Íñigo Errejón: «Lo peor que se puede hacer con la literatura es aceptarla o condenarla moralmente»

06:26:00

Desde que nació Podemos, ha tenido más papel en las manos que nunca, pero nunca tan poco encuadernado. Menos tiempo para libros y nada de planificar las lecturas, un placer que no había vuelto a experimentar hasta las últimas vacaciones de Semana Santa.

Por: Laura Caldito y Jorge Megías / Cuatro Ojos Magacín

Si bien su formación (es doctor en Ciencias Políticas), su trabajo (diputado en el Congreso) y su producción literaria (es autor de dos ensayos políticos) parecen alejados de la ficción, Errejón sostiene que «las reflexiones más interesantes sobre política vienen de obras que a priori no van a hablar de política, pero que nos dicen muchas cosas sobre nuestras sociedades». Aquí no venimos a hablar de política, pero Patria, Sumisión, Ensayo sobre la ceguera y La España vacía están sobre la mesa. Empezamos.

No vamos a hablar de tramas [risas]. Las únicas que nos interesan ahora son las de los libros que has leído últimamente. ¿Eres un lector omnívoro?

Sí, pero eso no es necesariamente bueno. Leo de forma muy desordenada. Antes de Podemos, me preparaba lo que iba a leer, algo que ahora solo hago para las vacaciones. Esta Semana Santa fue la primera vez que pude volver a hacerlo desde que empezamos Podemos, pero en el día a día voy leyendo lo que va cayendo en una mezcla de caprichos, libros que le rapiño a mi madre ―que lo hago mucho, es una devoradora de novela negra― y luego otras cosas que me recomiendan, saltando del ensayo a la novela negra, a la historia… Otro defecto que tengo es que no puedo dejar los libros a medias, y a veces me quedo atrapado en libros que no me gustan mucho, como me pasa con el que estoy leyendo ahora, La sangre de los King, de Jim Thompson. Voy por la mitad y, aunque me apetece empezar otro, siento que tengo que terminarlo por si luego mejora. Hace poco dejé a medias la autobiografía de Angela Davis. Me pareció un tostón, a pesar de que simpatizo con el personaje, con la causa y con el movimiento de liberación negra de los Estados Unidos. Me pareció un panfleto muy largo. ¡Si ya estoy convencido! Y eso que los libros de Capitán Swing me encantan, pero este me cansó. De todos modos, cada vez me fío más del criterio de algunas personas sobre temas concretos: hay personas a las que les pregunto sobre novela pero a las que nunca les preguntaría sobre ensayo, por ejemplo.

¿En esos filtros incluirías a los críticos literarios, los suplementos culturales o las revistas especializadas?

No. Por desgracia, ya no. Últimamente ―y eso quiere decir desde que nos embarcamos en Podemos― mis filtros son gente de referencia de la que me fío. Ahora es verdad que hablo con muchas más personas que antes de Podemos, con lo que el abanico de los que me recomiendan libros es más grande. Pero, en general, como valoro mucho el tiempo que tengo, y no tengo muchísimo, tiendo a ser conservador. Antes de Podemos, a los suplementos culturales no les prestaba tampoco mucha atención, pero curioseaba más, aunque sin método. También ahora las editoriales me regalan muchos más libros, pero no de ficción, que para mí es una putada. Creo que las editoriales piensan que es lo que me interesa, y es verdad, claro, pero necesito leer ficción por la noche. Además, normalmente simultáneo la lectura de un ensayo con la de un libro de ficción, porque otra manía es que tengo que leer por la noche antes de dormirme, aunque llegue muerto de cansancio y aunque sea una página. Por ejemplo, ahora estoy con La sangre de los King, como he dicho, y El Estado emprendedor, de Marina Mazzucato, que estudia cómo casi todas las grandes invenciones de las empresas privadas tienen detrás ingentes cantidades de inversión pública.

¿Poesía?

No. Y lo han intentado. Creo que tiene que ver con una cuestión de paciencia y que a mí, en la literatura, me gusta más que me cuenten algo, y que me lo cuenten bien, a que me lo sugieran.

¿Y cómics?

No, tampoco. Pero me gustó mucho Pyongyang, de Guy Delisle. Me lo dejó Pablo [Iglesias] hace mucho tiempo. Me gustó porque me interesa lo que cuenta, pero no soy un forofo del género.

Uno de los libros de los que nos has hablado es Sumisión, de Michel Houellebecq, que ha vuelto a la actualidad con las elecciones en Francia. ¿Estarías más cómodo eligiendo entre Le Pen y Macron o entre Le Pen y un partido islamista moderado?

