El escándalo Odebrecht: ¿la posibilidad de un cambio?

06:15:00

No es la misma corrupción de siempre ni es la misma sociedad de siempre. En este caso las denuncias no se pueden silenciar. E Internet ha cambiado las maneras de informarse, de movilizarse y de hacer elecciones. ¿Será que esta vez sí?


Por: Enrique Herrera Araújo / Razón Pública

Un escándalo distinto

Por vez primera y sin tapujo alguno, el caso de Odebrecht nos ha mostrado cómo funciona el sistema político y cómo es posible obtener el poder burocrático y el presupuesto público en Colombia.
Por supuesto que el tema no es nuevo. En los cafés y en los corredores se habla en voz baja de cómo se financian y de quiénes están detrás de las campañas electorales, que a ojos vistas se han convertido en un negocio muy lucrativo, casi de apuestas. Las elecciones se parecen a las carreras de caballos, pero en este caso son los financiadores de los candidatos quienes arriesgan para cobrar si resultan vencedores. Y más de uno le juega a los dos caballos que tienen más opciones.
La novedad consiste en que ahora se están denunciando estos arreglos por las redes sociales, en reuniones familiares y por los altoparlantes de los medios masivos de comunicación. Ya no es un secreto a voces. Ahora es una indignación que se grita.  
Con Odebrecht se está descubriendo a cuentagotas un mecanismo oculto e ilegal –pero muy eficaz– para acceder al poder político en Colombia. Además, este caso muestra que la corrupción no solo está en las regiones, en la periferia, sino que se ha instalado en el centro, en Bogotá. ¡Y de qué manera!
El mismo modus operandi funciona a lo largo y ancho del sistema electoral, que pasó de ser clientelista a ser empresarial, de manera que el nudo del asunto ya no está en la burocracia sino en los contratos y las mermeladas. Ahora se trata de aumentar la riqueza de quienes financian las campañas políticas a base de trampas, sobornos y, por supuesto, del presupuesto público o de torcidas decisiones administrativas.
Pero ese ovillo todavía tiene mucho por deshilvanar. El caso Odebrecht está fuera de control porque se trata de un asunto internacional, que se nutre de testigos y del trabajo de fiscales y jueces en otros muchos países (como Suiza, Brasil, Perú, Argentina o Panamá). La información que se descubre continuamente hace más difícil encubrir el caso y a sus implicados, sobre todo teniendo en cuenta que el Departamento de Justicia de Estados Unidos lo ha tomado por su cuenta.
Podría decirse que el caso de Odebrecht es parecido al de la FIFA, donde a los implicados les va mucho mejor cuando colaboran con la justicia y delatan a sus cómplices, que cuando se limitaron a esperar que la ley fuera a buscarlos. .
Todo esto es un llamado para revisar nuestro sistema político, pero también es una evidencia concluyente de que el acceso al poder depende del dinero y no de la ética, ni de las ideas, ni de la preparación académica.
El dinero es una especie de filtro, de peaje para llegar al poder. Y en algunos casos, principalmente en las pequeñas poblaciones, los financiadores llegan a él para secuestrarlo. De esta forma, y para mal, se construye una sociedad cada vez más desigual, con ciudadanos de distintas categorías y con el dinero como factor de exclusión.

¿Una oportunidad?

