona y la vivienda allí establecida”, recuerda el historiador del Centro de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional de Colombia, Fabio Zambrano Pantoja.
El deterioro final del sector se inicia en la década de los 80, pero con indicios de que en los 70 ya existía prostitución por la presencia de pequeños hoteles y residencias, y el paradero de los buses de cercanías, entre ellos Flota Magdalena y Rápido Bolivariano, que iban hacia y desde los municipios cercanos, pero aún siendo un lugar de comercio importante.
“Definitivamente se desestimó el tamaño del fenómeno y la fortaleza de los traficantes de droga, porque quizás hubo bastante planeación muy delicada, pero una cosa son los habitantes de la calles, otra los traficantes y otra los consumidores, porque estos últimos son de todas las clases sociales”, señala el estudioso de la ciudad.
Sus habitantes
De los cientos de moradores, en su mayoría consumidores de alucinógenos, habitantes de calle, recicladores, jíbaros y población flotante (se estima que eran 2.000 personas), pocos quieren recordar lo que vivieron en el lugar, pocos quieren contar lo que hicieron poseídos por sustancias alucinógenas o los obligaron a hacer por una papeleta de bazuco en un lugar donde se sabía cuándo y por dónde se llegaba, pero nunca si se podía salir de él o bajo qué circunstancias saldría, muchos emergieron de allí en una bolsa negra… rumbo a la basura.
Al ingresar al Bronx, un ambiente de miedo, tensión y muerte se respiraba en el sector. El olor a heces humanas, restos de comida y marihuana impregnada en el espacio generaba escozor, y el sentimiento de percibir que se estaba empezando a hacer un recorrido por uno de los lugares donde lo más ruin y despreciable del ser humano se había confabulado en un solo sector y nadie quería poner sus ojos y menos el interés.
La intervención de las autoridades fue un golpe certero a los expendedores y disminuyó la ola de muertes, desapariciones y vejámenes que se cometían en pleno centro de la ciudad, un sector que las crónicas más sangrientas del mundo podrían denominar como “la ciudad de la muerte”. Pero lo que han tenido que vivir quienes siguen deambulando por las calles de la ciudad, incluso del país, continúa siendo igual, quizás peor.
La atención obligada no se puede impartir a partir de la sentencia T-043/15 de la Corte Constitucional, en la que se determina que “en nuestro país cada persona es ‘libre’ de desarrollar su personalidad acorde con su plan de vida. Es a cada individuo a quien corresponde señalar los caminos por los cuales pretende llevar su existencia, sin afectar los derechos de los demás. ‘Es únicamente a través de esta manera donde efectivamente se es digno consigo mismo’. De este modo, la ‘mendicidad’ ejercida por una persona de manera autónoma y personal, sin incurrir en la intervención de un agente intermediario a través de la trata de personas, no es un delito ni una contravención. De hecho, cualquier tipo de reproche jurídico, sea en forma de sanciones o intervenciones terapéuticas forzadas, resulta inadmisible en tanto cosifica al habitante de la calle en aras de un supuesto modelo ideal del ciudadano o a manera de una acción preventiva en contra de un potencial criminal”.
Esta sentencia no ha permitido que el Estado pueda intervenir de manera directa en la rehabilitación de las personas que cada día deambulan por las calles del país y ha sido el bastión de defensa de la administración distrital en torno a la expansión del problema a otros sectores de la ciudad. Sólo pocos de ellos quisieron narrar sus experiencias en el Bronx, sus inicios, uso y consumo de drogas y lo que vivieron en un sitio que esperan borrar de su memoria para siempre, pero a la vez recordar para nunca repetir la historia y que las generaciones venideras sepan que la droga siempre los llevará a un destino fatal.
Con apartes de Zambrano Pantoja, Fabio, Historia de Bogotá siglo XX, p. 142, Villegas Editores.

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