Plebiscito y emociones.

07:23:00

La legitimación y refrendación de los acuerdos de paz pactados en la Mesa de diálogos de La Habana, no es un asunto de discursos, narrativas y pedagogías imposibles y tóxicas.

Por: Horacio Duque Giraldo

Ganar el apoyo del pueblo para la paz y la vida tiene que ver más con una interpelación sincera de las emociones, los afectos, los cuerpos, los hábitos y de la multitud.

Aunque no es tan evidente para muchos, en la apertura democrática propiciada por el proceso de paz hay una intensa confrontación para la constitución de una nueva hegemonía nacional y popular. El Plebiscito no es ajeno a dicha dinámica.

Todo pareciera indicar que el discurso y las narrativas podrían ser el centro de la disputa entre el SI y el No en el plebiscito por la paz que se realizara en próximas semanas. Para que triunfe el SI se necesitan buenas narrativas repetidas claramente, se sugiere (http://bit.ly/2b8uCe5 ). Es lo que justifica el realce de la pedagogía de la paz y las campañas gubernamentales de propaganda en los medios masivos de comunicación. Todos demandan mayor pedagogía de los acuerdos de La Habana. El pueblo poco conoce de los consensos y permanece indiferente al fin de la guerra, se afirma.

Según Antonio Gramsci, el poder es un centauro: mitad coerción, mitad legitimidad. El Estado mantiene su dominación por medio del consenso de los dominados. Y sólo allí donde no se logra el consenso, se recurre a la represión. El poder, por tanto, no sólo es un asunto de fuerza, sino sobre todo de hegemonía: persuasión, convencimiento, creencia, seducción. En este enfoque, la lucha ideológica se vuelve fundamental: deslegitimar la explicación dominante del mundo, provocar su descrédito, proponer una nueva explicación (http://bit.ly/2biC3Ah ).

Hegemonía es hoy un concepto de moda en el debate político contemporáneo.

La lucha ideológica se desarrolla ahora en los platós de televisión donde se produce la opinión pública. Se trata de arruinar la legitimidad del relato que protegía al régimen de la violencia y ofrecer una nueva explicación y un nuevo pacto social de paz que se gane el consenso de la “mayoría social”.

Pero la cosa planteada en estos términos no es tan obvia, ni suficiente.

Para otros el Plebiscito es una cita ciudadana en la que florecen mil posibilidades para saturar la atmósfera política con los imaginarios de generosidad y de progreso, asociados con una paz negociada.

El punto clave para estas posibilidades radica precisamente en el hecho de si la firma de los acuerdos va a estar rodeada de sentimientos, simbolizables en representaciones positivas. A partir de las cuales llegue a levantarse una ola duradera de actitudes y percepciones esperanzadoras. En el sentido de que, en alguna medida, la vida puede ser mejor para los colombianos. De que sean posibles –como ya se está demostrando- una disminución sensible de la violencia; y no tantos miedos creados; y menores rencores de nivel subalterno.

En principio, la misma firma de la paz debiera traer una inmediata reorientación en las actitudes, las que ahora serían más favorables a consignar el SÍ respecto del Acuerdo. Que este flujo de nuevas reacciones en los individuos no se disipe pronto, dependerá de la eficacia simbólica con las que las fuerzas de la paz enfrenten la coyuntura (http://bit.ly/2aiBIx2 ).

La trascendencia de las emociones.

Colocados en este plano, las emociones se tornan esenciales en la movilización popular en favor de la paz y la vida. El odio, el miedo, la vergüenza, la esperanza son otros referentes en lo que se sugiere como un modelo post hegemónico.

Las emociones, los afectos, los cuerpos, los hábitos y la multitud serán elementos claves para alcanzar el consentimiento de los colombianos en el Plebiscito que se realizara para validar la paz. No todo será oratoria espectacular ni frases de cajón llenas de ridiculez.

Hay que entender que la clave del cambio social por la paz, hoy, no es solo la ideología, sino las emociones, los cuerpos, los afectos y los hábitos.

Hay que considerar que las emociones están presentes en todas las fases y aspectos de la movilización social; motivan a los individuos, se generan en la multitud, se expresan retóricamente y dan forma a los objetivos manifiestos y latentes de los movimientos. Las emociones pueden ser medios, también fines, y otras veces fusionan ambos; pueden favorecer o dificultar los esfuerzos de movilización, las estrategias y el éxito de los movimientos. La cooperación y la acción colectiva siempre han ofrecido la oportunidad de pensar la acción social de una forma más integral; el retorno de las emociones es la última fuente de inspiración para ello.

