Avanzamos tanto como Podemos.

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En una “democracia” de gamonales que a través del bolígrafo bendicen el porvenir de aquellos políticamente correctos, capaces de repartir pequeñas misericordias y al mismo momento, ser guardianes de lo acumulado, el cambio es un imperativo.

Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros.

Groucho Marx

Por: Juan Carlos Lozano* / Democracia en la Red

Después del 2 de octubre Colombia entró en un período enrarecido, para lo que algunos es un limbo; donde la clase política parece querer remasterizar tiempos pasados donde caían parados al solucionar graves acontecimientos político–sociales a través de pactos, acuerdos o algo parecido. Acostumbrados a pactar en medio de condiciones adversas, ven en estas últimas el momento propicio para su reinversión, es decir, nos llevan al límite para luego posar de haber estado a la altura del momento histórico. Adviértase que, a pesar de todo, existe una tensión entre el centro y la extrema derecha, que alcanza su clímax en la disputa por la justicia transicional, dicho de otra manera, el centro quiere una sociedad sin conflicto, mientras, la extrema se opone a una solución política al conflicto que afecte el latifundio, “buen nombre” y su libertad.

Debo empezar por advertir dos cuestiones: 1) Pafraseando al ex–presidente López Michelsen, en Colombia la “democracia” es la competencia de dos caballos, ambos del mismo dueño y 2) La realidad nos derrota. Muchos seguimos analizando el país a través del querer, llegando incluso a madurarlo a punta de construcciones teóricas en un ejercicio de autosatisfacción que engrosa el amplio mercado de las teorías. Esto me recuerda un pasaje de una columna de Juan Esteban Constaín titulada “País de papel”: “Nos instalamos en el plano ideal de una sociedad que no existe. Un país de papel que es moderno, tolerante, secular, respetuoso, abierto, superpuesto a una sociedad que puede llegar a ser todo lo contrario”.

Habrá que tratar de evitar caer en abstracciones radicales, en construcciones mentales que valen como tales y pasar a lo fáctico. Para decirlo breve y pronto, en Colombia la democracia está por estrenarse, es decir, la democracia no es una operación de sumas y restas como la entienden muchos por aquí. De ahí que, no todo sea susceptible de resolverse vía principio de mayorías; lo que existe entonces es un modelo institucional formal dotado de mecanismos de participación ciudadana donde se concluye que mientras se cumplan los designios de las mayorías ha hablado la democracia. En resumen: en nuestro país tenemos unas mayorías sin democracia.

Si la hegemonía del principio de mayorías fuera cierta, el debate planteado por la abstención nos conduciría a un escenario problemático, lo anterior, por haber ganado la mayoría de aquellos inmunes al debate público. Por otra parte, ya metidos en este problema algunos apelan a la vieja práctica de la activación del ingenio jurídico en un país plagado de normas. Al mismo tiempo, tenemos un Presidente en caída libre con una reforma tributaria regresiva debajo del brazo, enmarcada en las lógicas del proyecto neoliberal, mientras, sostiene la paloma de la “paz” en su mano; de ahí que, como bien lo advierte Antonio Caballero en una columna titulada “Neoliberalismo”: “Juan Manuel Santos con toda su retórica no pretendía cambiar el sistema, sino simplemente hacer la paz”.

El plebiscito del 2 de octubre dejó un balance precario para nuestra “democracia”, debido a la abstención que superó el 60%. Ante este panorama debemos preguntarnos sí es plausible seguir hablando que la mayoría dispuso esto o aquello, incluso, evitar expresiones que hablen de los colombianos en general. Por otra parte, la brecha entre el país urbano y el rural, deja como saldo que en muchas zonas golpeadas por la guerra, ganará el Sí, mientras, en el país urbano, muchos estaban más preocupados por el futuro del victimario y no por las víctimas.

Durante las discusiones del plebiscito sobraron políticos y faltó “pueblo”. Ver de nuevo en escena a personajes como César Gaviria (aquel que nos dio la bienvenida al futuro), Ernesto Samper, Andrés Pastrana quien le apostaba al No, y el mismo Uribe, hace parecer el fin de la guerra a una pelea por una herencia. Con esto en mente, muchos habíamos advertido que uno de los grandes retos era tratar de sacar adelante el Acuerdo con la clase política responsable de haber defendido y sostenido a través de sus decisiones el conflicto armado, por consiguiente, las pésimas decisiones en política pública permite que persistan y agraven problemáticas del orden social donde se privilegia como solución: el plomo y la cárcel.

Retornamos así a una vieja frase: en Colombia todo cambia para que siga igual. Apelamos a la vía institucional en un desmedido interés por lo formal, priorizando las soluciones a través de la vía jurídica, lo que se conoce como el síndrome de la codificación en palabras de Mauricio García Villegas. Siguiendo la costumbre casi irremovible entre nosotros, como decía Carlos Gaviria Díaz (1937–2015), de producir textos impecables para decir en escenarios internacionales lo mucho que hemos avanzado, pero ay de aquel que se atreva a sacar conclusiones con el fin de modificar la realidad social.

