¿Por qué?

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¿Por qué ganó el NO? ¿Qué falló cuando al final todo parecía a favor del SI? Estos son interrogantes obvios que están en la mente y en los labios de millones de colombianos y colombianas, en el país y en el exterior, después de los resultados del plebiscito realizado el 2 de octubre.

Por: Luis I. Sandoval / El Espectador

La primera explicación que aparece con relieve es que el gobierno no fue convincente en mostrar que el acuerdo con las FARC era razonable, mientras los contradictores sí fueron convincentes en señalar que las concesiones a los insurgentes (justicia, curules, subsidios, reconocimiento…) eran excesivas.

El gobierno fue exitoso en ganar la simpatía para el proceso en el exterior, el apoyo internacional fue y es inmejorable, pero no fue igualmente exitoso en ganar la comprensión y apoyo de la compleja sociedad colombiana.

Las conversaciones en medio del conflicto y el discurso de más de dos años descalificando al actor insurgente que ya estaba en la mesa, más que en una deslegitimación de este se convirtió en una deslegitimación del proceso en su conjunto. Nunca fue explicitado con claridad lo que significaba reconocer la existencia de un conflicto interno armado de naturaleza política.

El gobierno habla de participación pero le teme. El supuesto entre las élites políticas era realizar el proceso de paz sin modificar un ápice la estructura de poder. El proceso de paz no contempló en ningún momento una participación realmente incidente de la base ciudadana ni del tejido social con capacidad de movilización. Un ejemplo está en la subutilización por parte del gobierno de la potencialidad del Consejo Nacional de Paz donde está el país en toda su riqueza, diversidad y pluralidad.

Más que pedagogía lo que finalmente se hizo fue propaganda y antipropaganda. Ganó el que desplegó con más habilidad los recursos sucios en esta actividad: verdades a medias, exageraciones, mentiras. Hay que ver el volante que repartió la campaña del NO en Venezuela.

El proceso se adelantó todo el tiempo como una acción de gobierno no como una política de paz de Estado que descansara en la formación de una verdadera voluntad nacional de paz. Acertadamente el Presidente Santos se diferenció de su antecesor Álvaro Uribe en abrir el camino de la salida política, pero no intentó seriamente retomar un entendimiento más allá de las fuerzas políticas que soportaban al gobierno para efectos de la paz.

Ello era tanto más necesario en cuanto el país tenía vivas las impresiones del Caguán y de Ralito no precisamente como aciertos. Superar esas huellas capitalizando la experiencia suponía una interlocución política audaz con amplia convocatoria y no la paz como trofeo exclusivo de “mi gobierno” para continuar en el ejercicio del poder.

No puede dejar de observarse que este proceso de paz política ha sido un proceso a destiempo. Gobierno de Andrés Pastrana y FARC-EP perdieron la oportunidad de cerrar el conflicto en el Caguán. El fracaso de ese ensayo produjo una enorme fatiga en la ciudadanía de la cual aún no se recupera. El Gobierno Uribe con su discurso y su accionar político contribuyó a deformar aún más la conciencia pública con miras a la salida política.

El acto solemne de firma del Acuerdo Final en Cartagena el lunes 26 en lugar adhesión produjo el efecto contrario. La vieja política no trabajó el voto en función de la nueva política que significa la paz. El debate de género alejó el voto de las comunidades de fe y el huracán Mathew redujo sustantivamente el voto por el SI en la costa Caribe. Con esos votos se hubiera ganado holgadamente el plebiscito.

@luisisandoval

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