La nueva ola de la izquierda mundial y la insurrección ciudadana.

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La tecnología y las redes sociales permitirían la articulación de una cadena de equivalencias del orden mundial teniendo como punto de referencia la lucha por el cambio climático como idea reguladora para concebir la noción de Lukács de totalidad  de lo real reinventada, no como relación de fuerza -contradicción- entre dos clases, sino entre la humanidad y la extinción.

Por: Hector Valencia / Venga le Cuento

En los últimos años hemos visto, sin duda, una serie de eventos que han hecho repensar el campo de lo político, y cuyo origen se debe no solo a la inconformidad mundial frente a las formas de gobierno que no parecen satisfacer los intereses de los ciudadanos, sino también gracias a un claro desplazamiento en el debate ideológico al interior de los movimientos de izquierda. 

Dicho desplazamiento se gestó antes de la caída la URSS, se desarrolló tras su caída y se manifestó a lo largo de  las crisis capitalistas de los años recientes. Tras haber ganado la lucha ideológica frente al comunismo y el fascismo, el liberalismo parecía ser el único paradigma político frente al cual no había ninguna opción. Sin embargo, dicho liberalismo tenía una forma pervertida que se escondía tras su fachada liberal y defensa de las libertades individuales. Es decir, la noción de homo oeconomicus funcionaba de fachada perfecta, y cuya característica reside en pensar el hombre como sujeto “libre” en la medida que vende y compra productos en virtud a necesidades. Esta fachada pervertida era el neoliberalismo. 

Se primó la libertad del homo oeconomicus y se desdeñó las reivindicaciones igualitarias -soberanía popular y participación democrática- a través de mecanismo ideológicos tales como el “populismo”, pensamiento subversivo o “comunismo trasnochado”. La tensión entre libertad e igualdad se inclinó hacia la libertad, pero ésta disfrazada y concebida desde la lógica del mercado y no en su sentido moderno -tradición liberal-. 

Dicho vacío en el horizonte interpretativo además de la perdida de imaginario reivindicando luchas por la igualdad constituyó una serie de impedimentos a la hora de concebir una alternativa política. A pesar de la hegemonía del paradigma neoliberal, fue el conjunto de revoluciones democráticas en Suramérica lo que configuró un nuevo imaginario político, el cual trataba de llenar el vacío de dicha falta de horizonte y combatir el neoliberalismo que se escondía tras el liberalismo, reinventando el imaginario de igualdad y soberanía popular. 

En este sentido, el paradigma neoliberal del norte iniciado por Reagan y Thatcher fue contestado por un paradigma con reivindicaciones igualitarias y de soberanía popular en el sur. Fue esta nueva ola progresista en Suramérica la que avivó las luchas por la igualdad en un ambiente hegemonizado por el paradigma neoliberal en el norte.

En este contexto, al interior de los movimientos y partidos de izquierda se ha venido gestando un debate, el cual gira entorno a superar, por un lado, viejas formas de construir lo político propias del marxismo y, por otro lado, poder analizar las nuevas formas de la cultura y las relaciones humanas que se han venido construyendo tras la globalización y la explosión tecnológica. 

Este nuevo paradigma de pensamiento suele ser llamado postmarxismo. Así pues, el desplazamiento ideológico se configura a la hora de comprender la identidad de los sujetos políticos en un mundo globalizado y líquido en donde el mercado tiene más poder que los estados y la tecnología domina todas las esferas del sujeto.

La identidad y el sentimiento de pertenencia a un grupo obedece, sin duda, a una serie de valores culturales, interpretación histórica e intereses particulares individuales o colectivos. El paradigma marxista concebía la identidad de los sujetos políticos bajo la óptica de la lucha de clases.. El imaginario marxista giraba en torno a la comprensión de lo político bajo la óptica de los intereses de la clase obrera constituida como clase universal, cuya tarea histórica era la superación de la explotación ejercida por la burguesía. Dicha tarea se llevaría a cabo gracia a la interpretación de las leyes objetivas de la historia, las cuales, al reconocer su lógica interna, causaría, necesariamente, la revolución y la eclosión del fin del modo de producción capitalista. 

Esta interpretación estaba en manos de una élite intelectual, la cual era representada por un grupo de personas capaces de comprender la realidad social y su génesis histórica. En términos prácticos, era el partido el único órgano el que podía trazar las líneas de trabajo y acción de la militancia. El órgano histórico que constituyó dicha élite era el Komitern al cual se subordinaban todos los partidos comunistas del mundo. 