Odebrecht ha confirmado aquella máxima popular que Joseph Stiglitz describe como primera ley de la ciencia económica: “There ain´t such a thing as a free lunch” (o en versión criolla: no hay almuerzo gratis).  Al final de cuentas todas las cosas del mundo se acaban pagando.
Los gobiernos no pueden ser derrocados desde adentro. La corrupción tampoco: por eso es tan difícil que un candidato llegue lejos sin el apoyo corruptor de los corruptos; y por eso también es improbable que los funcionarios elegidos hagan cosas realmente serias para erradicar la corrupción.
La corrupción se combate desde afuera. Y por el eso el caso Odebrecht puede servir como un punto de inflexión y un catalizador que acelere los cambios. Este caso bien podría compararse con fenómenos recientes como el Brexit, la victoria del No en el plebiscito y la elección de Trump, en tanto puede catapultar candidaturas y elegir individuos o partidos que logren canalizar los sentimientos del ciudadano de a pie, las insatisfacciones y las indignaciones ciudadanas. Y tal vez se reúna la fuerza suficiente para elegir un candidato o un mejor que nos libere de los poderes arcaicos provenientes del corazón del establecimiento político.
Eso sí, habrá que desafiar aquella sentencia de Isaiah Berlin según la cual “una minoría dura suele triunfar sobre una mayoría blanda”. Lo bueno es que los tiempos han cambiado:
  • Aquí la mayoría blanda (que somos casi todos) puede fortalecerse porque ni los medios, ni los partidos políticos ni los columnistas interpretan el clamor ciudadano –como ocurrió con el Brexit, con en No y con Trump–.
  • Y sobre todo porque hoy en día la opinión pública no es lo mismo que la opinión publicada. Esto cambió con las redes sociales, con su ritmo endemoniado. Con ello han hecho que la opinión pública sea más volátil, compleja e impredecible, y al mismo tiempo han permitido a los ciudadanos el acceso a múltiples fuentes de información, de modo que ya no tragan entero.
Existe el riesgo de que siendo tantos los involucrados en el escándalo, lleguen al acuerdo   tácito o expreso de ese tan suyo “hagámonos pasito” Podrían, por ejemplo, usar otro escándalo que haga que Odebrecht quede en un segundo plano.
También puede ocurrir que nadie asuma la responsabilidad política. Esto puede suceder, pero no es muy probable. Una de las lecciones del Brexit, del No y de Trump consiste en que el poder no está en manos de los medios de comunicación ni de las encuestadoras, sino en las redes sociales. De este modo, si el caso sigue vivo en Internet, la cuerda durará hasta las elecciones de 2018 y servirá para aumentar el apoyo a los líderes que lo usen como bandera.
Si a esto se suman las manifestaciones, las movilizaciones, los plantones, las firmas y la comunicación viral, la sintonía del candidato con el sentimiento ciudadano se hará evidente y sostenible. De este modo el escándalo Odebrecht, precisamente por estar por fuera del control de los poderosos, puede impulsar las candidaturas de personas que estén por fuera del sistema político tradicional o, por lo menos, que no provengan de lo rancio del establecimiento político.
Esto ya ocurrió en Colombia antes de este escándalo, como pudo verse en las últimas elecciones para las Alcaldías de las grandes ciudades donde predomina el voto de opinión. Este fue el caso de Bucaramanga, el de Cali e incluso el de Medellín, que eligieron gobernantes que no vienen de la tradición política o partidista de sus respectivas regiones.

Volver a creer

Por supuesto, la cuerda se tensará. El establecimiento político defenderá lo que considera suyo, jugará a su manera para sobrevivir y las nuevas tendencias políticas que surjan harán lo mismo. Esto puede acabar en un empate consistente en que los corruptos financiadores de campañas sigan capturando el poder político en algunas regiones, mientras que en otras se podrá respirar un nuevo aire. Lo importante es aumentar el espacio de las opciones refrescantes, agrandar de verdad el territorio de la que vendría a ser “Colombia libre”.
O como mínimo habría que evitar la polarización artificiosa que nos han vendido o impuesto desde la cumbre, la que elimina el espacio para el razonamiento, la que en lugar de argumentos se limita a consignas y pasiones, la que por eso enceguece al ciudadano.
De esta manera, aunque suene paradójico, el escándalo Odebrecht puede ser un punto de quiebre para volver a creer en las instituciones o para descreer de ellas definitivamente. Si ocurre lo segundo se apoderará de la nación un profundo sentimiento de impotencia, que suele ser la antesala de los saltos al vacío tan frecuentes en América Latina.  
Por el contrario, para volver a creer se necesita la presión ciudadana que obligue al aparato de justicia a reafirmar los principios sencillos del derecho y la ética – el “no matar, no robar, no engañar” de los pueblos indígenas y de las sociedades civilizada.
Por lo pronto, frente a la corrupción hay que tomar medidas de corto y largo plazo. De corto plazo, con el ejemplo y el castigo. De largo plazo, con la reafirmación de la ética en la política.

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