Este mundo nuestro

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La verdadera riqueza de un país es su gente: nuestros gobernantes piensan que no, que la riqueza es el oro o el petróleo, y corren a buscar a quién regalárselos.
Por: William Ospina / El Espectador
Para entender cuán difícil es la situación que afronta el mundo basta ver el desalentador entusiasmo de los medios de comunicación hace unas semanas, cuando se reveló que los científicos habían descubierto tres planetas posiblemente habitables a 38 años luz de distancia.
Nadie puede creer seriamente que eso represente una esperanza para la especie humana, que está maltratando este planeta donde todo es propicio para la vida, y alterando el equilibrio original con una eficiencia suicida.
Es verdad que Stephen Hawking ha dicho que al ritmo de nuestro consumo y de nuestro desperdicio necesitaremos muy pronto dos planetas como este, pero esa afirmación sólo puede entenderse como una ironía. 38 años luz para una especie que tardaría meses en llegar a Marte, y tres planetas vagamente habitables para una especie que no ha sabido cuidar su irrepetible paraíso natural, o son burbujas de la desesperación o son bromas siniestras. Pero sobre todo revelan la patética incoherencia de nuestro modelo de civilización.
En este mismo planeta, una enredadera de hermosas flores naranja con un cáliz púrpura como un ojo negro en su centro, la Susan black eye, llevada por capricho de un país a otro, ha terminado siendo una plaga invasora de los bosques tropicales; un pez llevado a Cuba de aguas lejanas terminó siendo un depredador incontrolable; una rana utilizada para exterminar no sé qué bichos termina proliferando e invadiendo todo; un caracol de hermosa concha trasladado para controlar otras criaturas termina siendo un peligroso portador de bacterias, y aún así alentamos la loca ilusión de que podremos colonizar otros planetas y sobrevivir gracias a ellos.
“Un animal absurdo que necesita lógica” llamaba Antonio Machado al ser humano. Qué extraño es que con nuestro talento y nuestro conocimiento sobre todo se nos ocurran locuras. Estamos en trance de sustituir una dieta con 50 siglos de seguro por los presurosos engendros de la ingeniería genética, que tiene el derecho de experimentar con altos o altisonantes propósitos, pero que tendría que esperar siglos de experimentos antes de infligirnos sus golosinas. Y aún más indignantes que sus experimentos son sus argumentos: todo lo hacen gobernados por el desvelo humanitario, la abnegada lucha contra el hambre y la desnutrición, cuando sabemos que una parte considerable de los alimentos que se producen en el mundo son destruidos para mantener los precios, o resultan inaccesibles para los pobres, o son destinados a la producción de alimentos más caros como la carne vacuna, o a la producción de biocombustibles.
Envilecer la dieta, alejarla cada vez más de sus beneficios nutritivos y saludables, es una de las tendencias más visibles de la prisa industrial. Ya es posible ver la película que revela cómo un mercader no sólo se apoderó del invento de las hamburguesas McDonalds aprovechando que sus inventores carecían de avidez comercial, sino que diseñó el negocio para que el cliente consumiera el producto en el menor tiempo posible, haciendo estudiosamente incómodo el espacio de venta.
Toda la industria alimenticia está concebida para que los alimentos que consumimos tengan que haber sido alterados por el proceso, encarecidos por el diseño, el empaque y la publicidad, deformados por la receta y el posicionamiento, subordinados a su condición de mercancía y convertidos en enemigos del medio ambiente con su disparatada circulación por el mundo.
No se trata sólo de arenques pescados en el Báltico, empacados en China y consumidos en América Latina, sino hasta de las sencillas hojuelas de Kellogs, hechas con arroz de Tailandia y de Egipto, maíz argentino, trigo de España, azúcar de Estados Unidos y leche en polvo de la Unión Europea, pero a las que hay que añadir los procesos de fabricación y empaque y el transporte para convertirlas en campeonas de las emisiones de CO2 a la atmósfera.
Un mundo en el que se ha vuelto rentable envilecer el agua para vender agua embotellada, rentables el ruido y el stress para vender leches antiácidas, rentable la alarma noticiosa para vender ansiolíticos y antidepresivos, y rentable la falta de una salud pública preventiva para vender como medicina sólo el milagro farmacéutico y el milagro quirúrgico, parece haber exaltado como sus dioses sólo a la insensatez y a la locura.
Hoy estamos en condiciones de derivar la energía que consumimos de la más limpia de las fuentes, el sol, que podrá darnos luz nocturna, calefacción invernal y hasta telepatía los próximos diez millones de años, pero los mercaderes del petróleo quieren mantenernos encadenados al CO2 y clausurar la historia en unas décadas. El petróleo, que es hoy nuestro verdugo y la Helena de todas las guerras de Troya, podría volver a ser un provechoso aliado gastado gota a gota en cosas útiles, pero los ciegos mercaderes quieren que lo gastemos aprisa en la tarea suicida de llegar pronto a ninguna parte.
Sin embargo, ni siquiera el petróleo es tan malo como los políticos. Se hacen elegir por los ciudadanos pero trabajan para las corporaciones. Sordos al clamor de los pueblos que sólo piden empleo, salud preventiva, educación generosa, protección del trabajo, seguridad familiar e inversión social en tranquilidad y convivencia, sólo escuchan los cantos de sirena del lobby empresarial, y tienen cada vez los bolsillos más grandes con el manejo de los recursos públicos.
Ahora quieren hacernos creer que la corrupción es un problema policivo que resolverán los tribunales y las cárceles, pero lo corrupto es el modelo político, y hace corruptos por acción o por complicidad a todos los que participan de la actual deformación plutocrática de la democracia. La política dejó de ser una vocación de servicio a la comunidad y de altos sueños colectivos para convertirse en un negocio vulgar de calumnias, zancadillas y robos.
Se habla mucho en Colombia de sacar las armas de la política, y es urgente hacerlo, pero en todo el mundo es urgente algo más difícil: sacar el dinero de la política, y eso no lo hacen los jueces, eso sólo lo puede hacer la vigilancia ciudadana y una democracia ecológica local que cambie el poder de los negocios centralizados por el poder de hacer las cosas y de proteger el equilibrio irrigando recursos a la comunidad.
La verdadera riqueza de un país es su gente: nuestros gobernantes piensan que no, que la riqueza es el oro o el petróleo, y corren a buscar a quién regalárselos. Necesitan buenos amigos afuera para sus financiadores, por eso extinguen la agricultura y cierran la industria, nos devuelven a la economía extractiva del siglo XVI, y quieren vender los árboles, el suelo, las montañas, las entrañas de la tierra. Entonces los campesinos, cerrada la posibilidad de una agricultura contemporánea, aliada con el conocimiento, tienen que optar por producir el único bien agrícola que les han dejado, y el único que tiene un mercado creciente: las plantas sagradas prohibidas.
Ya no es necesario demostrar que la apertura económica nos dejó en manos de los cultivos ilícitos. Ahora, cuando Trump ha empezado a decir que “los Estados Unidos primero”, pronto le oiremos decir a nuestra dirigencia que “Colombia primero”. Y eso no significará que van a impulsar la agricultura, ni a abrir la industria, ni a crear empleo, sino que están pensando en cómo salvar sus negocios.

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