Brzezinski: Un viraje de campeonato.

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Zbigniew Brzezinski fue y es uno de los personajes más influyentes de la política mundial. Consejero de Seguridad Nacional del gobierno de Jimmy Carter (1977-1981), arquitecto de la derrota soviética en Afganistán, inspirador de la Comisión Trilateral, planteó dos décadas atrás que Estados Unidos no debía permitir el ascenso de ninguna potencia capaz de cuestionar su dominio global. Ahora da un giro radical.

Por: Raúl Zibechi / Brecha

“Estados Unidos sigue siendo la potencia mundial política, económica y militarmente más poderosa, pero, teniendo en cuenta los cambios geopolíticos complejos en los equilibrios regionales, ya no es el poder imperial global”, puede leerse en el articu¬lo “Hacia un realineamiento global”, publicado por Brzezins¬ki en la revista especializada en asuntos internacionales The American Interest (1-IV-16).

En la década de 1990, luego de la disolución de la Unión Soviética, el ex jefe de la diplomacia estadounidense publicó El gran tablero mundial. La primacía americana y sus imperativos estratégicos, donde sostiene que Estados Unidos se ha convertido en la única superpotencia y analiza las maneras para evitar que en el futuro surjan otras que puedan poner en cuestión su poder planetario.

Cercano a los demócratas, asesor informal de Barack Obama, Brzezinski fue contratado en su momento por el banquero David Rockefeller, de quien recibió el encargo de crear una organización que fomentara la cooperación entre Estados Unidos, Europa, y Japón (las principales potencias en la década de 1970). Así nació en 1973 la Comisión Trilateral, de la que Brzezinski fue su primer director. Pero su “obra maestra” fue la derrota soviética en Afganistán, preludio de su implosión.

La intervención soviética a pedido del gobierno de Kabul, con más de cien mil soldados, buscaba acabar con la guerra de los muyaidín provenientes de Pakistán y Arabia Saudita, financiados, armados y entrenados por la Cia, que amenazaban directamente su frontera sur. De inmediato, Brzezinski recomendó al presidente Carter que cancelara la venta de cereales a la Urss y congelara los intercambios económicos y culturales. En paralelo, acordó con Arabia Saudita financiar operaciones de ayuda encubierta a los muyaidín afganos, tarea en la que se destacó Osama bin Laden.

Aunque no consideraba al gobierno de Kabul como “amigo de Moscú” ni un peligro a combatir, Brzezinski pergeñó la Operación Ciclón usando a los muyaidín para atraer a los rusos a una trampa, como reconoció en 1998 a Le Nouvel Observateur: “Esa operación secreta fue una idea excelente. Tuvo el efecto de atraer a los soviéticos hacia la trampa afgana. El día que los soviéticos cruzaron la frontera, escribí al presidente Carter: ‘Ahora tenemos la oportunidad de darle a la Unión Soviética su guerra de Vietnam’”. Con el tiempo fue evidente que la “idea excelente” había tenido como resultado la creación de Al Qaeda, antecesora inmediata del Estado Islámico.

Todo lo anterior para situar a Brzezinski en su lugar histórico: un halcón implacable cuya política imperial jugó un papel destacado en el fin del socialismo real y en el establecimiento del primer poder imperial absoluto en la historia de la humanidad.

LAS RAZONES DEL VIRAJE.

El artículo se difundió en un momento clave en la geopolítica global: en medio de la más errática campaña electoral estadounidense, con dos candidatos desprestigiados y cuando las relaciones entre Rusia y China siguen estrechándose, como lo demuestra la reciente cumbre del G 20 en Hangzhou.

Su punto de partida son las “cinco verdades básicas” que lo llevan a proponer un reajuste global que construya una nueva arquitectura geopolítica. La primera es el reconocimiento de que Estados Unidos ya no es el poder imperial mundial, algo que contrasta con lo que había afirmado en su libro menos de 20 años atrás. “Nunca ha habido un poder global dominante hasta la aparición de América en la escena mundial”, escribe nuevamente.

Su segunda verdad es el retorno de Rusia al escenario global. Curiosamente, considera que su destino es convertirse en “un Estado-nación líder en Europa”, algo que parece ir a contrapelo de la política exterior de Washington, que busca cortar los puentes entre Moscú y Bruselas.

La tercera verdad es el ascenso de China, y la cuarta que Europa no será nuevamente una potencia global como lo fue durante el período de posguerra. La quinta supone una reflexión muy seria de Brzezinski, y se refiere al “despertar político violento de los musulmanes poscoloniales”, como consecuencia de “la erupción de los agravios históricos” que han sufrido durante siglos por parte de las potencias europeas. Un “profundo resentimiento contra Occidente y su legado colonial” está detrás de la violencia que, por ahora, tiene su epicentro en Oriente Medio pero puede extenderse por buena parte del mundo, afirma.

Como puede apreciarse, Brze¬zinski coloca en un mismo nivel de preocupación la situación por la que atraviesa Oriente Medio y el ascenso de China y el desafío del retorno ruso. La potencia de estos cambios lo lleva a considerar que “Estados Unidos debe tomar la iniciativa en el reajuste de la arquitectura de poder global”, para evitar que sobrevenga el caos sistémico.

La principal tarea de Wa¬shington es, en su opinión, forjar una amplia coalición que incluya a Rusia y China, a la vez que muestra una profunda desconfianza hacia Arabia Saudita, acusada de “fomentar el fanatismo wahabí”, lo que “plantea serias dudas sobre su capacidad para jugar un importante papel regional constructivo”. En su visión, el problema ya no es Irán sino el que fuera aliado estratégico principal de Wa¬shington desde 1945.

EURASIA EN LA MIRA.

“La mejor perspectiva política para China en un futuro próximo es llegar a ser el principal socio de Estados Unidos en la contención del caos global que se está extendiendo desde Oriente Medio”, escribe Brzezinski. A renglón seguido apunta que si no se contiene la violencia de ese modo, “se contaminará” la zona sur y este de Rusia, así como las partes occidentales de China, las nuevas repúblicas de Asia Central y ex colonias británicas, como Pakistán. Lo dice alguien que conoce la región. Y lo dice de un modo que parece una amenaza.

Por momentos parece que Brzezinski apostara a una alianza estratégica con China, y tiende a empujar a Rusia a ejercer su liderazgo en Europa. Pero en realidad busca evitar la profundización de la alianza Moscú-Pekín, algo que su contemporáneo Henry Kissinger comprendió muy pronto que era la tumba de la dominación estadounidense. Si esa alianza fructifica, se vendrá abajo el plan de controlar el mundo, como ya lo vaticinó Brzezinski a fines de la década de 1990, cuando escribió: “Un poder que domine Eurasia controlaría dos de las tres regiones más avanzadas y económicamente más productivas del mundo”.

En ese afán, el yihadismo parece ser uno de los argumentos más contundentes de los geopolíticos estadounidenses. De algún modo, se repite la historia de Afganistán.

Brzezinski estima por otra parte que Washington jugó un papel destacado en el fracasado golpe en Turquía, “un grave error que puede causar una mayúscula explosión en la reputación de Estados Unidos” (La Jornada, 3-IX-16).

Por último, parece tomar distancia de los “aislacionistas domésticos”, en clara referencia a Donald Trump, porque cree que favorecerían el ascenso de China y Rusia. Pero no deja pistas sobre su posición respecto de Hillary Clinton, quien para muchos analistas sería la responsable de llevar al mundo al borde de una guerra en la que podrían utilizarse armas nucleares.

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