EE UU: El debate presidencial de los candidatos. Dossier

06:29:00

Tres autores norteamericanos analizan en tres textos el debate presidencial, entre Hillary Clinton y Donald Trump, realizado en la Universidad de Hofstra a finales de septiembre.

Soga de Sobra

Por: Harold Meyerson


Hillary Clinton tenía que hacer tres cosas en el debate de anoche (lunes, 26 de septiembre) e hizo muy bien aproximadamente 2,8 de ellas. En primer lugar, tenía que formular propósitos políticos verdaderamente más sólidos y atractivos que los de Donald Trump. En conjunto, tuvo éxito, aunque todavía no tenga una buena respuesta a la crítica de Trump de las últimas décadas de política comercial (y por eso es por lo que doy un 2,8 de un total de tres). En segundo lugar, tenía que llegar a exasperarle para que se sintiera apremiado a defenderse, que es como decir, a defender lo indefendible. En tercer lugar, tenía que darse cuenta de cuándo dejarle irse, despotricar, ser Donald Trump, y no pisarle interrumpiendo o tratando de refutar lo absurdo. En los puntos segundo y tercero estuvo brillante. Al conseguir irritarle, le pasó la soga. Dejándole despotricar, dejó que se ahorcara solo (eso, añadiría yo, hizo Lester Holt [periodista moderador del encuentro], que evidentemente entró al debate creyendo que dejaría que los candidatos fueran ellos mismos, librándolos en buena medida de sus propias interrupciones, delante de la mayor audiencia a la que se habían enfrentado, lo que periodísticamente era la nota absolutamente justa).

Los tres campos cuyos problemas de verdad se discutieron —por contraposición a los que cayeron presa de las incoherencias de Trump, lo cual operaba en favor de Clinton —fueron la economía, nuestra relación con el mundo y la intersección de las relaciones raciales y los comportamientos de la policía. Sobre esto último, Clinton intentaba de forma clara, y creo que eficaz, llegar a los votantes jóvenes de las minorías, un grupo cuya concurrencia necesita, claramente, alentar. Su discusión de la desbordante reclusión penal masiva de las últimas décadas y el incesante prejuicio racial que afecta y , en muchos lugares, domina la actuación de la policía, no dio puntada sin hilo: mostró que comprendía la urgencia que deja traslucir Black Lives Matter [la campaña “Las vidas negras importan” contras la brutalidad policial] mientras hacía a la vez que la reforma de la policía no sonara amenazadora para los votantes blancos moderados —al menos, para esos blancos moderados que no creen, como querría Trump, que estamos en un momento a lo 1968 cuando ardían en llamas las ciudades. Por contraposición, el monótono truco de ley y orden de Trump sin duda cayó bien en su base, pero no hay modo de añadir votos nuevos a cuenta de ello. El paso de Clinton para aprovechar su base potencial en busca de más votantes le permitió hacer algunos amigos e influir en los indecisos.

El diálogo de los candidatos sobre las alianzas de Norteamérica y la insistencia de Clinton en conservarlas, también funcionó en provecho suyo. Su momento más contundente llegó cuando señaló que sin esas alianzas, se vería reducida nuestra labor de inteligencia sobre las amenazas terroristas, y la encuesta de la CNN posterior al debate mostró que los espectadores creían de manera abrumadora que sería una presidenta más fuerte en política exterior. En lo que respecta a la economía, la insistencia de Trump en los acuerdos comerciales activados por las administraciones de ambos partidos —por una estructura de poder de la cual Clinton fue miembro fundador — tuvo eco entre los espectadores. Clinton respondió haciendo notar que ella se opuso a algunos acuerdos mientras estuvo en el Senado (citó el acuerdo con los países centroamericanos, CAFTA), pero sobre todo señalando que el estrujamiento de la clase media es también resultado de las políticas fiscales y de otro género sesgadas en favor del 1%. Siguió luego —y este debería ser su mensaje central — enumerando las medidas políticas que benefician al 99 %: salarios mínimos más altos, permisos de paternidad y por enfermedad, universidades asequibles. Dejó claro también que esas medidas políticas que requieren del gasto federal se pagarían con mayores impuestos a los ricos. Después de un periodo en el que ha escindido a Trump del republicanismo convencional, ha vuelto a los argumentos que siempre les funcionan a los demócratas: las propuestas económicas de Trump son mayormente una reiteración de la economía de filtración de arriba abajo (“trickle down”) de los republicanos, mientras que las suyas se enraízan en la creencia empíricamente fundada de que la forma de producir prosperidad consiste en invertir en ese 99%. Le haría falta concentrarse todavía más en ese contraste, y a buen seguro lo hará en los dos debates que quedan. En eso es en lo que conecta con la vida cotidiana de los norteamericanos — de los jóvenes norteamericanos, en particular —de una manera que Trump nunca consigue.