Preferiría no verme en la tesitura de elegir quién hace frente mejor a Le Pen, si Macron o los islamistas. En el libro, la competición entre Le Pen y el islamismo moderado es una discusión entre gente que todavía cree en algo. Le Pen es una cosa terrible que hay que frenar, pero también es el producto del descreimiento de los políticos tradicionales, de políticos que no creen en nada, de políticos que no tienen convicciones firmes y que creen en lo que haya que creer o en lo que dicten las finanzas. Por supuesto, es preferible que gane Macron a que gane Le Pen, pero Macron es un artefacto peligroso porque contribuye a reforzar una forma de política descreída y alejada de la gente. Cuando más gente necesita protección, sentido de la comunidad, valores transcendentes, el regreso del Estado, la sensación de pertenecer a una comunidad soberana que te cuida, que no te deja tirado cuando vienen las malas, un banquero ganador de la crisis seguramente es una muy mala noticia, y el riesgo está en que pavimente la victoria en 2022 de Le Pen. Continuar con la política del descreimiento de los candidatos fabricados en laboratorios de márquetin, sin pasión, sin identidades colectivas fuertes, sin promesas de protección y de comunidad, creo que contribuye a regalarle todo ese terreno a Le Pen, el de la patria, el de la comunidad, el de un Estado que te protege, el de volver a ser una comunidad soberana que no hace todo al dictado de los poderes financieros. Y no hay peor cosa que podamos hacer los progresistas en el mundo que dejarle las ideas de patria y de comunidad a los populismos reaccionarios. Hay sectores de la socialdemocracia tradicional que creen que esas son ideas que hay que abandonar, pero deberían tomar más y mejor nota de lo que está pasando en toda Europa y en Estados Unidos. Si en Estados Unidos no hubiera habido un candidato tan identificado con el stablishment como Hillary Clinton, es posible que no hubiera ganado Trump, porque no se le habría dejado la defensa de los perdedores de la crisis ni de decir que ser americano es algo más que tener un pasaporte, sino tener derechos. Claro, Trump lo hace de forma reaccionaria: ser propietario de derechos contra los mexicanos, contra los de fuera…

Pero la idea de pertenecer a una nación es ser también un ciudadano que tiene derechos, que no te van a dejar en la cuneta cuando las cosas vengan mal dadas. No podemos dejar esa bandera al populismo reaccionario. Sumisión es una novela, y está bien que a las ficciones no les pidamos una precisión analítica exacta, ya que pueden volar más alto y, a veces, los escritores pueden pensar mejor la política que los intelectuales políticos porque no tienen las constricciones de las coyunturas. Houellebecq me parece brillante, pero es muy conservador y reaccionario en muchas cosas, y gracias a la imaginación puede llegar más lejos. En el libro sitúa de manera magistral un choque entre identidades fuertes. Es decir, la vuelta de las identidades colectivas, de la pasión y de la sensación de pertenencia, planteado, claro, de una forma que a las personas progresistas nos turba. ¿De verdad voy a tener que elegir entre el fascismo o el islam? No es obligatorio extraer lecturas de las novelas, pero si tuviera que hacerlo es que si no queremos vernos abocados a tener que elegir entre opciones reaccionarias o involucionistas de un signo o de otro, construyamos identidades populares, construyamos pueblos progresistas, de ciudadanía, abiertos, no racistas, cívicos, fuertes… El regreso de las identidades populares no es algo ante lo que debamos escandalizarnos o mirar para otro lado, sino que es una batalla que debemos dar porque, si no lo hacemos nosotros, lo hace el Frente Nacional.

Para Houellebecq, la universidad es una de las instituciones objetivo de los islamistas y una de las primeras que se deja «convertir» primero, sin apenas resistencia. Como profesor universitario, ¿te parece un escenario plausible?

Sí, totalmente. En el libro, con el dinero de los Emiratos Árabes se sube el triple los salarios de los profesores y, de repente, la resistencia frente a la «colonización» del islam se disuelve, se vuelven menos fieras. Creo que esto podría pasar, fundamentalmente por el estado miserable, paupérrimo, en el que subsiste la universidad española, y esto lo digo con mucho conocimiento de causa. Los profesores y los investigadores españoles, que en muchos casos no tienen nada que envidiar a los de los países de nuestro entorno, subsisten en condiciones muy malas. Todos conocemos a gente que se negaría, pero hay otros que han nacido para ser oficialistas de lo que sea, del que mande y ponga el dinero; gente que, básicamente, está con los que mandan, sin importan quiénes sean. ¿Que cambian? Pues cambian. La historia de nuestro país ha dado muchos y sobrados ejemplos. Esto no creo que pasara solo en la universidad.

¿Qué sensación te dejó el libro: curiosidad, indignación, temor, preocupación…?

