Ser mujer y futbolista en el país de la pelota

15:24:00

En Brasil, jugadoras profesionales como Marta o Andressinha se han visto obligadas a emigrar por problemas como la falta de reconocimiento o de recursos económicos, además de por los prejuicios masculinos

Por: Agnese Marra / CTXT

Son las número uno de América Latina y las quintas mejores del mundo. Tienen en su equipo a una jugadora, Marta, que ha ganado más premios seguidos a la mejor jugadora del mundo que el mismísimo Messi. Tienen a otra que ya es considerada no sólo la gran promesa del fútbol brasileño, sino una de las grandes del fútbol mundial, se llama Andressinha. Pero pocos brasileños reconocerían en la calle a la gran estrella, y ninguno se daría cuenta de que esa rubia de 21 años, con cara de quince, puede ser la nueva Neymar del balón mundial.
Pero evitaremos volver a hacer comparaciones con sus compañeros varones, esa es precisamente una de las cosas que más les irrita: “¿Por qué tiene que buscar similitudes con ellos para decir si somos buenas? Nuestro fútbol está lleno de mujeres excelentes, que tienen su propio estilo, son incomparables”, dice tajante Emily Lima, la nueva entrenadora de la selección femenina de fútbol, la primera mujer técnica que comanda la canairinha.
El reconocimiento, o más bien la falta de él, es uno de los principales problemas a los que se enfrentan, pero hay otro mucho más grave, esencial: un espacio donde poder jugar al fútbol de manera profesional. Por eso cuando a las que hoy están en lo más alto de su carrera se les pregunta cómo empezaron, el discurso siempre comienza por dónde pudieron encontrar ese espacio para formarse como mujeres y futbolistas. 
Casi todas cuentan que tuvieron que viajar muchos kilómetros para encontrar un equipo. Marta todavía recuerda los tres días de autobús que le llevaron llegar hasta su primer club, el CSA de Alagoas. Otros como el padre de Andressinha, un exjugador de serie B de Roque Gonzalves (un pueblo de 8.000 habitantes en Río Grande del Sur), decidió montar él mismo un equipo de fútbol femenino para que su hija tuviera un lugar donde practicar más allá de las calles y la cancha de barro. Cuando la gaúcha recuerda esa historia le da un ataque de risa: “El club de mi padre llevaba el nombre de su restaurante, pero fue muy importante para mí y para muchas otras chicas de la región que venían hasta el pueblo para jugar en un equipo femenino”.
En la calle, durante el recreo de la escuela, o en el patio del edificio donde unas zapatillas hacían de portería, fueron los primeros espacios que tuvieron que conquistar. Las memorias de la infancia son parecidas en cada una de sus historias. Una niña de seis años (Andressinha), otra de diez (Emily Lima) y otra de doce (Mónica, una de las defensas de la selección) rodeadas de niños, esperando ansiosas para que les dejaran entrar a jugar: “Al principio desconfiaban, pero cuando me veían con el balón, todos me querían en su equipo”, cuenta la más joven de la selección. Lo mismo recuerda Mónica: “Las primeras veces fueron difíciles, pero luego les gustaba tanto jugar conmigo que siempre me venían a buscar a casa para echar un partido”.
Su dominio de la pelota no les valió para librarse de los prejuicios, cuchicheos y a veces insultos. “Muchas veces volvía a casa llorando porque los padres de mis amigos decían que jugaba a cosas de hombres. Los ataques venían de los adultos, no de mis compañeros”, cuenta Andressinha. Para Mónica la época más dura fue la adolescencia: “Además de jugar al fútbol yo era un poco bruta y los chicos del club se metían conmigo, fueron momentos difíciles”.
Ellas consiguieron salir adelante pero han visto a muchas compañeras que no han soportado la presión. Una investigación del doctor en Psicología Jorge Knijnik, realizada en São Paulo en 2014 (uno de los Estados que tiene mejores clubes femeninos), apunta que el 57% de las jugadoras entre 16 y 21 años denuncia que la principal causa del estrés que sufren tiene que ver con los prejuicios con los que conviven en su día a día.
El apoyo de las familias es otro de los grandes problemas. Andressinha, Mónica y Emily aseguran que sus padres les incentivaron, pero saben que no es el caso de otras compañeras. Marta, la jugadora más premiada del mundo, que hoy juega en el Rosengard de Suecia, siempre cuenta que sus padres y hermanos le cerraron las puertas. En su pueblo, Dois Riachos (nordeste del país), que una niña jugara al fútbol era poco menos que un pecado. Pero ahora cuando regresa a ver a su familia todo el mundo la respeta, y algunos hasta llevan el número 10 de la selección con su nombre.
Inestabilidad y pocos recursos
Encontrar un club femenino es el primer obstáculo, pero una vez dentro tampoco tienen garantías de nada. Según Emily Lima, los últimos años de los noventa fueron una buena etapa para los equipos de mujeres, pero entrados los 2000 muchos desaparecieron. “Es un deporte que no da dinero a los clubes, nadie lo publicita, tiene poco público y mantenerlos resulta difícil, depende del presidente de turno”, dice la entrenadora. Todas se acuerdan de lo que sucedió en 2012 cuando el Santos decidió eliminar su sección femenina para poder aumentar el salario de Neymar: “Fue un hecho muy triste, pero por suerte el nuevo presidente lo ha vuelto a abrir y hoy es uno de los mejores clubes para las futbolistas”, dice Emily.