Si bien la encuesta de la CNN posterior al debate mostraba que el 62% de los espectadores creía que había ganado Clinton, mientras que el 27% pensaba que había vencido Trump, la ventaja de ella respecto a quién haría mejor labor gestionando la economía fue mucho más estrecha: sólo un 51% frente a un 47 %. Puede que Trump sea un ilusionista de un solo truco, pero ese truco lo usa —hablar de la deslocalización de los buenos puestos de trabajo y (con mucha mayor vaguedad) de cómo los recuperaría —bastante bien. Clinton tiene que hablar más de su plan de empleo, sobre todo respecto a las inversiones en infraestructura. Pero no se puede discutir que los norteamericanos creen que la pérdida de empleos manufactureros, sobre todo, ha dañado la economía y que, al prometer recuperarlos, Trump toca una fibra sensible que tiene eco más allá de sus seguidores. Como puede atestiguar cualquiera que haya estado recientemente en una fábrica, ni siquiera retrotraer la producción volvería a crear ni remotamente el número de empleos manufactureros de las últimas dos décadas; la automatización de la producción lo hace imposible Pero las promesas de Trump — a la vez nostálgicas y fantásticas — son algo que Clinton no puede y no podrá igualar. Esa es una razón por la que su visión económica [de Trump] atrae a tantos norteamericanos y por la que Clinton tiene que centrarse todavía más en su compromiso con la creación de empleo y la reducción de la desigualdad económica.

De nuevo, tampoco está claro que la vuelta de la producción industrial sea un asunto que motive a los votantes más jóvenes, para los que el país centrado en las fábricas de hace sesenta años no es ni siquiera un recuerdo. La atención de Clinton a otras formas de resurrección económica —ayudas universitarias, mayor equilibrio entre vida y trabajo — tiene claramente más éxito, y a medida que tiene más oportunidades de atraer la atención de los jóvenes, eso le ayudará a ganárselos (menos frente a Trump que frente a Gary Johnson, Jill Stein, o el impulso de no ir a votar). El debate de la noche pasada puede haberla encaminado por esa senda. De acuerdo con un sondeo de Public Policy Polling posterior al debate, el 63 % de los votantes jóvenes “creen que ganó el debate frente a sólo un 24 % que se lo dan a Trump. El 47% de los votantes de esa cohorte de edad declararon que el debate de anoche hacía más probable que votaran por ella, comparado a sólo un 10% que dijeran que hacía menos probable que votaran por ella”.

No está mal para noventa minutos de trabajo.

Sobre los objetivos dos y tres de Clinton —exasperar a Trump y contemplar tranquilamente cómo se iba desquiciando cada vez más —, demostró que no hace falta en absoluto que la asesoren. A buen seguro, los preparadores de Trump tuvieron que haberle apremiado a que no cayera en las provocaciones de ella, desviando su atención de los desafíos que afrontan los votantes a una defensa de la propia conducta de él. Pero la cabra no podía más que tirar al monte. Clinton le puso el martillo en las rodillas y Trump se atizó…a sí mismo. Es demasiado pronto para decir cuántos votantes persuadibles atrajo con su actuación de anoche, pero no lo es para decir cuántos ganó él: ni uno.

