Rick Claypool: “Trump traicionó a quienes le votaron como candidato ‘antiestablishment’”

09:47:00
Tanto en campaña como en sus primeros discursos como presidente, Donald Trump se presentó como el millonario incorruptible que rescataría a los trabajadores americanos de la miseria. ¿Cómo está gobernando? 
Por: Alvaro Guzman Bastida / Ctxt
Un reciente informe de la ONG Public Citizen --fundada en los setenta por el que fuera candidato ecologista a la presidencia  de Estados Unidos en 1996 y 2000 Ralph Nader como contrapeso al poder de las grandes empresas-- repasa las primeras semanas de Trump en la Casa Blanca, desde sus nombramientos a las medidas que ha propugnado, y dibuja a un presidente decidido a eliminar regulaciones, a ceder las riendas del gobierno a intereses corporativos, y a enriquecer de paso a su familia. El autor del informe, Rick Claypool, contesta por Skype a las preguntas de CTXT sobre el arranque del nuevo gobierno, los intereses a los que responde, y el contraste entre las palabras de Trump y sus actos en el gobierno.
Acaba de publicar un informe, Presidente con ánimo de lucro, sobre las primeras semanas de Donald Trump en la Casa Blanca. En él, relata cómo Trump “ha utilizado su posición para expandir y enriquecer sus negocios privados, liderado una captura corporativa sin precedentes al situar a directores ejecutivos y amigotes en las altas esferas del gobierno, e impulsado políticas que dan prioridad a la expansión de los beneficios de las grandes empresas, por encima del interés general”. Dice que esta agenda quedó clara desde el día de la investidura. ¿Por qué lo señala así?
Creo que documentamos como la defensa de los intereses de las grandes corporaciones han sido la principal prioridad y el elemento dominante de lo que a veces parece, desde fuera, una política errática. La investidura la pagaron un montón de empresas que hacen negocios con el Estado, como AT&T, el Bank of America, Boeing, Chevron, Deloitte, JP Morgan o UPS, entre otras. Sus primeras medidas como presidente, el mismo día de la investidura, fueron firmar un decreto para debilitar la reforma sanitaria y otro para congelar la regulación. Así marcó el tono, dando prioridad a ceñirse a las demandas de los grupos empresariales. Ha sido una constante desde entonces.
Eso contrasta con muchas de sus apariciones públicas, en la conferencia conservadora CPAC, o en su primer discurso en el Congreso, en las que se presentaba a sí mismo y al Partido Republicano como “el partido de los trabajadores estadounidenses”.  Describe sus primeras semanas como una “captura corporativa” del gobierno. ¿Qué le lleva a calificarla así?
El principal ejemplo es el gabinete corporativo que ha instalado Trump, dándole las riendas del gobierno a directores de grandes empresas, capitalistas sin escrúpulos, gente como el antiguo director general de Exxon, Rex Tillerson, y Gary Cohn o Steve Mnuchin, de Goldman Sachs. Eso son ejecutivos corporativos, líderes dentro de sus industrias, que encarnan una visión salvaje del capitalismo, que está por encima de la democracia. Vemos cómo se ponen esos intereses por delante del interés general.
En su informe habla de una captura corporativa “sin precedentes”. Pero, ¿hasta qué punto lo es? ¿No tenían las grandes empresas una relación muy cercana con los gobiernos demócratas también, logrando influir en su agenda?
Claro que sí. En honor a la verdad, había numerosos ejecutivos con conexiones en el Gobierno de Obama, y sin duda los hubiera habido en el Gobierno de Hillary Clinton. Dicho eso, los multimillonarios y directores generales que Trump ha situado al frente del gobierno traen consigo una visión antitética al interés público. Son, como ha dicho Steve Bannon, partidarios de la “deconstrucción” del Estado administrativo. 
Están en sus puestos, en muchos casos, por su directa hostilidad hacia las misiones de las agencias gubernamentales que van a gestionar, y que pretenden redefinir para que permitan a las grandes corporaciones cometer los excesos que quieran. Y, como para añadir sal a la herida, Trump nos dice que hace eso para defender los intereses de los hombres y mujeres olvidados de América, y que es la voz de los trabajadores. Son los trabajadores quienes sufrirán más con las políticas de este gobierno corporativo.
En esa línea, Trump firmó un decreto que ponía en marcha lo que llama la “regla del dos por uno” en regulación. ¿Qué es y qué importancia tiene?
Es un decreto especialmente descabellado y arbitrario, que obliga a las agencias gubernamentales a eliminar dos protecciones públicas por cada una que busquen introducir. Imagina que se decide proteger a una especie en riesgo de extensión. ¿Quiere eso decir que hay dos a las que hay que dejar de proteger, no porque dejen de estar en peligro, sino por esta regla? Es algo que invierte el propósito de las agencias estatales: en lugar de dar prioridad a las maneras de proteger a la gente, de asegurarnos de que el agua y el aire estén limpios, el objetivo pasa a ser eliminar esas protecciones. Por eso, desde Public Citizen, hemos llevado la norma a los tribunales, porque la consideramos inconstitucional.
Al repasar las conexiones entre el Gobierno Trump y las grandes empresas, se centra en dos sectores: la banca y las empresas extractoras de recursos fósiles. ¿En qué consisten dichas conexiones, y por qué son relevantes?
