Odebrecht y la campaña presidencial

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El escándalo le quitó protagonismo al tema de la paz y al mismo tiempo precipitó la campaña del 2018. Pero también acentuó la dispersión de candidatos y la debilidad de todos ellos frente a un tema sobre el cual no tienen ideas claras: el de la corrupción.


Por: Andrés Dávila* / Razón Pública

Una campaña prematura

Se esperaba que la campaña electoral de 2018 girara en torno a la aceptación o rechazo de las medidas derivadas del Acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC, pero los primeros sucesos de este año han cambiado el panorama. El repudio general que por supuesto despierta la corrupción fue utilizado por la senadora Claudia López como bandera electoral y ha venido creciendo a medida que se conocen más detalles sobre los pagos de la consultora y constructora Odebrecht a presidentes, funcionarios o candidatos prácticamente en todos los países de la región.
El interés de la opinión pública en estos escándalos y la reacción de los varios actores políticos provocó el comienzo anticipado de los movimientos relacionados con las campañas presidenciales. Durante las dos últimas semanas hemos asistido a una cadena de denuncias, divulgación de pruebas, descargos  y contradenuncias más o menos bien fundadas, e incluso han aparecido algunas encuestas muy prematuras sobre la favorabilidad de varios posibles candidatos.
Bajo estas circunstancias es indudable que los comicios presidenciales comenzaron tempranamente, y es de interés analizar lo que ha estado sucediendo y el panorama de la que parece que será una larga contienda preelectoral.

Competencia entre débiles

Candidatos, partidos y coaliciones han empezado a moverse, pero inevitablemente el fantasma de los dineros de Odebrecht –hayan sido sobornos o pagos para asesores especializados– ha marcado de manera decisiva el curso de los acontecimientos.
Para empezar la campaña – o mejor dicho el escándalo- cogió un poco por sorpresa a los partidos. El escenario político inicial está marcado por una gran dispersión, que es el  rasgo principal de nuestro actual sistema partidista. Hay fragmentación y múltiples precandidatos a la derecha, al centro y a la izquierda. Y los primeros movimientos en torno a coaliciones muestran, ante todo, la débil condición de quienes las promueven. No alcanzan, siquiera, a ser coaliciones frágiles. Las encuestas, en consecuencia, ofrecen resultados apenas indicativos que pueden satisfacer cualquier interés de impulsar o frenar las aspiraciones de quienes se han lanzado.
La fragmentación en el centro del sistema es, tal vez, la noticia más destacada. Después de que el vicepresidente Vargas Lleras tuvo acceso a los recursos, y por tanto a las adhesiones, de las cien mil viviendas gratis y la infraestructura vial, es sorprendente que su candidatura no parezca lo suficientemente sólida y mucho menos blindada frente a la oposición de los propios partidos de la coalición.
En una semana pasó de los coqueteos con el Partido Liberal, tras el supuesto ofrecimiento de la Vicepresidencia a Simón Gaviria, a la virtual ruptura de la alianza con el presidente Santos, acelerada tras la tensión por las declaraciones e insultos contra los altos funcionarios del gobierno venezolano y consumada con las declaraciones evidentemente desleales después de que el fiscal general hizo la tarea de ensuciar la campaña del presidente en 2014.
Tal vez es todavía más dramático que, pese a la debilidad de Vargas Lleras,  no surja todavía ningún candidato realmente fuerte entre los demás partidos de la coalición de gobierno: ni siquiera Humberto de la Calle, quien fue el gestor principal del Acuerdo de La Habana.
Esta situación obliga a mirar lo que sucede en el lado derecho del espectro. El Centro Democrático, sujeto a fracturas internas –agravadas por los innegables nexos con Odebrecht de varios de sus alfiles (y peones y torres y caballos)– ve cómo se diluyen sus aspiraciones y aparecen nuevas figuras que hacen menos creíble la unidad alrededor del expresidente Uribe.
El lanzamiento de Paloma Valencia como una ficha más del ya grande rompecabezas del Centro Democrático es sobre todo una mala noticia para María Fernanda Cabal. Pese a su supuesto carácter de elites en renovación, también en el uribismo pesa más la nieta de un expresidente. Hasta Pacho Santos queda así, y sin saberlo, nuevamente en el partido. Esto sin descartar que el transfuguismo innato del expresidente lo puede llevar a crear un nuevo partido para escabullirse de los escándalos en ciernes.
El Partido Conservador, con su ya reconocida estrategia de ser y no ser y ganar por ambas cosas, puede acudir todavía a alguno de los nombres que le permitirían aparentar que va con su propio candidato: Martha Lucía Ramírez, Alejandro Ordóñez o Mauricio Cárdenas. Pero ninguno alcanza siquiera a figurar como alternativa para competir creíblemente en una primera vuelta.
Los verdes, si es que de ellos se puede hablar como partido, han visto cómo con la campaña de Claudia López contra la corrupción se ha pateado el tablero aparentemente ya dispuesto para el silencioso, prudente e invisible Sergio Fajardo. No obstante el desafío que enfrentan es encontrar un mensaje que no excluya, condene y distancie a un electorado que –para bien y para mal– ha operado históricamente en torno a relaciones clientelistas y que, por tanto, resultaría condenado de antemano por la tremenda confusión entre estas prácticas y la corrupción.
Y a la izquierda, tradicionalmente muy frágil en términos de resultados electorales, es clara la ruptura entre Jorge Robledo y Clara López, que ha hecho que el Polo se convierta en una versión tardía y excluyente –aún más excluyente que antaño– del viejo Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR). Suenan también Petro, quien con sus diversas estrategias ha logrado seguir figurando en las primeras encuestas, y Piedad Córdoba. Y faltan nombres, con seguridad.
Como puede verse, el panorama preelectoral presidencial está temprana y profundamente fragmentado. Y, a diferencia de lo que piensan muchos, es importante entender que por las reglas del sistema la solución no puede ser personalista, sino que debe ser partidista. Las coaliciones tendrán que comprender esto, y quienes no lo sepan leer sufrirán las consecuencias que muy al comienzo del nuevo sistema vivieron Mockus y Peñalosa.