The American Prospect, 27 de septiembre

Donald Trump perdió el debate del lunes, y otro tanto le pasó al “trumpismo”

Por: Zack Beauchamp

Donald Trump se inició en política diseminando la idea de que Barack Obama nació en el extranjero. Desarrolló su exitosa campaña de las primarias sobre una forma similar de política de identidad blanca, unida a un escepticismo de línea dura sobre la inmigración. Ese ha sido su tema más importante: ridiculizar a los mexicanos como violadores y asesinos, prometer la deportación de once millones de inmigrantes sin documentación y amenazar con prohibir la entrada de musulmanes en el país.

En el debate del lunes por la noche, tenia la oportunidad perfecta de dar el golpe inicial en estos asuntos racialmente cargados. Hillary Clinton acababa de responder a una pregunta sobre el “prejuicio implícito” de la labor policial, argumentando que la policía tenía que “reciclarse” para enfrentarse a los prejuicios psicológicos hondamente arraigados en contra de los afroamericanos.

Trump tenía una oportunidad de aparecer defendiendo “la ley y el orden” y a los blancos agraviados de todas partes, de decir que el problema no es la policía sino los delincuentes, y que Clinton se estaba prosternando ante el dogma de lo políticamente correcto. Pero lo extraordinario es que hizo exactamente lo contrario. Acusó a Hillary Clinton de ser la verdadera racista por utilizar el término “superpredadores” en clave racial hace más de dos decenios:

“Quiero mencionar el hecho de que fuiste tú la que recurriste al término “superpredador” en relación con los jóvenes negros. Y ese es un término que yo creo que fue — que es — utilizado de un modo terrible, como bien sabes. Creo que te has disculpado de ello. Pero creo que decirlo fue algo terrible”.

Así que aquí teníamos a Donald Trump, declarado oponente de la corrección política, acusando a Hillary Clinton de cometer una “microagresión”.

Esta es la historia no contada del primer debate de las presidenciales. Trump entró en la sala como defensor de un conjunto diferenciado de ideas que culpan de los problemas de Norteamérica a los inmigrantes y el multiculturalismo. Salió como una pálida imitación de la opinion convencional, un hombre con un pasado profundamente racista que trata desesperadamente de encubrirlo.

Donald Trump perdió el debate del lunes por la noche. Y lo mismo le pasó a las ideas que defiende.

La propuesta de construir un muro y hacer que lo pague México, el motejar a todos los musulmanes de terroristas en potencia, la sugerencia de que un juez mexicano-norteameicano no podia entender en un caso que implica a Trump porque su tradición cultural le predispondría en contra del magnate, esas son las cosas que han definido la candidatura de Donald Trump.

El “trumpismo” supone una suerte de populismo autoritario, que culpa a los inmigrantes y otras minorías étnicas y religiosas de la criminalidad y el terrorismo. Tiene mucho en común con la extrema derecha europea, así como con un movimiento marginal norteamericano conocido como alt-right [corriente neorreaccionaria de supremacía victimista blanca].

“Donald Trump”, tal como dijo un investigador académico “es el primer republicano de tiempos modernos que haya logrado la designación como candidato del Partido a la presidencia sobre la base de un sentimiento contrario a las minorías”.

Pero nadie lo diría a juzgar por el debate del lunes. Trump mencionó en una ocasión delitos cometidos por inmigrantes indocumentados, pero muy brevemente. No se refirió al muro ni a hacer redadas y deportar a millones de personas. Nunca mencionó la pretendida amenaza terrorista que plantean los inmigrantes musulmanes en general y los refugiados sirios en particular. Sus temas distintivos estuvieron, en otras palabras, completamente ausentes de la velada.

No fue por falta de oportunidades. En la última parte del debate, el moderador Lester Holt le preguntó a Trump “de modo concreto, ¿cómo evitaría atentados en el país por parte de ciudadanos norteamericanos”. Era una oportunidad perfecta para que Trump pivotara sobre la necesidad de impedir que los musulmanes de países “terroristas” entren y cometan atentados.

