Subalternos, firmes con la paz democrática.

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Los acuerdos y su reglamentación no pueden quedar limitados a la voluntad de los congresistas, quienes en el mejor de los casos dicen los expertos, son “el constituyente derivado”. Y van a recibir el fuego de la calle, aupado por la reacción, herida por tomar en cuenta su interés de excluir a los subalternos insurgentes, convertidos dentro de poco en congresistas.

Por: Miguel Ángel Herrera Zgaib / Semanario Caja de Herramientas

“Es un mejor acuerdo”. José Miguel Vivanco, HRW.

“El mando no contagia responsabilidades inmediatamente”. Luis Carlos Villegas, Mindefensa

“Reconozco que este nuevo acuerdo es mejor que el que firmamos en Cartagena”. J.M. Santos, discurso en la firma del acuerdo final con las Farc-EP.

El jueves 24, por fin, se desenredó la “pita” de la paz en Colombia, que han mareado de un lado y otro, con respecto a los intereses de las diversas paces en disputa, dos en particular, la paz reaccionaria y la neoliberal, agazapadas y ocultas tras los desalentadores pero reveladores resultados del voto plebiscitario del pasado 2 de octubre.

Los que fueron invitados al remodelado y restaurado Teatro Cristóbal Colón, cuyo telón de Bogotá tenía como destino final a su homónimo de Buenos Aires, alojó en el proscenio a los equipos negociadores, y a sus capitanes respectivos. El presidente Juan Manuel, y Rodrigo Londoño, un citadino, y un campirano, quienes, firmaron, el uno con la mano izquierda, y el otro con la derecha, el acuerdo final, libro que recibió en custodia inmediata, Mauricio Lizcano, el actual presidente del Congreso.

En la otra orilla, por fuera del recinto, estuvo la bancada del Centro Democrático – CD, dirigida por el senador expresidente. Ya dos de sus senadores, Paloma Valencia y Daniel Cabrales, anuncian que convocarán a un referéndum, porque lo firmado “no representa la voluntad del pueblo”. El CD y sus aliados, sin embargo, tendrán que sortear el obstáculo de las mayorías del actual Congreso, que conforman la “Alianza por la paz”, que podrán impedir su trámite. Lo cierto es que el expresidente parece querer probar la suerte democrática de nuevo, ya que en el otro referéndum ésta no lo favoreció sino en uno de sus puntos.

El Congreso enseguida se dedicará a tramitar, con las disidencias conocidas, que no pueden impedirlo. 10 leyes y reformas constitucionales, siendo la primera la ley de amnistía, y la enmienda que dará paso a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), que le saca roncha a la reacción liberal, conservadora y francamente reaccionaria.

Con un tremendo lunar, ese sí, denunciado al inicio por el entusiasta jurista chileno, José Miguel Vivanco, quien denunció como se garantizó la impunidad de altos mandos militares y policías, por sus actuaciones en el genocidio de más de 3.000 colombianos que fueron blanco letal de los tristemente conocidos como “falsos positivos”.

El trámite está por validarse en el tan esperado pronunciamiento de la Corte Constitucional que se mueve a marchas forzadas entre la selva de demandas de inexequibilidad contra el plebiscito. En particular, ella dirá si el fast track para estos proyectos que reglamentan el acuerdo de paz, es válido, y entonces el trámite ganará 6 meses; o tendrán los congresistas de la coalición para tramitar los proyectos ajustarse al trámite ordinario, esto es, 4 debates para las leyes, 8 para las reformas constitucionales.

Recordemos y sigamos

“Colombia dará un salto enorme si todas las discusiones, por más vehementes que sean, se dan en el recinto del Congreso con ‘la palabra’ y ‘no a tiros en el monte’”. Ángela María Robledo, representante de los Verdes, ET, 25711/16, p. 2.

“…por responsabilidad política con muchos ciudadanos buscaremos un mecanismo de participación ciudadana para honrar la defensa de los puntos que el Gobierno no quiso aceptar”. Álvaro Uribe Vélez, al intervenir ante el Congreso, 24/11/16.

El plebiscito es un mecanismo que tiene el presidente en Colombia, para buscar el pronunciamiento de los gobernados, y como lo recordó la Corte Constitucional, sólo lo obligaba a él, políticamente.

Al respecto había escrito el administrativista Jaime Castro, quien también hace sus “pinitos” en materias constitucionales por estas calendas, sobre todo desde el fallecimiento de Alfonso López Michelsen, uno de sus maestros, forjado en parte en el claustro del Rosario, y en la U. de Chile.

Castro se la ha pasado dando mandobles a diestra y siniestra, y a la fecha le queda también seguir al lado de Uribe, Ordoñez, Pastrana para librar la batalla jurídica final. Tendrán que acudir a la participación, y prepararse para la elección presidencial futura.