Muchísima curiosidad intelectual. Lo peor que se puede hacer con la literatura, en general, es aceptarla o condenarla moralmente. Houellebecq es un autor maravilloso, aunque en muchas cosas está en las antípodas de mi pensamiento, pero me alegro de que haya escritores que se atrevan a hacer novelas provocadoras que te ayudan a pensar. La primera sensación que me provocó Sumisión fue desasosiego, pero en torno a ese futuro que imagina se apuntan cosas que nadie puede negar que tienen que ver con el futuro de Europa, con la necesidad de trascendencia, con la vuelta, en cierto sentido, de los grandes ideales… En Francia han llegado a la segunda vuelta dos tipos que concurren fuera de los partidos tradicionales. Claramente están pasando cosas sobre las que el libro ayuda a pensar, pero eso no quiere decir que estés de acuerdo con ellas, sino que, por tratarse de una ficción, tira líneas que ayudan a pensar o imaginar. Sumisión produce desasosiego y curiosidad intelectual.

Otro libro que genera mucho desasosiego es Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Nos ha sorprendido que, como politólogo, no hayas elegido Ensayo sobre la lucidez.

Ensayo sobre la ceguera me lo dio mi madre, que es una gran seguidora de Saramago, hace mucho tiempo. Recuerdo que, mientras lo leía, me atormentaba. Quizá porque era muy joven, pero ningún libro me ha vuelto a producir esa sensación; me sacudió mucho. En términos políticos, me parece mucho más interesante que Ensayo sobre la lucidez. Casi siempre, y tiene narices que lo diga yo, las reflexiones más interesantes sobre política vienen de obras que a priori no van a hablar de política, pero que nos dicen muchas cosas sobre nuestras sociedades. Estoy haciendo trampa: interpretar ahora una obra que, en su momento, necesariamente no me sugirió eso, pero el libro, particularmente lúcido, también puede leerse como un tirón de orejas a una izquierda ingenua que muchas veces piensa que el hombre es bueno por naturaleza y que, acabadas muchas de las razones que nos hacen ser malos, considera que no harían falta ni instituciones ni regulaciones o normas porque viviríamos en armonía.

Alguien podría aducir que en el libro todo se viene abajo sin que haya un proceso de educación, pero es que los procesos de educación no los decreta ningún Estado. Todos los Estados que han afirmado que estaban en un proceso de reeducación de sus sociedades para abolir la institucionalidad han acabado en monstruosas dictaduras. El libro es una llamada de atención que señala que la mejor política democrática y progresista es construir instituciones fuertes, abiertas para los de abajo y que puedan ser permanentemente cuestionadas, pero que ordenen la vida social, porque cuando las instituciones no lo hacen, se ordenan por la ley del más fuerte, que en el libro perjudica dramáticamente a las mujeres, a los niños, a los adultos menos fuertes… No quiero exagerar demasiado la metáfora, pero en nuestra sociedad la erosión de las instituciones y del Estado de derecho ha hecho que los tiburones de las finanzas impongan la ley del más fuerte de manera despiadada. Por tanto, una buena enunciación de un proyecto radicalmente democrático en nuestros días sería la ley del más débil. Construyamos instituciones que permitan que, cuando haya que establecer una norma, sea para el más débil. El mejor proyecto democrático no es pensar en una Arcadia feliz en la que no haya problemas. Siempre habrá problemas que resolver, y lo mejor es hacerlo con una institucionalidad suficientemente sofisticada, justa, abierta, horizontal e igualitaria que permita imponer la ley del más débil en lugar de la del más fuerte. Por eso creo que es una novela políticamente brillante.

Efectivamente, como comentas, en Ensayo sobre la ceguera se describe una sociedad frágil en la que no hay una bondad intrínseca, sino una maldad latente que solo se encuentra reprimida. ¿Estás de acuerdo con esta visión?

En la novela hay ejemplos de lo mejor y de lo peor. La ausencia de norma en el libro no se rellena con una asamblea permanente en la que se decide todo, sino con una dictadura despiadada de los más fuertes. Pero también hay ejemplos de solidaridad, de cooperación, de justicia, de fraternidad… Pero como las personas no tienen ni la fuerza, ni los equilibrios ni las instituciones que los protejan, las prácticas aberrantes o brutales se comen a las otras. Lo interesante es que Ensayo sobre la ceguera lo escribe un autor progresista que quiere construir sociedades más justas, más solidarias, más libres, con más fraternidad, pero no las quiere edificar sobre la ensoñación de que, para eso, solo hay que erradicar el mal y el resto de problemas desaparecerán. No. Nuestras sociedades, que son complejas, tienen que aprender que la única manera de gestionar eso no es sobre una especie de mito religioso según el cual, cuando erradiquemos el mal, llegaremos a la tierra del bien. Seguramente la tierra del bien no llegará nunca y tendremos que librar un combate permanente por construir prácticas más igualitarias y democráticas que impidan que las minorías y los explotadores se salgan con la suya, y eso se hace construyendo más fuerza para los de abajo. No sé si Saramago tenía esto en la cabeza, pero si esta reflexión no parte de pensadores progresistas estamos pecando de una especie de ingenuidad que aboca a la impotencia política.