No lo hizo. En cambio, decidió a atacar el historial de Clinton en relación al Estado Islámico y dar publicidad a su estrambótico plan de “llevarse el petróleo” de Irak. Con ello decepcionó a algunos de sus destacados fans de la “alt-right”, como Jared Taylor (director de la publicación racista American Renaissance):

Cuando Holt le preguntó a Trump por el componente racial de la política neoyorquina de “detener y cachear”, Trump dejó caer algún que otro “trumpismo” clásico acerca de las elevadas tasas de delincuencia en el centro de las ciudades, lo cual describía las ciudades norteamericanas y las comunidades de las minorías de una forma brutalmente inexacta. Pero evitó los sobreentendidos racistas más evidentes como el de “la criminalidad de negros contra negros”. Mantuvo que el “detener y cachear” no suponía sospechar por el perfil racial sino que era en realidad una especie de control de programa de armas:

HOLT: El argumento es que se trata de una forma de sospechar por el perfil racial.

TRUMP: No, el argumento es que tenemos que quitarles las armas a esta gente que las tiene, y que es gente peligrosa que no debería tenerlas”.

El diálogo acerca del “birtherism” [la polémica acerca de dónde nació Obama] supone un tercer buen ejemplo. A Trump le han abroncado, y con razón, por mostrarse completamente incoherente en este tema. Pero también tuvo una forma rara de contraatacar, sosteniendo que fue Clinton quien trató en realidad de “convertir en diferente” racialmente a Obama difundiendo imágenes suyas de una visita a Kenia: “Estuve viendo para prepararme algunos de tus debates con Barack Obama. Le trataste con una terrible falta de respeto. Y ahora veo cómo hablas de que es todo estupendo y lo maravillosa que eres tú. Pues no funciona así la cosa. Ibas a por él, tratabas de, hasta mandaste, o mandó tu campaña fotos de él con cierto atuendo, unas fotos muy famosas. Me parece que no puedes negar eso”.

Así que para resumir: Trump evitó sacar sus comentarios más controvertidos y racialmente más cargados. Los evitó hasta cuando tuvo claramente la oportunidad de rcurrir a ellos, y acusó incluso a Clinton de ser racialmente insensible.

Se trata de un Donald Trump muy diferente del que anunció en su discurso de la Convención que “no podemos permitirnos más ser tan políticamente correctos”.

En esto, la cuestión no es que Trump virase alejándose de su larga historia de controvertidos comentarios raciales y religiosos. Nadie se ha olvidado de lo que ha dicho.

Más bien se trata de que Trump tomó la decisión de no retrotraerse de ellos durante el momento más importante de las elecciones hasta la fecha. En lugar de ceñirse a sus ideas, sencillamente las evitó. Se achicó.

Esto tiene su importancia.

El proyecto “trumpista”, en la medida en que existe, se cifra en convertir el lenguaje abiertamente racista e intolerante en parte de la corriente principal de la política norteamericana. Depende de romper las barreras en contra del discurso abiertamente ofensivo y de normalizar lo inaceptable, y ha ido funcionando: Trump sigue cerca de Clinton en la mayoría de las encuestas.

Pero su principal desafío politico estriba en tomar ideas que atrajeran a la base de su partido y volverlas aceptables para el resto del país. Si hubiera soltado su habitual perorata sobre la prohibición de entrar a los musulmanes el lunes por la noche, y se hubiera debatido como una propuesta política normal, la idea que era antes impensable se habría deslizado más cerca todavía de la corriente principal. Así es cómo ha funcionado en el caso de ideas objetivamente extravagantes como “llevarse el petróleo”, que ahora pronuncia sin que nadie entre el público pestañee siquiera.

Al optar por no recurrir a estos argumentos en el estrado del debate, Trump ha ofrecido una señal sorprendente de que cree que parte del lenguaje racista que funcionó en las primarias no le valdrá en las elecciones.

Para él es un problema, porque toda la estrategia electoral de Trump depende de pegarse a su base racista. Trump no se puede apartar demasiado de su mensaje central sin enfriar el entusiasmo que suscita entre gente que cree que los latinos son unos criminales, los musulmanes son unos terroristas y los negros son unos vagos.

Esta base electoral es, tal como lo formula Samuel Goldman, teórico politico de la Universidad George Washington, “una minoría que cree que es una mayoría”. Es demasiado pequeña para garantizar victorias electorales, pero demasiado grande para aceptar su condición de minoría. Sus miembros no sienten la necesidad de llegar a las minorías ni a los blancos “politicamente correctos”, y eso lo consideran una especie de traición.