Esta relación vertical entre quienes interpretaban las leyes objetivas de la historia -vanguardia- y quienes encarnaban el proletariado buscaba constituir un sujeto político que tomara conciencia de su lugar en la historia y pudiera a través de dicha conciencia de clase organizarse y lograr la revolución y, por tanto, la emancipación. En suma, la identidad del proletario y el hecho de concebir las relaciones de poder como relaciones de fuerza entre una clase explotadora y explotada constituyó por muchos años el paradigma de la izquierda.

Ahora bien, el desplazamiento que realizó consistió en repensar, por un lado, la noción de poder -french theory- y, por otro lado, la noción de identidad de los sujetos políticos. Estas nuevas interpretaciones consiguieron pensar el accionar político bajo un nuevo horizonte en donde los sujetos políticos estaban constituidos por múltiples identidades las cuales expresaban intereses diferentes. Es decir, ya no existía solo una clase con un conjunto de intereses asociados a la condición obrera, sino múltiples “clases” con diferentes intereses. 

Dicha disociación entre clase e identidad provocó concebir e interpretar los dispositivos de poder no solamente como una relación de fuerza entre dos clases, una explotadora y otra explotada, sino también como dispositivos de poder que operan de múltiples formas, ya sea en la familia, en el Estado, el colegio, la fábrica, el ejército o la iglesia. En otras palabras, el alumno que buscaba luchar contra las prácticas racistas de su profesora, el empleado que sentía exclusión por su condición de homosexual, el soldado que no podía contestar a prácticas fascistas, el creyente que no podía responder frente a los mandatos éticos y morales reaccionarios, el estudiante que pensaba que la clase de historia era supremamente eurocéntrica.  

En este sentido, la construcción de lo político no conseguía articularse bajo una relación vertical frente a un partido-militancia, burguesía-proletariado, sino que la articulación política obedecía, más bien, a una cadena de equivalencias horizontales, las cuales configuraban un abanico de intereses que se entrecruzaban los unos a los otros. Por ejemplo según Miguel Sanz Alcántara en su artículo La influencia de Laclau y Mouffe en Podemos: hegemonía sin revolución, “Laclau y Mouffe asumen este planteamiento y llevan al extremo el concepto de “autonomización”: las relaciones sociales no forman parte de un sistema unitario en lo económico y lo político, sino de un campo entrecruzado de antagonismos que pueden o no relacionarse pero que requiere la autonomización de las esferas de lucha: “no hay, por ejemplo, vínculos necesarios entre antisexismo y anticapitalismo […]. Sólo es posible construir esta articulación a partir de luchas separadas, que sólo ejercen sus efectos equivalenciales y sobredeterminantes en ciertas esferas de lo social”[1] 

Al entrecruzar los diferentes intereses de una multiplicidad de sujetos políticos se articula la lucha y reivindicaciones políticas entorno a causas de manera tal que se lograría construir un nuevo bloque histórico encadenando identidades obreras, estudiantiles, étnicas, sexuales, campesinas o sindicales con causas medio ambientales, feministas, antirracistas o anticapitalistas. Por ello, la articulación de diferentes intereses entorno a causas de unan índole variada generó la emergencia de nuevos movimientos y partidos que obedecían a nuevos patrones culturales, políticos y económicos. 

La relación horizontal de articulación de las cadenas de equivalencia se fundió con una relación vertical al llevar a cabo  la conquista del poder por vías democráticas, lo cual generó un nuevo bloque histórico el cual está siendo amenazado por la restauración neoliberal. Dicha amenaza se fraguó debido a una contradicción en la relación vertical y la necesidad de realizar consensos con otros tipos de identidades y reivindicaciones, reaccionarias, por ejemplo.. Este problema amerita otro análisis.

De esta manera, la nueva articulación de lo político bajo el nuevo desplazamiento ideológico puede configurar uno de los horizontes u líneas ideológicas del siglo XXI en donde, claramente, el comunismo, liberalismo y fascismo no serán las ideologías reinantes, sino la emergencia de nuevas formas de concebir lo político harán su entrada en escena.  El siglo XXI apenas se está asomando frente a nuestros ojos y no sabemos los retos que nos depara. 

La tecnología y las redes sociales permitirían la articulación de una cadena de equivalencias del orden mundial teniendo como punto de referencia la lucha por el cambio climático como idea reguladora para concebir la noción de Lukács de totalidad  de lo real reinventada, no como relación de fuerza -contradicción- entre dos clases, sino entre la humanidad y la extinción. Dicha contradicción propia de nuestra época puede impulsar e revitalizar las luchas internacionalistas.  La siguiente traducción se inscriben en dicho horizonte.

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