Aunque en Ensayo sobre la ceguera las mujeres son las que más sufren la violencia, también son las más fuertes, como en la mayoría de los libros de Saramago, en los que, además, siempre son los personajes más sensatos y lúcidos. En concreto, en Ensayo sobre la ceguera son las que, además, sostienen los restos de esa sociedad civilizada frente a la barbarie masculina.

Totalmente de acuerdo. En este libro las mujeres son objeto de una violencia ritualizada, pautada y terrorífica, a pesar de lo cual siguen siendo quienes ponen un poco de civilidad. Tienen capacidad de hacerse cargo del sufrimiento propio sin cargárselo a nadie más y, a pesar de eso, sacar a otros adelante. No son mujeres débiles. Saramago no las victimiza, al revés. Sufren cosas que es posible que a muchos hombres los quebraran psicológicamente, pero ellas no se quedan estancadas en el papel de víctimas, sino que siguen cuidando y organizando la convivencia. Hay una parte hermosa, de reivindicación de la vida pese a todo, pero también está la costumbre: es muy posible que las mujeres tengan la capacidad de soportar eso porque sufren situaciones de violencia simbólica, cultural y física desde que son muy jóvenes y por las que los hombres nunca hemos pasado. Se trata de algo que nos enseñan todas las guerras. Cuando se derrumban todas las estructuras del orden y hay pobreza, miedo, exclusión…; cuanto existe la posibilidad de que te maten, siempre hay, además, una segunda condena y violencia contra las mujeres. A lo mejor, por eso, algunas de las resistencias más interesantes contra las barbaries han partido de mujeres. Estoy pensando, por ejemplo, en el voto determinante de las mujeres en Austria, que frenó al candidato de la extrema derecha, o el movimiento de las mujeres en Washington contra Trump.

Patria, para algunos, es el libro del año, y para otros no puede convertirse en el relato único sobre el terrorismo etarra porque consideran que no aborda lo ocurrido desde toda su complejidad. ¿Cuál es tu visión?

Lo leí esta Semana Santa. Me lo regalaron, pero no me apetecía mucho leerlo. Le pregunté a Eduardo Maura qué le parecía y me dijo que le había encantado. Y lo he devorado. Creo que no es el libro definitivo sobre el conflicto político y social en Euskadi porque no puede haber uno. Es muy posible que en la sociedad vasca vayamos a asistir a una lenta reconstrucción de puentes que se volaron y que se va a hacer de manera relativamente desordenada y solapada. Es decir, creo que florecerán mil libros como este, y que no todos gustarán, y que en un escenario de ausencia de violencia todos tienen que existir y ponerse encima de la mesa, porque, seguramente, como en todos los conflictos, todos tienen un trocito de verdad. En la lógica de la política, cada uno determinará cuál tiene más verdad y cuál menos; en la lógica literaria, todos son legítimos, sobre todo en un escenario sin violencia en el que todos tendrán que contar qué ha sido la sociedad vasca en los últimos cuarenta años, con sus sufrimientos, sus esperanzas, sus rupturas y su cotidianidad. En las situaciones de conflicto, y que han dejado muchos y muy diversos sufrimientos, no hay que aspirar a que haya una enciclopedia que diga «mirad, esto es lo que pasó». Hay que dar tiempo a que la sociedad vasca vaya produciendo los materiales que compongan un relato polisémico, de diferentes tonalidades. Aún así, tengo que decir que el libro ya lo hace un poco. Sin pretensión de exhaustividad ni de agotar todo lo que hay que contar sobre lo que pasó en el conflicto vasco, es un libro que muestra diferentes ópticas y que las muestra con mucha valentía.

En todo caso, parece que Patria ha abierto el debate sobre la necesidad de combatir la desmemoria. ¿Crees que la ficción es un buen instrumento para abordar la batalla del relato sobre el terrorismo?