Ciertamente, puede comprobarse esta reacción de los partidarios de Trump en el llamado movimiento “alt-right”. Tal como documenta mi colega Tara Golshan, estos racistas digitales están furiosos por que Trump no hablara de los que durante mucho tiempo han sido sus temas centrales. “No puede ganar ningún debate si en lo esencial no hay preguntas sobre terrorismo o inmigración”, escribe un usuario del tablón de mensajes 4chan, que simpatiza con la “alt-right”.

Los “trolls” de Internet no constituyen, por supuesto, una base electoral enorme. Pero los votantes que comparten sus preocupaciones acerca de las minorías y la inmigración, sí. Si bien la campaña de Trump ha mostrado que este grupo puede impulsar una victoria en las primarias republicanas, puede que hoy esté dejando en evidencia los límites de la influencia de este grupo en la política norteamericana a mayor escala.

Todavía hay dos debates más y 43 días más hasta las elecciones, tiempo de sobra para que Trump y sus partidarios puedan sembrar un caos mayor.

Por ahora, sin embargo, punto a favor para las normas básicas de la democracia y los valores de la democracia norteamericana.

Vox.com, 27 de septiembre de 2016

Donald Trump ya no es la estrella de la política como telerrealidad, y eso le perjudica

Por: Todd Van Der Werff

Trump fracasa continuamente en lo tocante a las reglas básicas del teatro político.

Donald Trump resulta estupendo cuando hace lo que parece inimaginable. Se ganó la designación republicana frente a quince candidatos potenciales que, sobre el papel, parecían mejores, con una magra estrategia de juego, poco dinero en mano y sin gran cosa que le mantuviera a flote en un principio más allá de su fama. En ese plano, ¿es que acaso se trata de un prodigio de la política?

Pero cuando se le pide hacer algo que resulta un ritual de campaña bastante convencional — acoger una convención política, digamos, o competir en un debate — muy raramente lo saca adelante. Es sólo que no es bueno en lo básico de la política, y eso no hace más que subrayar lo endebles y vacuas que son la mayoría de sus propuestas políticas.

Y si hay una gran conclusión que he sacado de su primer debate presidencial contra Hillary Clinton, es que Trump fracasó como ejecutante casi tanto como fracasó como candidato.

En el verano de 2015, me referí brevemente a la razón por la que pensaba que era tan fuerte e inamovible el apoyo a Trump en las primarias republicanas. Era verdaderamente bueno como concursante de un programa de telerrealidad.

Pero si pensamos en ello de esa manera, también le ayudó entonces el hecho de que las primarias republicanas de 2016 fueran un programa de telerrealidad. Un programa que enía más de una docena de “concursantes” cuando empezó, que fueron lentamente menguando en influencia y finalmente empezaron a ir cayendo.

Muy pronto quedaron claras las señales de quién era quién — Trump era el villano del “No he venido para hacer amigos”, Jeb Bush, el tipo normal que se va desintegrando lentamente, Marco Rubio, el tío que nunca conseguía recomponerse — y parecía cada vez más que iba a ganar Trump, que logró el empuje que se espera de quien se convierte en favorito, tanto de una campaña política como de una temporada de Survivor [Supervivientes].

Pero las elecciones presidenciales tampoco son una batalla campal. Es una carrera entre dos personas, y en una carrera de dos personas, la realidad muestra que el manual de instrucciones no funciona tan bien ni de lejos. Mientras que Trump podía pasar fácilmente sin el apoyo de multitudes entusiasmadas en los debates de las primarias, en este debate parecía a veces perdido sin las constantes interrupciones de los aplausos (para ser justos, Clinton se detenía ocasionalmente esperando aplausos que no llegaron tampoco en ningún momento).

Clinton, de modo accidental, ha acabado pasando mucho tiempo este año preparándose justo para este formato, al tener que intervenir en un puñado de debates contra su único contendiente serio: Bernie Sanders. También se presentó al Senado e individualmente contra Barack Obama durante los meses de las primarias de 2008. Y esto se dejó ver durante el debate en todas las opciones que ambos tomaron en su forma de actuar.

