El camino de la paz democrática y el posplebiscito

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Este es el tiempo de la revolución democrática y su destino depende del hacer de la multitud ciudadana subalterna que reclama autonomía en toda la línea, para resolver el rumbo de la guerra de posiciones democrática en la disputa por la hegemonía que exige un nuevo sentido común.

Por: Miguel Angel Herrera Zgaib / Semanario Caja de Herramientas.

“Lo he dicho en mi país y lo repito hoy en este templo de la democracia: ¡no le voy a fallar a l esperanza de paz de los colombianos!”

J.M. Santos, discurso en la Cámara de los Lores, ET, 2/11/16, p. 2.

Hace pocos días, César Caballero, quien está al frente de la firma encuestadora Cifras y conceptos aceptó la invitación de uno de sus contratistas, Caracol Radio, para explicar al público el descalabro sufrido en las encuestas y en particular la suya, que reunía a más de 3.000 personas, cuando lo que era usual hace unos meses era no pasar de 1.100, 1.200.

El mismo día, el presidente Santos, en visita al parlamento británico, respondía a las palabras del líder de la mayoría gobernante, lord Pete Norman Fowler en el Palacio de Westminster, lugar que tiene en piedra el recuerdo de la fugaz república inglesa defendida por las armas de Oliverio Cromwell, y los ejércitos insurrectos que condujeron a la decapitación del rey católico en los comienzos del siglo XVII.

Allí, Santos puso cifras a la guerra social, librada entre colombianos, 250.000 muertos y cerca de 8 millones de víctimas y desplazados. Una guerra que el “establecimiento”, el país político no ganó, pese a que tuvo el apoyo estratégico y militar de la Gran Bretaña, de su jefe de estado nonagenaria, y de las sucesivas cabezas de gobierno que se turnaron en algo más de medio siglo al comando de la Gran Bretaña anterior al Brexit.

Incluido en ese listado, por supuesto, Tony Blair, el socialista desteñido, portavoz de la tercera vía, teorizada por Anthony Giddens; contratista y amigo personal de Santos, y quien estuvo esta vez detrás de los arreglos de esta primera visita de Estado, como lo recordó la canciller María Ángela Holguín.

Santos dijo también, y cómo no, que aceptó “el veredicto de las urnas, así fuera por la mínima diferencia –¡sólo el 0,4%!– y así fuera resultado de una estrategia de desinformación y mentiras...”

El plebiscito fue la urna “mortuoria” de la democracia representativa, como lo fuera también en Gran Bretaña, con el triunfo del “Brexit”. Abrió así el tiempo de la democracia que reclama un verdadero ejercicio constituyente que le de paso a la paz en Colombia, y un baremo anticapitalista al orden global, con la incertidumbre que despierta su ejercicio para las formas de dominio tradicional.

Los aspectos puramente técnicos

Las percepciones medidas por C&C daban el triunfo al Sí, en el plebiscito, con unos guarismos superiores al 60%. Su director, César Caballero barajó cuatro posibles causas que contribuyeron al desacierto. En parte, fundadas éstas en una verificación posterior hecha a quienes fueron encuestados con anterioridad a la votación.

Una buena parte de éstos, de un grupo que sumó entre el 10 y el 11%, señaló que en lugar de SI dijeron NO, es decir, mintieron a los encuestadores. Al examinar el porcentaje arriba indicado, y hacer las restas, Caballero concluía que, de haber podido detectar, lo que no ocurrió, dichos cambios, habrían establecido una suerte de empate técnico, entre los porcentajes inicialmente fijados por su encuesta.

Como enseñanzas, dijo el presidente de C&C, entidad que creó, luego de su salida del Dane, está la urgencia de utilizar otras técnicas, y en particular, las que tienen que ver con metodologías cualitativas, porque las estadísticas aprehendidas por la vía cuantitativa resultan a todas luces insuficientes.

Con lo dicho, la experiencia del plebiscito marca la necesidad de variar las mediciones en materia del saber empírico de la política. No hay vuelta de hoja. Pero, cómo irá a ocurrir esto, está por verse. Vuelve así, a marcarse la urgencia que la Universidad Nacional, en un ejercicio transdisciplinar que involucre a varias facultades cierre este bache teórico y técnico, construyendo una institución apta para responder a este desafío.