Habría dos respuestas. Por una parte, la ficción es el mejor medio para contar a una sociedad qué ha sido de ella o qué ha pasado. Mucho mejor que los mejores trabajos historiográficos, porque la ficción no exige adhesión plena, sino que seduce, pero en el sentido de conmover y persuadir. Lo que tiene la capacidad de conmover y tocar simbólicamente es lo que mejor cuenta lo que ha pasado. Hay cosas que yo discutiría y con las que no estoy de acuerdo, y hay trabajos de historiadores que son fantásticos, y que son más exhaustivos y más rigurosos, pero el poder que tiene la ficción, por la amplitud de los públicos a los que llega y por la forma en la que llega, puede hacer interiorizar las narraciones políticas cuando a priori no vienen en formatos políticos. Son las que de manera más natural calan y construyen el sentido común. A la ficción no le pido nada, pero constato que construye un imaginario social. Bienvenida toda ficción que no pretenda instalar un relato, pero todas lo hacen, quieran o no, y no hay forma más poderosa de hacerlo.

Por otro lado, qué buena noticia es que en la sociedad vasca la disputa política sea, hasta cierto punto, una disputa literaria; sabiendo que ha habido muchísimo dolor, pero qué bueno que la disputa ya no se haga con balas, bombas o torturas. En todas las situaciones de conflicto hay una parte de no juzgar, de poner sobre la mesa el conjunto de las cosas que ha pasado y que la sociedad empiece lentamente a metabolizarlo. Todo este relato está por contarse, y creo que Patria se ha atrevido. Y a lo mejor no es casualidad que llegue en este momento. Seguramente hubiera sido mucho más difícil escribir esta novela hace diez años, no digamos hace veinte o treinta. Exigir a las obras literarias que estén de acuerdo con lo que pensamos es amputar o estrechar su capacidad de debatir asuntos sobre los que de otra manera, a lo mejor, nunca hubiéramos discutido.

Un comentario casi unánime sobre Patria es que sería bueno que la leyeran los jóvenes de las próximas generaciones.

Sí. Deben leerla los estudiantes que quieran saber cómo se escribe, porque está magníficamente escrita, y los que quieran saber qué pasó. Como me dijo Maura, para mucha gente joven este libro puede estar hablando de una cosa que ocurrió hace mucho tiempo, lo cual es una buena y una mala noticia. Es una buena noticia que haya mucha gente que diga «tú me estás hablando de otro contexto político y social», pero también es una advertencia: las sociedades sí que avanzan mirando hacia atrás, porque queremos superar lo que pasó, pero no en base a la desmemoria, sino contándonos qué sucedió y reconciliándonos con el pasado para construir un futuro mejor.

¿Habías leído antes algo de Joan Didion? Es una escritora que apenas se ha traducido en España y Según venga el juego llega en un momento en que se empieza a publicar también aquí a escritoras como Lucia Berlin o Grace Pailey, por ejemplo.

No, no había leído nada. Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, me lo regalaron y es uno de los libros que tengo pendientes.

¿Las mujeres siguen jugando en la segunda división de la literatura?

Las estadísticas dicen que en España las mujeres leen más que los hombres y, sin embargo, hay un salto no casual entre consumir literatura y producirla. Como en muchísimos otros ámbitos, tiene que ver seguramente con una serie de impedimentos o de dificultades no escritas. Además, corren el riesgo de convertirse en un subgénero, «literatura de mujeres», lo que significa que hemos interiorizado que la otra es la universal. Recuerdo que, cuando hacía mi tesis sobre el proyecto constituyente boliviano, entrevisté a uno de los diputados de la Asamblea Constituyente, un opositor, un señor blanco, y me dijo: «Claro, es que con esta nueva Constitución pretenden darle más derechos a los que tienen una etnia». Él pensaba que no tenía etnia, o que la suya era la universal. Pues esto es lo mismo. Los hombres escritores no tienen género, son escritores, y las escritoras hacen literatura de mujeres. Según venga el juego es un libro espectacular, aunque no cuenta nada del otro mundo, pero de dos formas que a mí me parece que lo hacen apasionante. Primero, lo cuenta muy rápido, es como recibir una tanda de puñetazos. Cuando cierras el libro, estás un rato en shock. Y, segundo, te cuenta las cosas desde un punto de vista que a mí, a lo mejor porque soy hombre, no se me habría ocurrido: un tipo de angustias, de preocupaciones, de cargas…

¿Tienes pueblo? ¿Qué lectura has hecho de La España vacía?

