El milagro de las fuerzas malignas

06:10:00

Permítanme empezar con verdades demasiado conocidas. El establecimiento colombiano (políticos y empresarios) es maligno. De este contubernio han nacido todas las plagas que nos azotan: guerra, hambre, desigualdad, corrupción. Sobre la barbarie de las Farc no hay discusión. No son más brutos porque no entrenan. Su final fue trágico: terminaron pareciéndose al enemigo.

Por: Julio César Londoño / El Espectador

Pero se dio un milagro, el establecimiento y las Farc parieron al fin un proyecto razonable, los Acuerdos de La Habana. Aquí está la línea gruesa de los programas que pueden poner fin a la guerra, desarrollar el campo y fortalecer la democracia.

Quizá por una íntima vergüenza, los líderes del No niegan ser partidarios de la guerra. Alegan que votarán No para renegociar los acuerdos y ajustar ciertas tuercas. Falso. La Corte constitucional ya sentenció que el resultado del plebiscito tiene fuerza vinculante, que No significa No y que Sí es Sí. Y en su décima conferencia las Farc acordaron que no renegociarán nada. Y todos estamos exhaustos de negociaciones. ¿Quién querrá oír el lunes que se abre una fase de renegociación en La Habana o en Estambul y que en pocos años tendremos un acuerdo perfecto?

Además “los ajustes” de los señores del No son en realidad puñaladas mortales al corazón de los acuerdos.

Permítanme soñar durante los próximos cinco párrafos. Si gana el Sí, el país tendrá el lunes dos problemas menos, Uribe y las Farc. La oposición se fortalecerá y es probable que el Secretariado y el Centro Democrático hagan coaliciones para hacer frente a las fuerzas de la mermelada. Serán cobijados con la benevolencia de la Justicia Transicional los militares incursos en delitos de lesa humanidad y los empresarios que fueron “vacunados” por la guerrilla o por los paramilitares. De ser los parias del mundo, comenzarán a mirarnos con interés y simpatía, y hasta es probable que podamos volver a pescar de noche un día.

En los próximos 52 años nos ahorraremos los US$250.000 millones invertidos en la guerra por el Estado y los particulares en los últimos 52 años (Diego Otero, El costo de la guerra en Colombia, 1964-2016). Una referencia: en la reconstrucción de Europa, el Plan Marshall invirtió US$42.000 millones).

El tiempo perdido en llorar masacres y rumiar odios lo invertiremos en construir una memoria poética de la guerra, reconsiderar los objetivos de la educación e inventar un modelo sostenible de salud.

Para defender los derechos de las víctimas, habrá un tribunal de las más altas calidades. La Jurisdicción Especial para la Paz estará encabezada por un tribunal de 24 magistrados colombianos y extranjeros que juzgará los crímenes más graves y los peces más gordos del conflicto. Serán magistrados independientes y estarán elegidos por el secretario general de la ONU, la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, el Instituto de Justicia Transicional y la Comisión Permanente del Sistema de Universidades del Estado. El país volverá a conocer la majestad de la Justicia. De paso, nuestras maltrechas cortes recibirán una histórica lección de ética.

La peor maldición de nuestra historia estriba en que nunca tuvimos un sueño compartido, un norte común que nos permitiera empujar en la misma dirección. Siempre los intereses mezquinos han primado sobre el bien común. Incluso ahora, triste paradoja, los acuerdos de La Habana y la campaña del plebiscito solo han servido para exacerbar los odios y atizar la vieja polarización del país. Ojalá exorcicemos mañana la vieja maldición, el Sí triunfe, el establecimiento sufra un ataque de grandeza y podamos, entre todos, emprender el largo y difícil y bello camino de la reconstrucción nacional.

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