El anterior es un asunto que vengo ventilando como posibilidad, hace algo más de 12 años. Sonó pues la hora, y conviene empezar a hacerlo, mediante un foro abierto a las encuestadoras existentes, y a los procesos de estudios electorales y de marketing político que tienen focos activos de interés en todo el país.

Las cuestiones de fondo

En materia de estrategia política, no queda la menor duda, que la propuesta de “Juampa”, de hacer un plebiscito, hizo posible con la fórmula del SI o el NO, sin atenuantes, inducir, en efecto, a la polarización, con ventaja para las fuerzas contrarias al acuerdo de paz con las Farc-EP, quienes pudieron juntar disímiles “credos” en torno a la negativa.

Desde nuestra perspectiva, con acento en lo cualitativo, cada una de las fórmulas propuestas con anterioridad a la refrendación de los acuerdos de La Habana, apuntaban a diversas formas de concebir e impulsar la paz.

Conviene recordar que se discutían el referendo, el plebiscito y la constituyente, a la que se añadió en gracia de discusión, una cuarta alternativa, la consulta, con la vocería visible de Rodrigo Uprimny, uno de los vencedores en la causa judicial contra el ex procurador Ordóñez. Todas estas son formas de participación política reglamentadas, contempladas en el abanico consagrado por la Constitución de 1991.

Fue el gobierno Santos, y sus asesores principales, quien tuvo la voz cantante, e intentó anticiparse, primero, proponiendo un referendo, y finalmente, imponiendo un plebiscito como la fórmula adecuada de refrendación; eso sí, bajando el umbral requerido, a menos de 5 millones de votos para su aprobación. En los hechos, tales límites se superaron con creces, pero la diferencia de 53 mil votos, 0,4%, produjo un triunfo pírrico.

Este cambio contó con el apoyo de la Corte Constitucional que hizo, sin embargo, la salvedad que lo votado solo obligaba políticamente al ejecutivo, esto es, a una rama del poder público, y a nadie más. Por lo que ahora está abierto el tiempo de la ciudadanía toda, y de la sociedad civil de abajo, los subalternos sociales, en primera persona.

Porque Gobierno, reacción política e insurgencia subalterna, las Farc-EP, fueron derrotadas en la disputa por la hegemonía sobre la sociedad civil, que quiso resolverse con la herramienta plebiscitaria. Lo que obtuvieron fue “el parto de los montes”, ayudado por la tempestad en la Costa Caribe, que recordando a Shakespeare y Marx juntos, hizo una vez más que “todo lo sólido se disolviera en el aire”.

En el forcejeo previo, las Farc-EP aceptaron también la fórmula plebiscitaria, y desistió de insistir en la constituyente que había levantado como bandera su vocería. Hoy por hoy, su dirigencia obra, es lo que parece, como si el asunto de la derrota afectara en lo fundamental a la doble vocería del bloque dominante, la que con Álvaro defiende la paz reaccionaria, y la de Juan Manuel, que reclama paternidad sobre la paz neoliberal.

¿En qué estamos ahora?

Revisados los aspectos cuantitativos y cualitativos, ¿qué pasó, en últimas, con el empleo del mecanismo plebiscitario? Que las Farc-EP, su lucha contra-hegemónica quedó “atrapada” entre las disputas de las dos fracciones que quieren para sí la hegemonía dentro del bloque dominante.

Sin embargo, el Centro Democrático quería también, para sí, adocenar bajo la impronta del NO a las iglesias cristianas, circunstancialmente confederadas. Mientras que el partido Conservador disidente, con Martha Lucía a la cabeza, aspiraba a que la jerarquía católica se juntara con sus pretensiones de comando. Pero esta Iglesia tiene agenda propia, y espera indicaciones de la Nunciatura que trae los dictados de Roma.

Los cristianos, que tienen a Bucaramanga como uno de sus bastiones, a su vez, tomaron las de Villadiego. Se fueron a conversar directamente con las Farc-EP en La Habana. Allí esgrimieron el sirirí de la “ideología de género”.

