Esa epidemia llamada corrupción

07:26:00

Con cierta frecuencia se puede escuchar: “Una cosa es Dinamarca y otra, Cundinamarca”, para indicar que los colombianos no podemos aspirar a tener unas condiciones políticas y sociales como ciertos países europeos porque somos portadores de un gen que nos transmite la corrupción. Es un presupuesto falso. 

Por: Víctor Zuluaga Gómez / Semanario Caja de Herramientas

Desde luego que hablar de la génesis de la corrupción que carcome no sólo a Colombia sino a muchos otros países, no es nada fácil porque son muchos los factores que se han conjugado para que estemos como estemos.

Vencedores y vencidos

Los europeos, sin excepción, llegan a América y someten a la población aborigen y posteriormente secuestran a miles de africanos para trasladarlos a este Continente sometidos a la más inhumana esclavitud. Sobra decir que en su momento, tanto indígenas como africanos eran considerados seres bárbaros, salvajes y por lo tanto de una inferior categoría. La legislación para unos y otros fue diferenciada y resultado de una imposición así algunos teóricos hablen de una novedosa teoría llamada “Pactismo”, según la cual los sectores dominantes “pactaban” con los sometidos unas reglas de juego para el ejercicio del proceso productivo y la estratificación social.

En esas condiciones de sometimiento, sin duda que los indígenas y los esclavos acudían al ingenio para burlar las normas, para evadir sus responsabilidades. Mucho se habla sobre los esclavos que estropeaban sus herramientas de trabajo para hacer daño a sus amos.

Cuando llega al proceso independentista, las cosas no cambiaron sustancialmente, porque se trataba de los mismos hijos de españoles quienes asumieron la conducción de la nueva República, dando continuidad al sometimiento, a la marginalidad que se mantenía a indios y esclavos, y también a una amplia capa de mestizos pobres escasamente sobrevivían.

La moral religiosa
Uno de los soportes que permitió a europeos y criollos mantener su dominio, su hegemonía en lo económico, social y político, fue la religión, que en el caso, por ejemplo de los esclavos negros, se decía que era una raza maldita porque su antecesor, un hijo de Noé, se había burlado del padre cuando lo encontró desnudo después de haberse emborrachado con vino. Por lo mismo, decía la tradición religiosa, fueron arrojados al continente africano para que purgaran el pecado de su antecesor. De allí a decir que esclavizando y haciendo padecer a los pueblos africanos era lo mejor que se podía hacer por ellos porque así su sufrimiento les permitiría ganar la vida eterna, no había sino un paso, y se dio.
Con la llegada de la modernidad y el desarrollo de la ciencia, la religión y con ella el clero fue perdiendo poder y lo que podríamos llamar el freno para la adopción de conductas éticas, de responsabilidad social, se fue perdiendo poco a poco. No es difícil escuchar, incluso a muchos creyentes, que es posible transgredir normas, “pecar”, porque al final es posible el arrepentimiento y con ello se saldan todas la cuentas pendientes.

Digamos que no hubo posibilidad de desarrollar una conducta ética laica, que enseñara a respetar al otro por el hecho de ser humano y porque unas relaciones respetuosas se tienen que reflejar en una relación social en donde impere el respeto y la equidad.

El atesoramiento

En una época en donde ha desaparecido la cívica, o más aún, en donde las Humanidades cumplen una función de “relleno” en los planes de estudio, la búsqueda de la fama, del éxito, de la acumulación, se ha convertido en una carrera desenfrenada y para lo cual se le echa mano de todos las caminos efectivos para acumular y consumir sin límites. Porque dentro del proceso de competencia, se busca afanosamente estimular la parte emocional, el animal que todos llevamos dentro, para acceder a las ofertas que circulan de una manera demencial. Por algo se habla en la actualidad del “Homo Videns”.

Y si la corrupción es generalizada pero quienes detentan el poder desangran de una manera inclemente el erario público, ¿cómo es posible que no se produzca una renovación de esa élite política? Una posible respuesta es que esa clase dirigente que administra lo público está respaldada por el sector privado, como vemos en el caso de congresistas que sus campañas han sido financiadas por algunas Empresas Prestadoras de Salud.

¿Qué hacer?

Tal como lo dice Rita Levi Montalcini, neuróloga premio Nobel de neurología, la conducta ética no se hereda sino que se adquiere. No es genético sino epigenética y habla de la importancia de inculcar valores en los niños durante los primeros años de su vida y continuar en esa labor durante toda la vida, añadiría yo. Porque se trata de una lucha permanente contra el instinto animal que siempre nos acompaña, que siempre está en permanente lucha con la razón, sobre todo cuando ésta ha tenido elementos que le permitan adoptar conductas de respeto hacia al otro.

Finalmente, si a una educación en valores se le agrega la construcción de una sociedad inclusiva, equitativa, es posible derrotar esas habituales prácticas que en nuestro medio se conocen como de “vivos” y las cuales aplaudimos con mucha frecuencia. Porque es usual justificar la transgresión desde “abajo” porque los de “arriba” son unos corruptos, conformándose de esa manera en círculo vicioso.

1 Historiador Universidad Javeriana, Magister en Ciencias Políticas Universidad de los Andes, Profesor jubilado Universidad Tecnológica de Pereira.

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