Así, por ejemplo, cuando hay un debate entre dos personas, los canales de televisión acostumbran a mantener a ambos en pantalla todo el tiempo (en los debates republicanos, Trump a menudo sólo tenía que compartir espacio con un cintillo que ofrecía noticias). Y allí donde los giros del programa de telerrealidad de Trump funcionan realmente bien en esos encuadres más amplios — probablemente gracias a The Apprentice [el programa de telerrealidad que él presentaba] donde se le encuadraba la mayor parte del tiempo en planos medios que dejaban espacio a su frecuente gesticulación — no funcionan en los encuadres muchos más ajustados que se utilizan en este debate.

Si se fijan en cualquier grabación de este debate, podrán prestar atención a un error que probablemente ni siquiera Trump se dio cuenta que estaba cometiendo. Adviertan con qué frecuencia las manos quedan completamente fuera de cámara, dada la sobreabundancia de gesticulación. Fíjense luego qué inusual es que las manos de Clinton salgan de cámara.

Ella se decide por gestos más ajustados, que se adecúan a la cámara colocada sobre ella. Trump está por todos lados. La primera sugiere de forma subconsciente alguien que controla la pantalla, y por tanto, el relato. El segundo sugiere de modo subconsciente alguien que no puede controlar su cuerpo.

Así fue, en cierto modo, la noche, en resumidas cuentas.

Tal como escribí brevemente tras la Convención Nacional Republicana en julio:

“El tipo de "outsider que te cuenta las cosas como son" es algo que se predica habitualmente de un sistema politico que es muy diferente del que en realidad habitamos…en el que la gente simplemente no ha pensado en las sencillas soluciones que puede proporcionar el susodicho “outsider””.

Donald Trump no vive en un mundo de fábula. Vive en el nuestro. Cuanto más se metía en la carrera, más cuenta se daba de que si proponía, digamos, construir un muro en la frontera mexicana, habría mucha gente que no vería eso como una solución de sentido común. Así que en muchos casos, se ha refugiado en lugares comunes, ahora que los excesos escandalosos ya no le valen para asegurarte el éxito.

Y si hay dos cosas que dan poco juego en un debate (especialmente si es contra una debatidora política veterana) son los lugares comunes vagos y el exceso de extravagancia. Si es sólo un poco, puedes salir bien librado, pero si caes demasiado en ello, tanto tu oponente como el moderador podrían empezar a llamarte la atención.

Esa es quizás la razón por la que la actuación de Trump pareció muchísimo peor a medida que avanzaba la noche. Se mostraba razonablemente confiado al atizarle a Clinton a cuenta del Acuerdo de Comercio Trans-Pacífico (Trans-Pacific Partnership) que ella apoyó inicialmente pero al que luego retiró su apoyo, pero para cuando empezó a gimotear sobre anuncios negativos y peleas con Rosie O’Donnell [célebre comediante televisiva], parecía ya un hombre que no se enteraba del juego al que había estado jugando.

Por contraposición, el resultado soñado por Clinton para la noche consistía esencialmente en hacer que Trump picara el anzuelo respondiendo a sus ataques, y haciendo así que el debate girase enteramente en torno a él (en un debate en el que ambos candidatos tienen bajas cuotas de partidismo a su favor, ambos están tratando esencialmente de centrar las elecciones en el número de votantes a los que les disgusta a su oponente). Cuando ya no pudo resistir entrar a sus provocaciones, acabó cayendo exactamente en el relato en que le colocó ella: no se puede confiar en él para mantenerse firme.

No quiero sobreestimar aquí la actuación de Clinton. Sonó demasiado enlatada por momentos, y resultaba demasiado obvia cuando recitaba las líneas en las que había trabajado preparando el debate. Pero también resultaba evidente que sabía, en cierto, lo que estaba hacienda y que había venido preparada para ejecutar el trabajo. Es casi como un metacomentario sobre ambas campañas, expresado en noventa minutes de television en directo.

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