Gramáticas de lo común: ¿Un nuevo proyecto político?

17:30:00

Creo que un nuevo movimiento político en Colombia debe, en lugar de entregarse a representar al pueblo, ponerse en la tarea de construir uno. Para ello es necesario que la organización territorial tenga propósitos particulares, planes de acción y de desarrollo comunitarios en los que se exprese una voluntad colectiva.

Por: Alejandro Cortés / Palabras al Márgen

Durante las primeras semanas de enero del presente año, tuvo lugar una reunión en la ciudad de Cali que aspiraba a la creación de un nuevo proyecto político; ¡toda una quijotada la de los participantes al creer que en un par de días sería posible articular tamaña empresa! Para crear un nuevo movimiento político el problema no es la falta de voluntad, la hay y de sobra; la he visto en los barrios, los campos y hasta en las universidades. Sin embargo, el exceso de la voluntad peca de un optimismo ciego y, generalmente, no es posible avanzar sin una justa dosis de pesimismo de la inteligencia, como diría Gramsci. Y digo una justa dosis, porque —en el otro extremo— el pesimismo de los exmilitantes de base y de los organizadores es tan fuerte que tiende a difuminar el horizonte de creación de nuevos escenarios; la experiencia parece eclipsar la voluntad. Tras asistir a la reunión me quedó un sin sabor, una especie de incomodidad reflexiva que me obliga a expresar varias ideas para masticar esta quijotada de un nuevo movimiento político.
En primera medida, creo que la creación de un movimiento político para Colombia exige, irrenunciablemente, el desarrollo de acciones y trabajos en los territorios. Para aspirar a la consolidación de un espacio de representación, como un partido o un movimiento, primero se necesita una comunidad organizada que quiera y construya sus propios mecanismos de representación. Las ideas, sobretodo en política, necesitan una materialidad que debe ser irrenunciable; de otra forma caeremos en la estrategia partidista colombiana: ¡un partido sin su gente! Y es que así ha funcionado durante años la política en Colombia. Hemos sido gobernados por un conjunto de la élite que se ha robado el derecho de representación y que ha ido privatizando la participación política. Para romper la brecha entre el pueblo y la oligarquía es necesario desarrollar espacios territoriales de organización, movimientos de agitación y programas de gobierno realizables para las comunidades.
En segunda medida, creo que para consolidar ese nuevo movimiento político es necesario desmarcarse, al menos en sus primeros años, de la política electoral y “electorera”. La estrategia política no puede medirse por a quién se apoya, por orientar la voluntad colectiva en las urnas o por calcular qué candidato sería mejor o peor para el desarrollo de lo que viene en el país; la política electoral es ciega y los compromisos que se adquieren en su ejercicio pueden minar cualquier ejercicio colectivo, especialmente cuando la confianza en la institucionalidad es tan débil como en el caso de Colombia. Disputar las instituciones debe ser un horizonte colectivo y no la voluntad de un par de “cuadros”. Para ello se deben reinventar las formas de disputar lo institucional que, en principio, pueden consistir en el control político, la consolidación de los poderes territoriales y la articulación entre movimientos en los territorios. Apostarle al desarrollo electoral, sin la construcción de una sociedad civil organizada, puede ser una pesadilla y un fracaso colosal.
En tercera medida, creo que un nuevo movimiento político en Colombia debe, en lugar de entregarse a representar al pueblo, ponerse en la tarea de construir uno. Para ello es necesario que la organización territorial tenga propósitos particulares, planes de acción y de desarrollo comunitarios en los que se exprese una voluntad colectiva. De modo que habrá que escuchar más y hablar menos; quienes pertenecemos a la academia solemos hablar sin escuchar, un mal del que sufrimos todos los que hablamos desde el privilegio, bien sea el “cuadro organizador”, el líder comunal o el “intelectual de partido”. Para construir un pueblo hay que acercarse a los procesos de base organizados, como las asociaciones de campesinos, las insurgencias y los movimientos indígenas, quienes durante años han construido procesos de resistencia organizados, allí no hay que buscar fórmulas sino experiencias de fracaso y éxito que faciliten crear un horizonte común.
En cuarta medida, creo que hay que consolidar escenarios de pensamiento, divulgación y articulación de saberes críticos. Para ello no solo basta con hacer reuniones de “formación de cuadros” con currículo en mano, como suelen hacer los movimientos hoy en día, sino que hay que crear escenarios de discusión, de creación y de articulación de experiencias entre quienes desde el privilegio nos dedicamos a pensar y quienes trabajan desde el territorio. Para ello habrá que tomarse más en serio la escritura y la lectura, de manera que los libros se conviertan en escenarios de resistencia, habrá que re-inventar la función social de los mismos con el fin de luchar contra la hegemonía de los medios; esta debe ser una tarea conjunta entre la academia y la acción en las calles y los territorios, los libros no pueden estar encerrados detrás de los muros y las luces de la academia. Por otro lado, es necesario sacar provecho de las nuevas plataformas para crear una alternativa de comunicación, una alternativa que no pretenda adoctrinar sino discutir, entretener y reflexionar; la música, el cine y la animación serán claves como herramientas para conformar una sociedad civil reflexiva.
En quinta medida, creo que hay que disputarle la producción de conocimiento a las universidades y a los tanques de pensamiento que la derecha financia a diario, para ello tendremos que, desde la dificultad, pensar nuestros problemas, reflexionar sobre nuestro lenguaje y articular escenarios de discusión donde podamos re-pensar la función del profesor-investigador-estudiante en la sociedad; no solo debemos hacerlo desde las ciencias sociales, debemos trabajar en conjunto con las ciencias naturales para desarrollar nuevas formas de articulación para el Planeta, la movilidad y la alimentación. La tarea será crear centros de pensamiento y experimentación donde se avance, tanto en las investigaciones, como en el desarrollo de estrategias de comunicación y educación para todos los sectores de la población, convertir las ciudades y los campos en aulas será una tarea de todos para disputar el conocimiento y darle la vuelta a su función social de adoctrinamiento.
Finalmente, creo que al desarrollar algunos de estos procesos estamos en la disputa por una nueva gramática de lo común, no se trata de crear palabras nuevas como hacen algunos filósofos, sino de disputar el significado de las palabras con las que se gobierna. Para crear un nuevo movimiento político hay que luchar contra lo que significa Estado, gobierno, televisión, lectura, escritura, poesía, literatura, cine, poder, sociedad civil, calle, populismo, política y demás, algo que muchos vienen haciendo sin conocerse. Esta lucha es múltiple y no se puede circunscribir a los lugares donde el privilegio es ley, debe extenderse como un virus y agitarse entre la indignación y la estrategia.

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