Por otra parte, algunos aprovechan la victoria del No en el plebiscito para tomar un nuevo aire, y de paso tratar de ubicarse en primera fila en la foto de aquellos que hicieron posible que el conflicto terminara. Concuerdo con muchos en que la disputa Uribe–Santos no es un tema de egos simplemente, sin embargo, algo de ello debe haber. Quedamos entonces a merced de los designios de una clase política responsable de la situación del país y que en este momento se metamorfosea en busca de pasar de un lado al otro reinventándose para seguir en el poder.

Pero no debemos desfallecer. La política es el vehículo de cambio por excelencia, por tanto, es urgente entender que los cambios del orden social no siempre se dan como uno quisiera, por ende, en este momento es vital tener paciencia. No podemos esperar modificar el marco societal de la noche a la mañana, como tampoco podemos pensar que la construcción del enemigo se ha de superar así no más, sin embargo, es importante hacer una relectura de lo sucedido e intentar la construcción de una intimidad colectiva que ubique el lugar común de las injusticias estructurales históricas y permita la elaboración del pronunciamiento social en condiciones simétricas en medio de un movimiento que apueste por la transversalidad.

Hablar de transversalidad no es renunciar a nuestra frontera ético–política ni mucho menos, por el contrario, es ponerla en juego con otras en busca armonizarlas tejiendo un lugar común que derive en un acuerdo parcial. No estamos abogando por la desideologización o cosa parecida. Sin embargo, tenemos que construir sobre las bases, no sin antes hacer un análisis juicioso de lo sucedido. En este orden, habrá que repensar la izquierda (para expresarme en los términos de la vieja caja resonante al decir de Bobbio) que se enfrenta a un problema que no parece entender, o, en el peor de los casos aun no se entera que tiene. Para decirlo breve y pronto: a la izquierda le quitaron el discurso. Hoy todos hablan de lo mismo. Huérfana como está, recurre a lugares comunes en busca de sentido para su accionar político. Estimo que la derecha y la izquierda son metáforas agotadas que no logran captar el giro y las necesidades de lo político en el contexto histórico actual.

Por otra parte, debemos hacer referencia a la crisis de la democracia representativa que hoy no representa a nadie. Habrá que preguntar entonces: ¿Sin democracia es posible hablar de representación? La idea de una propuesta alternativa (de izquierda sí se quiere) es atacar el modelo desde adentro y no adaptarse a este. La capacidad que tienen las élites de metamorfosearse es una de sus virtudes, pues dividen el país para luego posar alegres en fotografías. Esto de dividir nos tiene votando con lógicas ajenas al cambio, sin embargo, deja ver que incluso no existe conceso en los sectores que representan la alternativa.

El estado actual de la política convertida en la principal generadora de riqueza para una minoría organizada que controla la mayoría dispersa, ha profundizado el ya engendrado pesimismo antropológico tan dañino para cualquier alternativa del cambio, por esta razón, se escucha por parte de muchos que “esto jamás cambiará” y demás frases que ahuyentan a los honestos de la política. Siendo esto último altamente beneficioso para los corruptos y al mismo momento perjudicial para lograr los cambios tan urgentes del orden social.

Estamos ante un régimen hibrido donde coexisten entre otras, medidas autoritarias y tímidos desarrollos sociales, y el persistente intercambio de derechos por subsidios lo que se traduce en la práctica en la administración de pequeñas misericordias, ante aquello la pregunta podría ser: ¿Qué hacer? Max Weber (1864–1920) decía en una famosa conferencia dictada en Múnich titulada “La política como vocación”, que la cátedra no es para los demagogos ni para profetas. Sin hacer futurología o caer en la revolución de los académicos (que es bastante peligrosa), pensaría que debemos replantear el discurso, los significantes y el quehacer político.

Es urgente construir la transversalidad dotada de un discurso incluyente, en otras palabras, volver a lo básico. Recordemos que ni Kant (1724–1804) ni Hegel (1770–1831) movieron las masas como lo haría en su momento Jorge Eliecer Gaitán (1903–1948) como bien lo recuerda el profesor Libardo Orejuela Díaz, asimismo, habrá que pasar por el crisol de la crítica alguna parte de la academia por haberse quedado instalada en la cómoda torre de marfil, donde se elaboran delicadas y profundas teorías de un puñado de ilustres para ilustres, mientras, la calle y la realidad siguen igual o incluso peor. Esta academia resulta incluyente en la teoría, pero al mismo momento deja fuera a todos aquellos que defiende.