Estos tienen como sus cancerberos ideológicos y políticos al exprocurador Ordóñez, por un lado, un católico fundamentalista; y, por el otro, a la senadora Morales, quien con Carlos Alonso Lucio, se mantiene agazapada, a la espera de lo que pase a partir de este viernes, cuando la delegación del gobierno Santos que presiden De la Calle, Jaramillo y Barreras destapen las cartas ante las Farc-EP.

Entre tanto, la sociedad civil de abajo está afectada por varias tentaciones, y una urgencia hacer el tránsito a la paz. Por una parte, el exmagistrado Eduardo Cifuentes le ha dado presencia nacional a la iniciativa de los cabildos populares, iniciativa que desde Londres el propio Santos ha mencionado, pero diciendo que será el Congreso, el otro poder, no obligado políticamente por el resultado del plebiscito, como lo dejó sentado la Corte Constitucional, quien arregle las cargas en últimas.

Si así fuera la cosa, el proceso de la paz seguiría en manos de los poderes constituidos, y el poder constituyente, la multitud subalterna, la ciudadanía continuaría sometida al fórceps de las paces neoliberal y reaccionaria.

Sin embargo, la iniciativa de los cabildos abiertos podría ser el punto de inflexión, donde se despliegue el ejercicio constituyente y destituyente, a la vez, de la multitud ciudadana en procura de la paz subalterna.

La hora constituyente de la Paz Democrática

Combinando las propuestas de liberales como Cifuentes, y progresistas como Petro, y lo que con antelación ventilaba otro exmagistrado de la Corte Constitucional, Araujo Rentería, es posible poner en movimiento la propuesta de Constituyente Social, que llene de contenido material el impasse de la paz, rehén aparente de las fórmulas neoliberal y reaccionaria, y abre de una vez las avenidas de la paz democrática.

A esta iniciativa se puede sumar la propuesta del otro grupo insurgente subalterno, el ELN, que por años ha venido insistiendo en la idea de una convención nacional, con la presencia activa de las diferentes expresiones de la sociedad civil, que, claro está, no podrían estar sometidas a la aduana de sus dictados estratégicos, ahora que su proyecto político militar, propio de la insurgencia armada que fueron, se dispuso a dar el paso de la guerra a la paz nacional.

Por lo dicho, la forma más adecuada de avanzar en las tareas conjuntas de la negociación de paz plural, es la de un Frente Común, animado en lo fundamental por los grupos subalternos, respetando y potenciando sus autonomías.

Esto quiere decir, fijando reglas, procedimiento democrático a las deliberaciones del Frente Común, que sin el condicionamiento de los poderes instituidos, articule el quehacer de los cabildos abiertos municipales, veredales y corregimentales, donde deliberen y en últimas decidan los subalternos, sociales e insurgentes, cuál paz es la que quieren los colombianos.

Teniendo todos como real baremo al pueblo soberano, en ejercicio directo de su poder constituyente, y no al congreso como se pretende ahora, de nuevo, cuando el plebiscito ya no va más. La instancia del congreso fue superada. No es válida esta receta que “dicta” desde Londres el líder del fracasado mecanismo propuesto por la fracción dominante en la sociedad política nacional.

Se trata de darle solución al desenlace de la crisis de hegemonía que golpea en primera persona al presidente Santos y a su consueta, el contradictor expresidente Uribe Vélez, quien no ganó la guerra contra la insurgencia subalterna de las Farc-EP, a la que había puesto un plazo de 18 meses para derrotarla de manera definitiva.

Ahora, él desea imponer a los colombianos, no la revolución, sino la reacción por decreto, lo cual es también un imposible, para parafrasear al difunto Alfonso López Michelsen, el fementido estadista, a quien decían le cabía el país en la cabeza, hasta cuando se bajó del tren de la revolución liberal.

Este es, en cambio, el tiempo de la revolución democrática y su destino depende del hacer de la multitud ciudadana subalterna que reclama autonomía en toda la línea, para resolver el rumbo de la guerra de posiciones democrática en la disputa por la hegemonía que exige un nuevo sentido común.

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