¿Cómo ve China a Trump?

06:43:00

La asombrosa victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos ha sacudido al mundo.

Por: Keyu Jin / El Espectador

Si se considera desde el notable silencio inicial del presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, hasta la declaración en esos primeros días del presidente francés, Francois Hollande, sobre que se abre un “período de incertidumbre”, además del embelesamiento apenas disimulado del Kremlin, se puede afirmar que Trump no fue recibido internacionalmente de la misma forma como se recibió a otros presidentes estadounidenses. Sin embargo, un país se ha mantenido, en alguna medida, impasible: China.

La postura de Trump sobre China es bien conocida: ha culpado a este país de todo, desde acciones de piratería informática que afectaron a su oponente (acciones que el gobierno de Estados Unidos considera que son el trabajo de Rusia) al cambio climático (que ha calificado como un engaño elaborado por China para socavar la competitividad de EE. UU.). Y, ha prometido imponer un arancel del 45 % a los productos chinos.

No obstante, la prudencia fluye a través de las venas confucianas de China. En lugar de sacar conclusiones precipitadas sobre las futuras políticas de Estados Unidos, y mucho menos tomar medidas prematuras, los líderes de China permanecieron neutrales en su respuesta frente a la victoria de Trump. Parecen tener confianza de que, a pesar de que la relación bilateral cambiará en algo, no se transformará de manera fundamental. Continuará siendo ni muy buena, ni muy mala.

Es de ayuda el hecho que Trump haya cesado sus críticas a China desde que se celebraron las elecciones. En cambio, publicó en Twitter un video de su nieta recitando un poema en chino mandarín –video que se convirtió en éxito instantáneo en China–. Ya sea que pretendiera o no de manera explícita que dicha publicación fuera un mensaje para China, la acción enfatiza la posibilidad de que realmente exista un abismo entre la retórica de campaña de Trump y sus posturas y planes reales.

Algunos en Occidente podrían pensar que la retórica por sí sola sería suficiente para enfurecer a los líderes de China (y de hecho ya los enfureció con los comentarios en un programa de televisión poniendo en duda la continuidad de la política de “una sola China”). Pero la verdad es que los chinos están mucho más ofendidos por las reuniones de líderes nacionales con el Dalai Lama, como por ejemplo por la reunión que sostuvo el presidente Barack Obama en junio pasado. Y, como han dejado en claro las elecciones pasadas en Estados Unidos, la retórica puede tener muy poca relación con la realidad.

Esto es aún más cierto cuando la retórica bajo escrutinio incluye promesas que perjudicarían a todos los involucrados, como lo harían los aranceles propuestos por Trump. La disponibilidad de productos baratos de China ha ejercido, durante mucho tiempo, una presión a la baja sobre los precios, incluso aquellos de productos no chinos, en el mercado estadounidense. Para los hogares de bajos ingresos, que son los más propensos a consumir productos importados baratos, esta situación ha sido una bendición, ya que incrementó, de manera efectiva, el poder adquisitivo de dichos hogares.

Si se bloquearan las importaciones chinas, los precios subirían, socavando el consumo, obstaculizando el crecimiento económico y exacerbando la desigualdad. Y, Estados Unidos ni siquiera estaría protegido de pérdidas de empleos en la industria manufacturera; los empleos sólo se desplazarían a Vietnam o Bangladesh, donde hoy en día los costos de mano de obra son aún más bajos que en China.

Lo mismo ocurre con los flujos de inversión –el segundo motor de la globalización– que a menudo se olvidan convenientemente en las discusiones sobre la relación económica entre Estados Unidos y China. China es uno de los mayores compradores de bonos del Tesoro de los Estados Unidos y continúa financiando el consumo y la inversión estadounidenses. China puede, incluso, ayudar a financiar los grandes proyectos de infraestructura que Trump ha prometido, reduciendo de esta forma la presión que dichos proyectos ejercerían sobre el presupuesto de Estados Unidos.

Así que es poco probable que Trump cambie mucho en términos de la política económica de Estados Unidos, al menos si sabe lo que es bueno para él. En el ámbito donde podría hacer algunos cambios es en la política exterior; pero dichos cambios es más probable que complazcan a China en lugar de molestarla.

El gobierno de Obama ha estado comprometido durante varios años con un reequilibrio estratégico dirigido a Asia. En un momento en que China estaba acumulando rápidamente poderío, tanto económico como militar, Obama parecía estar comprometido a contener el ascenso de China como mejor pudiera; incluso involucró a Estados Unidos en disputas territoriales en el Mar de China Meridional.

Por el contrario, Trump, con su abordaje de política exterior denominado “Primero EE. UU.”, ha prestado poca atención a la disputa del Mar Meridional de China. Esta forma de actuar funciona perfectamente para China, país que acogería con beneplácito un menor involucramiento estadounidense en Asia –en especial en el Mar de China Meridional, así como en Taiwán–.

Pero en este punto, también, existe una brecha entre la retórica y la realidad, y no se debe esperar ningún tipo de cambio radical. Poco después de las elecciones, Trump garantizó a los líderes de Japón y Corea del Sur el compromiso que tiene EE. UU. con respecto a la seguridad de sus respectivos países, a pesar de que durante su campaña electoral Trump prometió exigir mayores pagos por la protección de Estados Unidos. Si se añade a esto la amenaza que plantea Corea del Norte, se llega a la conclusión de que una desestabilizadora retirada estratégica estadounidense sigue siendo un evento altamente improbable.

Si Trump cumple con su ofrecimiento de reparar las relaciones con Rusia, las probabilidades de que China vaya a librarse de la presión estadounidense se extenderían aún más. Sin tener que lidiar con Rusia, Estados Unidos tendría aún más tiempo para dedicarse a los asuntos asiáticos.

Además, un calentamiento de las relaciones Rusia-Estados Unidos podría conducir a cambios sutiles en las relaciones Rusia-China, mismas que se han profundizado desde la anexión de Crimea que llevó a cabo Rusia, situación que demolió las relaciones rusas con Occidente.

La victoria de Trump está lejos de ser inconsecuente. No es un presidente de los Estados Unidos común y corriente, y, prestándome una frase de Salena Zito de The Atlantic, Trump debe ser tomado en serio; aunque no literalmente en serio. Sin embargo, tal como los líderes de China parecen reconocer, como presidente no tendrá más remedio que, por lo general, colorear con sus propios matices dentro de los límites ya establecidos. Incluso si quiere desviarse más del consenso sobre política exterior, el sistema estadounidense limitará su capacidad para hacerlo.

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