La corrupción

Con respecto a la segunda cuestión en juego, es claro que el tema central de la campaña preelectoral es por ahora, e inevitablemente, la corrupción. Dados los reiterados escándalos y la hábil maniobra ya mencionada, el eje del debate se movió de la paz a la corrupción. No obstante, la cuestión con este asunto es que, al igual que la paz en abstracto, el fin de la corrupción es un bien deseable pero inasible.
Los escándalos, las reacciones indignadas, los llamados a la moral y a las buenas costumbres e incluso las recolecciones de firmas para crear nuevos mecanismos que pretenden eliminarla por decreto –y otros como la reducción de salarios de los congresistas– no pasan de ser eslóganes de campaña, titulares para aparecer en los medios y ser entrevistados.
En el fondo no hay una propuesta seria y realista. Ni siquiera una mínima consideración histórica o comparada para saber si lo de hoy es más o menos que lo de ayer (digamos Odebrecht versus Proceso 8.000). No hay un intento de ver si nuestras cifras con respecto a las de los vecinos nos hacen los peores o, paradójicamente, los menos involucrados o “beneficiados”.
Como señalaba Francisco Gutiérrez: un caso como el de Odebrecht es grave, sí, pero es muy habitual. Sería útil, por ello, diferenciar al menos lo eminentemente político –el clientelismo– de lo absolutamente ilegal –la corrupción–. Y habría que preguntarse por el alcance, las implicaciones y sus posibles soluciones, sobre todo cuando se descubre que no es una enfermedad exclusivamente colombiana. De resto, es un agujero negro.

¿Y el gobierno?

Finalmente, aunque sea un poco paradójico, la pérdida de protagonismo de la paz puede servir a una implementación menos tensa y sujeta a disputas políticas y politiqueras. Entre tanto, el gobierno tendrá que lidiar no solo con el desgaste que conduce a ciertos grados de ingobernabilidad, sino con una frágil situación económica.
Evidentemente, las acusaciones conducen a reacciones apresuradas y eso explica la propuesta inconsulta de reforma política. Salvo por el hecho de marcar distancia con el vicepresidente y responder a sus esperadas deslealtades, o intentar cortinas de humo extemporáneas, no hay una buena razón para ponerla en el debate. No obstante, en momentos de transición como el que vivimos, todo eso es posible e incluso más.
* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México, profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

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