Mi familia proviene de Sevilla la Nueva, en Madrid, que durante mucho tiempo fue un pueblo de la España vacía y ahora es un pueblo al que se ha comido el macroextrarradio de la ciudad. La España vacía me pareció un libro apasionante. Tiene dos cosas que me gustaron mucho. Una, cómo hemos normalizado vivir en un país en el que el grueso del territorio está semivacío y cómo afecta eso a nuestras políticas públicas, a nuestra cohesión como país y a nuestra redistribución de la riqueza. Y dos, cómo afecta a la construcción de la identidad nacional que una buena parte del grueso de los españoles de hoy provengamos de sitios que ya casi no existen; que nuestros recuerdos daten de lugares o vacíos o que han sido colocados como reservorios de tópicos. Se habla mucho en la cuestión territorial española de nuestro encaje con otras naciones, con Cataluña…, pero creo que no se aborda suficientemente el problema de la construcción nacional española, siempre a medio hacer; una visión trágica de tu propio país permanentemente doliente, muy nuestra, que se queja de lo que le falta a España, de lo que supuestamente perdió, pero con dificultades para actualizarla hoy. Me pareció un viaje geográfico y cultural apasionante para pensarnos como país. Aunque soy usuario permanente de los trenes de alta velocidad, es difícil que un país se estructure si básicamente las conexiones entre unos puntos y otros son macroestaciones y trenes rapidísimos que pasan por lugares de los que no sabemos nada y a los que cada vez es más difícil llegar. Metafóricamente hablando, creo que en nuestra dificultad para pensarnos como país hay también una especie de desierto.

Dice Del Molino que el populismo en España «siempre se ha vestido de chico de pueblo que triunfa en los estudios y vuelve a su tierra para beber vino del porrón de sus abuelos». Pero ahora, en España, cuando se habla de populismo, se piensa un populismo urbano, vestido de élite universitaria que no ha pisado la tierra; es más, al que no le interesa la tierra. En las elecciones generales, los peores resultados de Podemos fueron precisamente en la España vacía. Si coges los dos mapas y los superpones, coinciden: Extremadura, las dos Castillas y parte de Andalucía. La única excepción sería Aragón.
Y Aragón por Zaragoza, porque Teruel no fue una excepción.

Imagino que después de dos elecciones consecutivas, al leer el libro ese mapa lo has tenido muy presente.

De nuevo, llegué por un interés político y me encontré con algo que culturalmente me fascina. El libro no señala un final, sino que inicia una primera pregunta que, en mi opinión, el autor debería continuar. Es una primera aproximación que debería seguir trabajando. Hay dos cosas apasionantes en lo que dices. Una tiene que ver con una buena comprensión o una mirada inteligente de Sergio del Molino hacia los fenómenos populares y comunitarios en nuestro país. Por ejemplo, se mete con mucha valentía en el fenómeno del carlismo, y ahí me ha despertado toda una veta por pensar. Tradicionalmente visto como un fenómeno opuesto a la modernización, en realidad, aunque con una forma ideológica reaccionaria y conservadora, presenta unas ideas de protección social frente a una parte de la modernización que pueden tener elementos similares con algunas de las manifestaciones que ahora vehiculan las preocupaciones de los perdedores de la globalización. Y es también una llamada y un toque de atención. Luego discrepo con su concepción del populismo. Creo que lo describe más o menos bien. Pone los ejemplos más pintorescos, pero se olvida, por ejemplo, de Alfonso Guerra y Felipe González al principio de los ochenta, conquistando el imaginario y los corazones de muchos españoles diciendo «el país oficial ha ido por un lado, hay que reconciliarlo con el país de verdad». Se olvida de Alfonso Guerra diciendo que iban a ganar las elecciones los descamisados, representando, con una fuerte y potente autoridad carismática, la promesa de reconciliación del país oficial con el subsuelo de la patria, como si hubiera habido una brecha y hubiera que saldarla echando a las élites y poniendo a un Gobierno de transformación y de cambio que gobierne para los de abajo. 

Hoy, cuando se piensa y se discute sobre el populismo, las principales críticas no aluden a chicos venidos del pueblo que llegan a la ciudad y triunfan, sino también a un cierto componente meritocrático, de preparación intelectual, académica o profesional, que permitiría plantarle cara a algunos señores cuyo principal mérito ha sido recibir, deber, o intercambiar favores para hacer un uso patrimonial de las instituciones como si fueran chiringuitos. Yo con esa caracterización no estoy tan de acuerdo, tengo otra visión. Me gustaría discutirlo con él. Lo que dices de los mapas que se superponen es clave. Es un problema drástico en nuestro país. Y yo le añadiría un elemento más: no es solo la España vacía contra la España urbana, sino que la España vacía se empobrece aceleradamente mientras que la España urbana es mucho más joven. Básicamente lo que ha sucedido es que una parte de las políticas que han arrasado con la protección social, con el Estado del bienestar y con los derechos laborales se han cebado con las nuevas generaciones. Durante mucho tiempo, el Partido Popular, que tiene una parte de sus bases electorales y demográficas en algunas de las provincias de lo que Sergio del Molino llama la España vacía, ha pensado que puede masacrar las condiciones laborales de los nietos, siempre que no toque la pensión de los abuelos. 