El CD y su coalición centrarán su campaña en la traición a la patria, de la “Alianza” para enfrentarse al “campeón” de la causa de la paz a medias, que parece será Germán Vargas Lleras. Me refiero a la paz firmada con las Farc-EP, porque queda aún pendiente el proceso de paz con el ELN, quien exige la liberación de dos de sus militantes, a cambio del funcionario civil del Chocó, que mantienen retenido en espera del canje de 2X1. Así que el proceso sigue interrumpido.

La fórmula presidencial del plebiscito se murió por 53 mil y un “puchín” de votos. Era un resultado que se venía anticipado desde el mes de agosto, cuando un informe de la revista Semana lo puso de presente con una famosa encuesta de Ipsos que ellos contrataron con la participación de la conservadora RCN. Es decir, fue una encuesta frente nacionalista (Ver la edición 1788 de Semana, 7-14 de agosto de 2016).

Aquella vez la cifra registrada fue elocuente: 50% votaría No, y 39%, Sí. En junio del mismo año, la cifra se invertía, así: 56% Sí, 39%, No. Y para agosto, en forma notable, la cifra de los que no sabía pasaba del 5% al 11 %. Es decir, que entre junio y agosto, hubo una variación porcentual notable en la percepción de la población encuestada.

La revista Semana, hija consentida del bipartidismo, en clave lopista, le jalaba las orejas al presidente, recordándole que la campaña del No, presidida por Uribe y asociados le llevaba 3 meses de ventaja; y de este lado, de la paz neoliberal, apenas a la fecha arrancaba la campaña, porque dizque el presidente estaba a la espera de qué diría la Corte.

Y, con respecto a la izquierda, el comentario era que hacía un mes se había “pellizcado” para cumplir con cierto desgano la tarea de hacer pedagogía para el voto sí. Y las Farc-EP, como se sabe, burdamente, aceptaban estar maniatadas para actuar en favor de su causa, Alegando que de ser así, estarían haciendo política con armas. ¿Qué tal?

Ahora, qué ¿sigue?

“Al final de ese debate los citantes deben presentar una `proposición concluyente´ mediante la cual se les preguntará a los congresistas si avalan o no el acuerdo”. Mauricio Lizcano, presidente del Senado, ET, 24/11/16, p. 3.

No más firmas ni oropeles. El nuevo acuerdo de paz, pasó en algo menos de dos meses, de la tragedia a la comedia, no a la farsa. Porque de la primera versión firmada con lujo de detalles y comitivas en Cartagena, ardiente, caribeña y heroica, se pasó a Bogotá, gélida, pacata y tragicómica desde los tiempos de inicios de la independencia, entonces rescatada al caer la tarde del 20 de julio de 1810, por José María Carbonell y los alebrestados patriotas, arremolinados en San Victorino.

El viernes después de las 11.30 am., se firmó con sendos discursos pronunciados por ambas partes, el nuevo acuerdo reformado entre insurgencia subalterna y gobierno. Y al que se hicieron un sinnúmero de reparos, una buena parte de los cuales tuvieron cabida. Al otro lado de la calle está el Palacio de San Carlos, y la plaqueta que recuerda la huida del Libertador de allí para salvar su vida, cuando fuera objeto de una conspiración para matarlo.

Aquí, en el acto protocolario estuvieron 750 asistentes, y mirones en el remodelado Teatro Colón. Los últimos se ubicaron en el palomar y de pronto en pasillos y hall. Antes figuraron en Cartagena 2500 invitados, por supuesto, más el atractivo tradicional de la Ciudad amurallada y el provocativo mar Caribe, lejos de Marbella, claro está.

Esta vez la paz pasó a ser protagónica en otro recinto de elites, que recuerda el poder colonial, y la memoria de un marino italiano al servicio de la corona española. Entonces señora de los mares, en disputa, eso sí, con su vecina y rebelde Portugal.

No fue la ceremonia en la quinta de Bolívar, donde él y su esposa habitaron sometido a los fríos vientos de la cordillera Oriental, que encajonados obran como cuchillos en el cuerpo de aquellos célebres ocupantes.

De allí se extrajo simbólicamente la espada de Bolívar por un intrépido y espectacular acto político de un comando del M-19, una modalidad dizque importada de publicistas de izquierda franceses. Aquí y ahora, la publicidad del acto parece de antemano opacada por los alaridos y estridencias del no, que reclaman la democracia del voto.

La proclama de la paz fue asunto de elites esta vez, por lo que tampoco se pensó en hacerlo en la contigua Plaza de Bolívar, donde la gente hubiera podido acudir, por miles, y libremente. Estuvieron unos cuantos cientos, ubicados a mitad de plaza, satisfaciendo su curiosidad mirando gigantescas pantallas, y pare de contar.

Allí se confundían con los más de 200 jóvenes quienes hicieron su plantón por la paz, hasta que fueron desalojados de madrugada por un escuadrón del Esmad, dispuesto por el alcalde mayor, quien dice ser un entusiasta de la democracia. Ellos dicen, los jóvenes rebeldes, que harán monitoria al cumplimento del acuerdo. En lugar de desplegar una iniciativa que reanime el movimiento pro-Constituyente. Estas son palabras mayores, y la Navidad está cerca para todos.