A Andressinha, que es más joven, le tocó esa época de pocos equipos y condiciones laborales “regulares”. La mayoría de las jugadoras no recibe un salario sino una “ayuda de manutención” que va desde pagarles el transporte hasta ofrecerles alojamiento. Algunos clubes también les dan una paga que varía mucho: “Pueden pagar desde 100 euros al mes a un máximo de 1.500, pero la cifra más habitual ronda los 300-500 euros”, cuenta Mónica.
Más que los salarios, lo que les preocupa es la falta de infraestructura de muchos equipos que a veces ni siquiera tienen médicos o fisioterapeutas que las controlen: “Hay clubes en los que si una jugadora se cae y se hace daño no tiene seguro médico, ella misma se lo tiene que pagar y buscarse la vida”, cuenta la gaucha. Emily recuerda que hasta hace poco no se preocupaban por el descanso de las jugadoras: “Cuando jugaba muchas veces me tocó recorrer en autobús más de 600 kilómetros, comer un bocadillo en la carretera, salir a jugar, y de vuelta a casa, todo en el mismo día. Eso es inaceptable en el fútbol profesional”.
-¿Qué es lo que más anhelan de las ventajas que tienen los compañeros hombres?
--El respeto-- Emily no se lo piensa ni un segundo.
Esa sensación es la que sintieron las tres jugadoras cuando salieron de Brasil para jugar en Estados Unidos y Europa. Fue la primera vez que un club les hizo un contrato de trabajo, pero sobre todo recuerdan que fue la primera vez que se sintieron respetadas. Y con eso se refieren a ser valoradas y tratadas como profesionales, no sólo a tener una seguridad económica sino a poder entrar a diario en polideportivos con estructura, con equipos médicos y dietistas que les acompañen. Poder viajar en avión cuando la ciudad está lejos y no tener que ir horas en autobús. Poder entrenar y jugar todo lo que les pida el cuerpo: “Antes en Brasil el campeonato duraba tan solo tres meses y así se pierde el ritmo. Somos atletas, tenemos que practicar continuamente”, se queja Andressinha. 
Mónica todavía recuerda cómo la recibieron en el Orlando Pride: “Antes de que llegara todo el mundo me conocía, me pedían autógrafos, no me lo podía creer, allí te tratan como una profesional”, repite. Andressinha también está en Estados Unidos, juega en el Houston Dash y comparte apartamento con otras cuatro jugadoras: “También nos dan un par de coches para compartir. La verdad es que tenemos todo lo que necesitamos y con mi salario puedo ayudar en casa”. En la liga norteamericana los sueldos van de los 1.500 a los 5.000 dólares mensuales: “No es la que mejor paga pero nos cuidan de maravilla. Ha sido aquí donde realmente me he sentido una verdadera atleta”, dice Mónica.
Los nuevos tiempos del empujón olímpico
A pesar de la carrera de obstáculos que pasa cualquier mujer que quiera ser futbolista en Brasil, Emily Lima asegura que “las cosas están cada vez mejor”. El hecho de que Lima se convirtiera el pasado mes de noviembre en la primera entrenadora mujer de la selección femenina ha sido una primera muestra de los cambios que quiere poner en marcha la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF).
“En realidad ese tipo de cosas vienen más de la FIFA, ellos marcan el rumbo para ser cada vez más igualitarios”, dice la técnica. En 2015 la FIFA impuso una política de cuotas para que toda selección femenina tuviera al menos una mujer en su comisión técnica. “Las mujeres ya parten por debajo en el mercado de trabajo porque no las incluyen en los equipos masculinos. Lo mínimo que podemos hacer es ayudar para que tengan más espacio”, decía el vicepresidente de la Confederación Asiática de la FIFA, Moya Dodd, en el diario The Guardian, donde definía como “alarmante” la situación que viven las mujeres en el fútbol. 
La Conmebol (Confederación Sudamericana de Fútbol) también dio un paso al frente para apoyar el fútbol femenino el pasado mes de octubre cuando anunció que los clubes masculinos que quisieran disputar tanto la Copa Libertadores como la Copa Sudamericana deberían tener sus respectivos equipos femeninos. Esta regla solo comenzará a ser válida a partir de 2019. 
Las canairinhas aseguran que, además de las “órdenes de fuera”, lo que hasta ahora ha ayudado más al fútbol femenino brasileño han sido las Olimpiadas de Río 2016. Ninguna de ellas olvida a las 75.000 personas que llenaron el Maracaná para ver las semifinales contra las suecas: “Para mí fue duro porque erré uno de los penaltis, pero, a pesar de perder, la afición nos aplaudió durante minutos. Fue muy emocionante”, dice Andressinha. 
“Después de los Juegos la CBF se dio cuenta de que si se anunciaban los partidos de la selección y los medios empezaban a hablar de las jugadoras, la afición respondía”, dice Emily. Para la técnica, la escasa cobertura de los medios y la falta de publicidad son las claves para entender por qué el fútbol femenino hasta ahora no ha sido rentable.
La nueva entrenadora se estrenó el pasado diciembre en el torneo de Manaos donde la selección brasileña ganó con soltura. Los partidos se retransmitieron por televisión con buenos índices de audiencia y entre los planes de la CBF está solicitar a la FIFA que se jueguen más torneos en Brasil para que las internacionales puedan jugar y la selección sea cada vez más conocida.
“Es importante que los niños vean que las mujeres juegan al fútbol y que jugadoras como Marta también puedan ser sus ídolos. Sólo así podremos luchar contra el machismo que hay en este deporte”, dice Mónica. Todas ellas saben que queda mucho por hacer, pero son optimistas, y esperan que en unos años no haya más niñas esperando en el recreo para que las llamen a jugar. 

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