Con esto, el PP rompió el pacto intergeneracional. 2017 seguramente sea el año en el que se acaba la mentira: no se pueden sostener las pensiones si te has dedicado a machacar las condiciones laborales y el mercado de trabajo de forma tal que la precariedad, la caída del peso real de los salarios y las pésimas condiciones y expectativas de trabajo hacen que, aunque somos los mismos trabajando que en 2011, cotizamos mucho menos a la Seguridad Social y, por lo tanto, es más difícil sostener las pensiones. Y no porque haya más personas de la tercera edad, sino porque los que trabajamos hoy tenemos menos poder adquisitivo. En la historia de nuestro país, algunos de los cambios progresistas han comenzado antes por los sectores más jóvenes y más urbanos y después han llegado a las provincias menos densamente pobladas. En todo caso, me parece que es un problema de primer orden. Tenemos que reconciliar esas dos Españas, y eso exige que nos planteemos como problema intelectual y político de primer orden qué pasa con esa otra parte del país. No basta con tener mayoría absoluta en Twitter.

¿Has encontrado complicidades lectoras en el Congreso con otros partidos?

En otros partidos, no. A veces, entras y sales con un libro y te preguntan, pero tus compañeros de escaño. Con Madina alguna vez he intercambiado algo.

¿Es un tópico que los políticos leen poco? ¿El tópico es un reflejo del conjunto de la sociedad o del descrédito de la clase política?

[Risas] Creo que, en general, en mi grupo parlamentario se lee bastante, pero no sé si más o menos, no conozco a los otros. Es verdad que a veces cuesta sacar tiempo. Cuando empiezas el trabajo político, lees muchísimas cosas, pero muchos menos libros: toneladas de informes, noticias, documentos. Nunca he tenido tan poco papel en la mano y tan poco encuadernado, con lo bonito que es esto [señala los libros sobre la mesa] y lo feo que es esto [señala los folios con las preguntas]. No sé si se lee más o menos que la media nacional. En España se tendría que leer más, pero esto no se tiene que quedar solo como una especie de petición abstracta y medio aristocrática para regañar a la gente. La batalla para que se lea más y mejor no puede convertirse solo en una especie de regañina permanente a la sociedad, sino que tiene que ver también con el tiempo disponible, con la voluntad, la promoción de la cultura, de la literatura… Es verdad que en España se lee poco, pero no creo que haya que leer muchísimo para ser un buen político. Creo que hay que leer para ser un buen ciudadano. Aristóteles decía que es imprescindible para la posiblidad de hacer política y de ser ciudadano disponer de tiempo libre. La batalla por el tiempo libre en realidad es una de las primeras batallas por la liberación humana, una reivindicación permanente de que, para ser ciudadanos, tenemos que poder respirar, pensar y plantearnos cosas.

Por otro lado, Goethe decía que la libertad nos asusta tanto que hacemos todo lo posible por perderla.

Por llenar el tiempo, sí. Es verdad que hoy parece que la única manera de disfrutar un rato de soledad es meter el móvil en un cajón.

¿Lo haces cuando lees?

Es que si no, no puedo. Lo escondo. No es que lo apague, es que no puedo verlo. Si lo ves, el móvil te recuerda que tienes una tarea pendiente. El ensayo, que se lee más lento y te exige un poco más de reposo que la novela, es drásticamente incompatible con las nuevas tecnologías. Y aquí tengo una preocupación, porque, aunque el grueso de lo que leo es en pantallas, todas las cosas que me han enseñado a pensar las he leído en papel, y tengo la sospecha de que lo que leo en el móvil nunca me va a dejar el mismo poso que un libro que toco y que subrayo. Todas las grandes cosas que me enseñan a pensar o que me inquietan están encuadernadas o las he pintarrajeado. Me temo que soy un poco arcaico.

Añade las redes sociales a eso…

Las redes pueden producirte desconcierto. Estar informado no es leer muchísimas noticias, es tener una estructura mental que te permite ordenarlas, como si el cerebro fuera una especie de trastero en el cual, si no has construido previamente las estanterías, puedes meter, meter y meter, pero no hay dios que encuentre nada. En mi opinión, las estructuras se forman con la palabra: debatiendo y con el papel.

Por eso es tan importante el periódico en papel y su estructura.

Absolutamente. Y los libros: tocarlos, trabajarlos. Es verdad que no puedes leer tantos libros como artículos, pero los libros bien elegidos te construyen esas estanterías que luego la información llena. Si solo tienes información y datos, pero no tienes las categorías y una forma organizada de pensar, el mundo te puede parecer un conjunto terrorífico, desordenado e imposible de cambiar.●

DE CERCA

¿Qué libros tienes ahora entre manos?

La sangre de los King, de Jim Thompson, y El Estado emprendedor, de Marina Mazzucato.

Tu gran lectura pendiente.

Los Episodios nacionales. El otro día me lo recordó Santi Alba Rico.

