Mucho más que una prueba: las enseñanzas de Saber 2016

12:23:00

Esta vez hubo avances meritorios, pero nuestra educación básica sigue siendo de baja calidad. Y -sobre todo- este tipo de cifras no sirve solo para compararnos sino para evaluar las políticas de largo plazo y para formularnos las preguntas esenciales.  


Por: Francisco Cajiao* / Razón Pública

La prueba

Hace un par de semanas se dieron a conocer los resultados de las pruebas que aplica el Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación Superior (Icfes) en los grados 3°, 5° y 9° en todo el país, y en las que participaron 2.388.100 estudiantes (890.581 de tercero, 824.318 de quinto y 655.211 de noveno).
Estas cifras discriminadas por grado resultan interesantes por dos razones:
  • Porque una muestra tan grande permite hacer una radiografía muy precisa del desarrollo de las competencias evaluadas, lo cual a su vez nos deja apreciar el grado de progreso de los niños. A partir de estas cifras es posible trazar mapas del aprendizaje por departamentos, municipios y sectores, con lo cual, al menos en teoría, podrían ajustarse con bastante exactitud las decisiones de política relativas al desarrollo de las competencias en Lenguaje y Matemáticas.
  • Porque la reducción de cerca de 250.000 estudiantes evaluados entre tercero y noveno grado con respecto a la prueba anterior es un indicador preocupante de deserción escolar. En efecto: los cambios en la pirámide de edades tendrían que haber mostrado una tendencia contraria, es decir, tendría que haber menos niños en los primeros grados del sistema.

Lo positivo

En esta ocasión la prueba arrojó resultados interesantes y alentadores, pero también dejó en claro cuál es la magnitud de la tarea pendiente. El Icfes sintetizó de esta manera los elementos que considera estimulantes:
  • Hubo una mejoría en todos los grados y en todas las áreas evaluadas. Esto indica la presencia de un esfuerzo sostenido en las escuelas sobre las asignaturas Lenguaje y Matemáticas que se traduce en los mejores resultados de la serie histórica (2012 – 2016).
  • El sector oficial mejoró más que el privado: los colegios privados permanecieron en un nivel comparable al de la medición anterior, pero hubo mejoras en las escuelas oficiales, de las cuales provienen alrededor del 75 por ciento de los estudiantes evaluados.
Esta noticia merece destacarse porque indica que es posible cerrar las brechas que tradicionalmente han existido entre lo privado y lo público. Y además porque confirma que no es cierta la idea difundida de que la educación privada siempre es mejor que la pública: hay muy buenos colegios privados que superan a la mayoría de los públicos, pero también hay privados mucho peores que los públicos.
En este aspecto influyen más los factores socioeconómicos, pues según los resultados de las pruebas los colegios de los estratos más altos tienen resultados superiores.
  • Disminuyó el porcentaje en los niveles “insuficiente” y “mínimo”. Este es un dato importante porque hasta ahora habían sido más los estudiantes con resultados pobres en Matemáticas y Lenguaje; avanzar hacia el punto donde sean más los que obtienen resultados satisfactorios o avanzados es un indicador de progreso del sistema como un todo.
  • La brecha entre las regiones ha comenzado a cerrarse. Al analizar las entidades territoriales certificadas se encuentra que estas, además de mejorar con respecto a los años pasados, redujeron su nivel de dispersión.

Los retos

Este tipo de pruebas son buenas para Colombia porque para un enfermo no hay mejor remedio que saber lo que le pasa. Por eso vale la pena destacar el gran esfuerzo que viene haciendo el Icfes en talleres que ayuden a interpretar los resultados por parte de los colegios y los municipios de todo el país.
Pero además de analizar la información directa es preciso indagar sobre lo que nos dicen estas pruebas acerca de la educación básica que hoy existe en Colombia.
El informe de 2016 es satisfactorio en relación con los años anteriores, pero todavía nos mantenemos en una zona de muy bajos resultados nacionales. Cabe recordar que un porcentaje elevado de nuestros niños y jóvenes tienen un desempeño mínimo en Lenguaje y Matemáticas y muy pocos llegan a los niveles avanzados.
En noveno grado, muy cerca de terminar el bachillerato, apenas un 5 por ciento llegan al nivel avanzado en Lenguaje, lo cual significa que el 95 por ciento seguramente tendrá dificultades serias para abordar los textos complejos que exige la educación superior. Y en Matemáticas este nivel lo obtiene apenas el 6 por ciento (en 2015 era el 4 por ciento), lo cual deja graves preocupaciones sobre la proporción de jóvenes que puedan y quieran seguir rutas académicas relacionadas con ingenierías y ciencias básicas.
Al otro lado y para el mismo grado, el 54 por ciento de los estudiantes están por debajo del nivel satisfactorio en Lenguaje y el 70 por ciento en Matemáticas, y eso hace pensar en las dificultades que esta gran cantidad de jóvenes tendrán en el momento de su educación superior.