A esta altura habrá que reconocer que no hemos sido capaces de conectar con el de a pie. Precisamente por eso la búsqueda del lugar común es el siguiente paso. Para resumir: 1) Es urgente la construcción de un nuevo lenguaje, un nuevo imaginario, una nueva praxis. 2) La construcción del sujeto de la democracia pasa por la horizontalidad y no, por la verticalidad y 3) En una “democracia” de gamonales que a través del bolígrafo bendicen el porvenir de aquellos políticamente correctos, capaces de repartir pequeñas misericordias y al mismo momento, ser guardianes de lo acumulado, el cambio es un imperativo.

Ya para terminar, advierto que esto de la transversalidad es tal vez, a mi juicio, lo más complejo de la construcción de nuevos imaginarios políticos. Sí algo caracterizó la vieja izquierda fue su imposibilidad de tejer acuerdos con vocación de poder con el fin de unificar un proyecto político que interpretara las necesidades del colectivo deponiendo egos y modulando visiones y estrategias. Mientras, la falta de una plataforma política plural e incluyente más allá del discurso y la disputa interna en torno al objetivo, estrategia y acción, los tiene de Ministros del Trabajo de un proyecto neoliberal, apostando a la “paz” (en lugar de del fin de la guerra) en medio de un modelo económico que explota, divide y acaba con el medio ambiente. Tal vez estamos lidiando con los efectos y no con la causa: el proyecto económico neoliberal.

En este momento debemos centrar la reflexión en entender que estamos en medio del fin de una guerra y no de un sistema, que esto último debe ser el resultado de aquello que vendrá, que de nosotros depende impulsar la construcción de una democracia donde se rescate al Estado y sus instituciones de la cooptación realizada por una minoría organizada, para ello es vital la búsqueda de un proyecto colectivo, por tanto, debemos tomar en serio las palabras de John Rawls: “No dejen la política a los políticos” y más cuando aquellos se caracterizan por tener el interés particular tan desarrollado y que a manera de efecto teflón los aísla del reclamo social. Aquello nos recuerda la frase de Groucho Marx “Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”.

La democracia no es un remedio milagroso ni mucho menos, por el contrario, es un proyecto inacabado. No obstante, la tarea pendiente consiste en seducir a ese país invisible de unos 20 millones de ciudadanos que resultaron inmunes a la esperanza como advierte William Ospina. Esos 20 millones son fundamentales en la tarea de construir un nuevo proyecto de país donde se logre una democracia como gobierno por discusión, en tal sentido, Amartya Sen en una de sus obras recientes titulada “La idea de justicia” (2010) hablando de la democracia advierte: “Uno de los logros de la democracia es la capacidad de hacer que la gente se interese, a través de la discusión pública, en las peripecias de los demás y comprenda mejor las vidas ajenas”, a esto considero debemos apuntar.

Nota: Persisten las siguientes preocupaciones: 

1. Preocupa que las Farc como “partido político” empiecen por adaptarse a las prácticas de la política a la colombiana. 

2. Hasta cuándo serán instrumentalizadas las fuerzas democráticas instaladas en el binomio polarizante Uribe–Santos presente en los últimos años. 

3. Al tomar en cuenta a Uribe en la negociación no debemos llamarnos a engaños. Él buscará la defensa de los intereses del victimario lo que afectará la construcción de la memoria histórica y continuará oxigenando su causa. 

4. El problema de la “paz” radica en qué aun no podemos estar de acuerdo en su alcance y límite, es decir, estamos en presencia de una paz neoliberal que se traduce como una paz formal o abstracta sin justicia social. 

5. A pesar de las preocupaciones aquí expuestas, es importante destacar que antaño solían decir: “Fuerzas oscuras mataron a Bernardo Jaramillo Ossa” (1955–1990). Hoy dichas fuerzas están visibles (Centro Democrático) y resulta más comprensible entender sus propósitos.

* Juan Carlos Lozano Cuervo es abogado de la Universidad Libre seccional Cali, Magíster en Filosofía de la Universidad del Valle, Investigador del Centro de Pensamiento Estratégico Democracia y Posconflicto, profesor universitario.

Referencias

Constaín, J. (2016, octubre 27) País de papel. Periódico el Tiempo. Recuperado de http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/pais-de-papel/16735842

Caballero, A. (2016, enero 16) Neoliberalismo. Revista Semana. Recuperado de http://palabrasalmargen.com/index.php/articulos/nacional/item/es-la-izquierda-un-significante-agotado-en-el-sentido-comun-colombiano

García, M. (2014). La eficacia simbólica del derecho. Universidad Nacional, Bogotá.

Gaviria Díaz, C. (2014, marzo 13) el sueño inconcluso de la Constitución parte I. [Archivo de Video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=hPg4nhQgUeA

Ospina, W. (2016, octubre 7) El país invisible. Periódico el Espectador. Recuperado de http://www.elespectador.com/opinion/el-pais-invisible

Sen, A. (2010). La idea de la justicia. Taurus, Bogotá.

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