La rabia contra el consenso liberal

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Algunos de los hechos que nos impactaron en 2016 tienen un común denominador: el rechazo al llamado consenso liberal que surge en buen parte del mundo occidental a partir de la segunda guerra mundial, y más claramente en la década de los 70 del siglo pasado.

Por: Jorge Iván Cuervo R. / El Espectador

Se puede hablar de dos tipos de consenso liberal en la historia, el que surge a partir de las revoluciones burguesas en el período de la Ilustración a finales del siglo XVII y principios del siglo XVII, y que se consolida en buena parte de Europa y Estados Unidos en el siglo XIX hasta la época de la Gran Depresión, y el que surge hacia finales de la década de los 70 del siglo pasado, luego del período del llamado capitalismo controlado que va de 1945 a 1975.

Algunos autores como Manfred B. Steger y Ravi K. Roy (Neoliberalismo, una Introducción, Alianza, 2010) han denominado este segundo acuerdo de mínimos, el consenso neoliberal o también conocido como el Consenso de Washington. El consenso liberal original se construyó sobre cuatro premisas básicas: Economía de mercado, Estado eficaz con capacidad de imponer un orden, la democracia como fuente de legitimidad del poder y un régimen de derechos para todos los ciudadanos, y una condición que permitió su consolidación diferenciada: la Nación, como el espacio donde se ajusta ese pacto según la cultura política y la fortaleza de las instituciones.

Puede decirse que dicho consenso se da en los estrechos márgenes de la nación, y por eso el primer signo de declive lo vemos ante las olas de inmigrantes en los países desarrollados, pues los recursos económicos que permiten acceso a bienes públicos es insuficiente para las nuevas ciudadanías, tal y como lo advirtieron autores como Claus Offe respecto de la llamada crisis del Estado Bienestar.

Lo cierto es que el llamado consenso liberal ni es tan consenso ni es tan liberal, finalmente es un pacto de élites, no de ciudadanía (Schumpeter), y entraña un alto grado de desigualdad y de exclusión, como algo natural que cada vez le cuesta más a los Estados corregir con políticas, como lo han mostrado los trabajos de Piketty.

El triunfo de Donald Trump en Estados Unidos, el Brexit en el Reino Unido, el recrudecimiento de los nacionalismos, fenómenos como el de Duterte en Filipinas, el empoderamiento de las distintas derechas y el resurgimiento del pensamiento reaccionario, los movimientos cristianos y evangélicos definiendo agendas políticas son, de alguna manera, síntomas de este cansancio de un modelo que ha sido incapaz de representar a todos y de traducir las expectativas de los ciudadanos en bienestar para todos.

Votar ya no es un ejercicio de racionalidad sino un desahogo, una forma de protestar contra esas instituciones, una suerte de cansancio colectivo contra esas burocracias públicas y privadas que se han apoderado del interés público en su beneficio, el escenario ideal para demagogos y populistas que promueven una agenda de restauración moral.

Esta lógica no explicaría el triunfo del plebiscito en Colombia, si entendemos el Acuerdo como una forma de actualizar el pacto social de la Constitución de 1991, especialmente en la deuda con el campo. Aquí, sectores de distinta índole política e ideológica, en medio de una campaña sistemática de desinformación, pero también con un rechazo genuino a las concesiones del gobierno Santos a las Farc, se oponen a un nuevo consenso, a un orden político sin el poder de las armas.

Deseo que en el 2017 podamos como sociedad construir unos consensos mínimos para que ese anhelo de paz no se convierta en un fracaso más.

¡Feliz año!

@cuervoji

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