Sí tendrán que enfrentar en las calles a quienes se oponen a la refrendación, cuando la reglamentación transcurra por los pasillos del congreso; uno de los poderes constituidos, donde ellos saben que serán molidos por la misma gente que habita regularmente las cámaras de las que son parte.

Hoy el CD los censura y señala, pero animó y hasta aplaudía cuando hubo la vergonzosa y delatora recepción de los tres criminales paramilitares, Báez, Mancuso e Isaza, aquel 28 de julio de 2004, ante miles de víctimas estupefactas, y uno que otro correligionario de Uribe, que decidió partir cobijas y abandonar esa deshonrosa travesía.

¿Para cuándo Constituyente y paz democrática?

“Extendemos nuestro saludo a Donald Trump…y aspiramos a que su gobierno pueda jugar un destacado papel en beneficio de la paz mundial”. Timochenko, a la firma de la paz con el gobierno Santos.

En el acto del Colón quedó constancia de la última rebeldía pública de las Farc-EP, sin armas, contra el establecimiento liberal conservador, con el que gobierna Santos, y su aliado el demócrata Obama, ambos derrotados, pero en cabeza de uno de los dos poderes.

Esta es la audacia verbal de Rodrigo Londoño, cuando saludó en su discurso al nuevo presidente de la República Imperial, que tiene embolatados en el Congreso dominado por los republicanos $400 millones de dólares para la paz, no para la guerra colombiana, a la que asistieron antes con tanta diligencia, e inocultable provecho económico.

Quedó probado hasta la saciedad que el mecanismo de refrendación de la paz, más acorde con las circunstancias y la reivindicación social de la paz subalterna era la constituyente con el apellido social con que nosotros la seguimos publicitando. Y que el asunto no era problema de tiempo. Basta hacer las cuentas que ya llevamos con el dizque trámite rápido del plebiscito.

Otra cosa se ventilaba en el fondo, el temor a la democracia sin cortapisas, a pesar de todas las triquiñuelas y señuelos que se le tienden, con falsas argumentaciones y emoticones, donde temor, miedo y desesperanza fueron los adminículos más socorridos.

Bastaría con repasar la entrevista que Semana le hizo al chileno Eugenio Tironi, uno de los directores de la campaña que derrotó el Sí que favorecía la reelección del dictador Augusto Pinochet en 1988. Allí triunfó el No, como se sabe, contra la autocracia sanguinaria, enfrentado a la esperanza y la alegría. Lo que no hicieron los partidarios del Sí, en Colombia, bajo la guía de Santos.

En verdad, Santos, jugador no certificado de póker, jugó políticamente, en todo caso, maniatadas las Farc-EP, y embobada la izquierda y la democracia. ¿Por qué? Haciendo efectiva esta máxima, “con cara gano yo, con sello pierde usted”. Pero, en política no hay verdades definitivas y eternas. Que lo diga el propio Niccolo Machiavelli.

Ahora, para el tiempo de la implementación de los acuerdos, vuelve a jugar la paz subalterna. Ella tiene que ser democrática, esto es, abarcar a todos, para disputarle la hegemonía al bloque de poder reforzado por la “Alianza para la paz”.

Los acuerdos y su reglamentación no pueden quedar limitados a la voluntad de los congresistas, quienes en el mejor de los casos dicen los expertos, son “el constituyente derivado”. Y van a recibir el fuego de la calle, aupado por la reacción, herida por tomar en cuenta su interés de excluir a los subalternos insurgentes, convertidos dentro de poco en congresistas.

La jugada de verdad de los de abajo es con la constituyente, pero con dientes; esto es una social, armada de lo dicho y no cumplido en el art. 13 de la Constitución vigente. Porque es el tiempo demandar la igualdad real y efectiva, sin el chantaje y la intimidación de las armas, y el terrorismo de estado y paramilitar, como se estilaba desde hace más de 50 años.

Una de sus pruebas más recientes ha sido la condena al general Miguel Maza Márquez, por ser copartícipe en el asesinato del candidato presidencial Luis Carlos Galán Sarmiento; y uno de los baldones del nuevo acuerdo es ponerle cortapisas al juzgamiento de los altos mandos por estar involucrados en la guerra sucia, que produjo más de 3000 víctimas, antes contra la UP, y después contra civiles indefensos, con el genocidio de los “falsos positivos”.

Invitamos a las Escuelas Autónomas que se hagan presentes en esa tarea inminente, en esta cita, en procura de la autonomía integral de los subalternos que puede tardar siglos, pero que se construye paso a paso, avanzar, jóvenes y subalternos de todas las raleas, como decía Machado y Serrat con otros propósitos. La música de la paz tocada en el Colón tiene que pasar por los acordes de las culturas subalternas y su iniciativa constituyente/destituyente.

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