Las conexiones con Wall Street son innumerables. Está Gary Cohn, el líder del Consejo Económico Nacional, que es un antiguo director general de Goldman Sachs, por donde también pasaron Steve Bannon y Steve Mnuchin, entre otros altos cargos. También tenemos al director general de JP Morgan Chase, Jamie Dimon, que lidera el consejo de directores generales puesto en marcha por Trump. Estas conexiones con Wall Street son fundamentales, por dos motivos: en primer lugar, Trump criticó mucho, y con razón, a Hillary Clinton por ser una marioneta en manos de Wall Street, y también a Ted Cruz durante las primarias republicanas. Es una muestra de hipocresía que ahora alimente como nadie a ‘Government Sachs’. 
Además, Wall Street lleva años peleando con uñas y dientes contra las reformas y regulaciones, por limitadas que fueran, que se impusieron tras la crisis de 2008, para evitar que se repitiese la situación. La industria ha demostrado gran tesón a la hora de buscar la vuelta a la codicia y el cortoplacismo desatado e irresponsable que nos llevó a la crisis. Como bien sabe Trump, gran parte del resto de la economía todavía sufre a causa de la crisis de 2008. Mucha gente sigue en la cuesta abajo en la que les sumió aquella crisis. No es momento de quitarles las cadenas a los Goldman Sachs, JP Morgan y Bank of America. Lo que toca hacer es asegurarse de que esas entidades funcionan de manera responsable, y aprobar políticas que impidan que los instrumentos financieros sigan transfiriendo la riqueza de las clases medias y trabajadoras a los de arriba.
En lo relativo a las industrias extractivas, no solo está Tillerson, bajo cuyo mandato Exxon engañó a la opinión pública acerca de las pruebas científicas sobre el cambio climático. Luego está Scott Pruitt, jefe de la Agencia de Protección Medioambiental, que fue fiscal general de Oklahoma pero trabajó de manera muy estrecha con la industria de combustibles fósiles, especialmente con Devon Energy, en ese estado, incluso prestándoles el papel con membrete de la fiscalía para hacer lobby. Estamos al borde del abismo climático, y lo que hagamos en los próximos años será decisivo para determinar si podemos limitar los efectos más devastadores del cambio climático. De nuevo, se ponen por delante de la protección del planeta los intereses a corto plazo de la industria, que busca seguir explotando los recursos mediante el fracking, las perforaciones petrolíferas o la minería.
En su informe, acusa a Trump de haber tomado decisiones que han enriquecido a su familia desde que está en el gobierno. Él dijo que no tenía por qué separarse de sus empresas al acceder al cargo. Se limitó a ceder la gestión a sus hijos mayores. ¿Qué podría haber hecho Trump para separarse de sus empresas, y cómo se está enriqueciendo desde que es presidente?
Podría haber vendido sus activos y ponerlos en un fideicomiso ciego, como le aconsejaron los expertos independientes en ética. Eso hubiera eliminado cualquier apariencia de conflicto de intereses. Sin embargo, vemos cómo la marca del presidente se expande dentro del país y en el extranjero. Están sus viajes casi semanales al resort de Mar-a-Lago, del que es propietario, y que subió la cuota para socios a 200.000 dólares poco después de salir elegido. Ahora, no paramos de recibir imágenes de Mar-a-Lago, en las que los socios del club se codean con el gobierno, como si esto formara parte de los servicios incluidos en la cuota. 
Es una mezcla continua de política y negocios, con el presidente utilizando el cargo para hacer publicidad a su propio campo de golf y resort, que a su vez sirve a las élites corporativas y gubernamentales para mezclarse, con mucho menos escrutinio del que habría si fueran a ver al presidente a la Casa Blanca. Mientras tanto, sus hijos recorren el mundo para abrir nuevos negocios, con la seguridad a cargo del contribuyente. Y, para colmo, las políticas fiscales que ha propuesto beneficiarían a las mismas corporaciones y multimillonarios que se alojan en sus hoteles y sus resorts, y a su propia familia. Es un escándalo constante.
Por último: mucha de la gente que votó a Trump le dio su apoyo como un candidato antiestablishment, por su denuncia de los acuerdos comerciales como perjudiciales para los trabajadores estadounidenses o, como ha dicho, la cercanía entre Wall Street y el Partido Demócrata. ¿Cómo encaja ese apoyo con la realidad que viene describiendo?
Cualquiera que creyese que estaba votando a un candidato antiestablishment se ha visto traicionado por el presidente Trump. Le hemos visto encumbrar a figuras del establishment corporativo, así como a figuras del aparato del Partido Republicano. Prometió proteger la asistencia sanitaria y la Seguridad Social en campaña, pero ya hemos visto cómo apoya un plan que dejaría sin sanidad a veinticuatro millones de personas. 
De nuevo, se sigue la política que apoyan grupos como la Cámara de Comercio, la Heritage Foundation y Americans for Prosperity, el lobby apoyado por los hermanos multimillonarios Koch. En último término, su programa pasa por derrotar la idea de que el gobierno puede promulgar políticas que ayuden a la gente. Si consiguen eso, y rebajar las expectativas de la gente sobre qué es posible, habrán  triunfado esos intereses corporativos que no quieren que se controle su poder ni que se les obligue a redistribuir nada de lo que acumulan.

Share this

Related Posts