¿Qué tanto muestra la prueba?

 Los críticos de este tipo de instrumentos suelen decir que evaluar solamente Lenguaje y Matemáticas no dice casi nada sobre la calidad de la educación. Sin embargo en ausencia de herramientas comunicativas y de razonamiento lógico avanzadas, no es posible avanzar en ciencias o en humanidades, en las proyecciones sociales o políticas o en las habilidades emocionales.
Cierto que la calidad de la educación no puede reducirse a evaluar el área de Lenguaje y Matemáticas, puesto que también importa lo que hacen la escuela, la familia y la sociedad en el proceso de formación para la sociabilidad, los sentidos de identidad y pertenencia, la participación y la forma de asumir responsabilidades ciudadanas.
También es cierto que la calidad tiene que ver con las acciones para fortalecer rasgos de carácter como liderazgo, fortaleza, respeto, tenacidad, capacidad de superar las frustraciones y otros atributos que no captan las pruebas estandarizadas.
Pero no cabe duda de que las habilidades de Lenguaje y Matemáticas tienen una estrecha relación con la oportunidad de acceder al conocimiento, a la información y al legado cultural de la humanidad, y esto forzosamente implica disponer de las herramientas de comprensión y expresión a través de las cuales circula la cultura.
Por eso es tan importante avanzar decididamente en estos dos campos, pues ellos son las llaves maestras para el desarrollo de cada individuo y de la sociedad. Con estas herramientas se puede entrar a la historia, a las ciencias naturales, al arte, a las profesiones y a los oficios, mientras que su ausencia se convierte en presagio de pobreza y marginalidad, pues una parte esencial de nuestra naturaleza social e histórica depende del lenguaje y de la capacidad de razonamiento lógico, numérico y espacial.

Lo que hace falta

Cuando se tiene un buen diagnóstico de un problema se tiene la mitad del trabajo adelantado. Pero si no sabemos qué está mal, se puede comenzar a empeorar en cualquier momento.
Esto resultados tienen el problema de que por sí solos no permiten precisar los factores que incididieron sobre el progreso observado entre 2015 y 2016. Puede ser que programas gubernamentales como Todos a Aprender comiencen a tener efectos; o que la formación de los maestros haya venido mejorando en las regiones; o que el “índice de valor agregado” que ahora se utiliza para rendir cuentas a las comunidades esté ayudando a mejorar el seguimiento de las actividades de los niños. Con los datos disponibles no es posible afirmar ni negar ninguna de estas posibilidades.
También necesitamos emprender una muy seria reflexión curricular. Los investigadores del Icfes han encontrado que hay temas que los maestros no enseñan y que por tanto los niños no responden, lo cual afecta su desempeño en la prueba. Esto se debe a que las pruebas se diseñan a partir de los lineamientos curriculares del Ministerio de Educación y los estándares de competencias, pero estas pautas son apropiadas de manera distinta por las instituciones.
Es claro que las pruebas, el Proyecto Educativo Institucional de los colegios y la formación y evaluación de los maestros deben ser consistentes, pues de otro modo es muy difícil lograr mejoras sostenidas.
Pero en Colombia esto no funciona así. La forma como muchos maestros enseñan y evalúan a sus alumnos suelen ser muy diferentes de la manera como son elaboradas las pruebas Saber; por eso no es extraño que ciertas preguntas de la prueba estándar no puedan ser respondidas ni siquiera por los educadores.
Por eso necesitamos trabajar en el currículo -una noción más compleja que la del plan de estudios o que las guías de contenidos (DBA) que reparte el Ministerio de Educación-.
Hoy por hoy el currículo se concibe como un acuerdo político alrededor del país que se quiere y el ciudadano que la sociedad quiere formar. Pero el desarrollo técnico de planes de estudio, estructura institucional y modelos pedagógicos debe ser un esfuerzo cada vez más local.
Detrás de los resultados de estas pruebas, que fueron divulgados tan superficialmente por los grandes medios, hay mucha tela que cortar.
* Filósofo, magister en Economía. Consultor en educación, ex Secretario de Educación de Bogotá y columnista de El Tiempo.

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