Qué libro has dejado a medias.

Creo que voy a seguir con La sangre de los King… Dejé a medias Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías, y fue una discusión brutal con mi madre [risas]. Ella sostiene que me lo dio demasiado joven. Prefiero quedarme con la duda. Por orgullo terminé La madre, de Maximo Gorki, pero…

Algún clásico que hayas abandonado…

Tengo muchos que debería leer… La relación con un clásico es más lenta, pero también más compleja para relacionarla con las cosas que te están pasando. Mientras tanto, hay cosas a las que les sacas mucho más partido.

¿Qué libro te hubiera gustado escribir?

Hace mucho que no escribo nada relacionado con la ficción. Conforme pasa el tiempo y me voy alejando más de esa forma de escritura y escribo cada vez más informes, artículos, reflexiones o textos en formato de ensayo, voy apreciando más la técnica de la escritura. Hace poco leí Siete domingos rojos, de Ramón J. Sender, un retrato de un momento del anarcosindicalismo español, hermoso, reflexivo y, a la vez, vertiginoso. Una novela de acción y un cuadro de época. Yo no soy capaz de mantener dos tramas a la vez. Soy mucho más lineal en la forma de pensar y de escribir y admiro a la gente que no lo es.

Entonces alguna vez has tenido la tentación de escribir ficción.

Sí, de pequeño y cuando estaba en el instituto. Yo quería escribir y ser director de cine, pero para contar historias. Ahora es verdad que cuento cosas, pero no en forma de ficción… Espero que no sea ficción [risas]. Siempre he tenido una veta narrativa que en realidad no he cultivado. Es una pena… Bueno, en realidad no sé si es una pena, si alguien se pierde algo, porque no sé si lo hacía bien. Pero siempre me ha gustado.

¿Te ves escribiendo tus memorias?

Hay muchas cosas que me gustaría pensar, contar, pero soy un absoluto desorden. Me falta la capacidad de tomar notas ordenadas, y estoy convencido de que la voy a echar de menos. Me encantaría, pero ahora mismo me parece zambullirme en el caos.

¿Qué personaje literario te hubiera gustado ser?

Antes he citado Siete domingos rojos. En esa novela hay muchos personajes anónimos, trabajadores jóvenes de Madrid que viven una etapa dura, conflictiva, pero también de expansión de la ilusión porque pensaban que en España la gente humilde podía construir poder y hacer un futuro a la medida de sus posibilidades y emanciparse de la carestía, del sufrimiento y de la explotación. Todo eso acabó de manera terrible en cuarenta años de dictadura, pero creo que hay una época permanente de fraternidad popular que forma parte del mejor acervo de nuestro pueblo que impregna el libro y que lo hace trágico, pero al mismo tiempo muy hermoso. Sobre todo porque son héroes anónimos, colectivos, que hacen trocitos de heroicidad cotidiana. En la historia democrática de los pueblos hay grandes nombres, pero casi siempre está hecha de mucha gente que puso su granito de arena.

La intrahistoria, que decía Unamuno.

Efectivamente, y que se cuenta poco. Esa intrahistoria está mucho más contada en la ficción que en la gran historiografía.

¿Qué personaje literario sería Mariano Rajoy?

[Risas] Siendo suave, diría que el Bartleby de la inacción, del «preferiría no hacerlo», ya sea por convicción, pasividad, cinismo o puro desentendimiento; o por pensar que los problemas se van a arreglar solos o que no van con uno. Lo que pasa es que no es tan grave cuando lo hace un escribiente en Nueva York que cuando lo hace el presidente del Gobierno en tu país.

¿Albert Rivera?

Uno de esos personajes ganadores, como en La hoguera de las vanidades, hasta que en un momento dado te das cuenta de que todo está un poco vacío, que es un poco mentira. Hay una voluntad de ser reconocido entre los ganadores como un adalid de la gobernabilidad, aunque el PP le maltrata sistemáticamente, que tiene mucho que ver con esta pulsión de ser reconocido entre los ganadores a pesar de que te tratan a veces con un tono un poco displicente. Por lo menos, es lo que veo en el Parlamento.

¿Susana Díaz?

Un personaje tipo lady McBeth, conspirador.

¿Pedro Sánchez?

No sé en qué fase está, pero es muy difícil no pensar en el conde de Montecristo, alguien a quien traicionan, encierran y luego vuelve para vengarse. Supongo que está en esa fase, convertido en otro. Algo muy interesante. Pero no lo digo como ataque o crítica. Es verdad que, a veces, experiencias duras, traumáticas, transforman la forma de ver la política, y es posible que este otro en el que vuelve transformado hubiera hecho más fácil un Gobierno de cambio en España. Pero seguramente hay que pasar la experiencia del torreón.●

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