Durante las dos últimas décadas el péndulo intelectual ha oscilado desde las teorías estructurales hacia las teorías culturales sobre los movimientos sociales. Estas incluyen la motivación para la acción, el sentido de los acontecimientos para los participantes políticos, los dilemas estratégicos y procesos de toma de decisiones, y la necesidad de una teoría de la acción que complemente la teoría del contexto estructural desarrollada en los 70’s y 80’s. Prácticamente todos los modelos culturales y los conceptos usados hoy (por ejemplo: marcos, identidades, narrativas) estarían mal encuadrados si no admitieran explícitos mecanismos causales de tipo emocional. Aunque, sin embargo pocos de ellos efectivamente lo hacen.

Las emociones representan una forma de tratamiento de la información, a veces más veloz que nuestra mente consciente.

J. Beasley-Murray ha cuestionado la prelación del discurso en la constitución del orden social y la comprensión 'discursivista' de la hegemonía, muy basada en la capacidad de articulación comunicativa de los intelectuales. Y no sólo. A partir de un minucioso acercamiento a los movimientos políticos latinoamericanos del siglo XX (el peronismo, los movimientos de liberación nacional, etc.), propone otra lectura de lo que hace y deshace el orden de las cosas, de lo que sostiene la dominación y de lo que anima la protesta y rebelión (http://bit.ly/2baPPYi ).

Esa idea (de que "la ideología es el principal campo de batalla") implica que la tarea política más urgente es la de educar a la gente, mostrarles que las cosas no son cómo aparecen. Por eso los proyectos de hegemonía son siempre esencialmente proyectos pedagógicos y la teoría de la hegemonía otorga tantísima importancia y centralidad a los intelectuales. Es un error histórico de la izquierda dogmática y del liberalismo anacronico.

Más allá de la condescendencia implícita, lo que presupone esta actitud es que lo que cuenta en el fondo es la opinión y el saber. En ese sentido no se puede menos que estar de acuerdo con lo que dice Slavoj Zizek: en general, la gente ya sabe, sabe que el trabajo es una esclavitud, sabe que los políticos son unos mentirosos y los banqueros unos ladrones, que el dinero es una mierda y los ricos no lo son por una virtud propia, que la democracia liberal es un fraude y que el estado reprime más que libera, etc. Todo eso es parte del sentido común actual. Y aun así, cínicamente, actuamos como si estas ficciones fueran verdaderas.

Lo cual sugiere que la “lucha ideológica”, no sólo no tiene la centralidad que tenía antes, sino que en realidad nunca la tuvo. La lucha por la hegemonía siempre funcionó como una distracción o una cortina de humo que oscurecía poderes y luchas más fundamentales.

Sin embargo, la política no tiene tanto que ver con la ideología, como con la disposición de los cuerpos, su organización y potencias.

Para entender esto, se proponen los conceptos de afecto, hábito y multitud.

Afecto.

Un afecto es el índice de la potencia de un cuerpo y del encuentro entre cuerpos. Cuanta más potencia tiene un cuerpo, más afectividad tiene, es decir, más capacidad para afectar y ser afectado. A la vez, los encuentros entre cuerpos se pueden dividir en buenos y malos encuentros: los buenos son los que aumentan la potencia de un cuerpo y se caracterizan por la producción de afectos positivos (como la alegría); los malos son los que disminuyen la potencia de cuerpo y se distinguen por la presencia de afectos negativos (como la tristeza). Deleuze hace una distinción importante entre afecto y emoción: mientras que el sentimiento es privado y personal, el afecto es una intensidad impersonal, colectiva.

Habito.

En segundo lugar, el hábito es un concepto elaborado por Bourdieu. Se pueden pensar los hábitos como “afectos congelados”. Son los encuentros cotidianos, rutinarios, de los cuerpos, sobre los cuales ni siquiera pensamos la mayor parte del tiempo, hasta el punto de que son casi completamente inconscientes. Son disposiciones corporales e inconscientes. Pero, a pesar o quizá gracias a esto, los hábitos tienen sus propias potencias. Y podemos diferenciar también entre hábitos buenos (por ejemplo, los que ayudan a constituir lo común, la comunidad) y hábitos malos (los auto-destructivos, los que nos restan potencias).

Multitud.

Por último, está la multitud (Negri) como el afecto en acción. Una red de cuerpos en conexión.

En términos abstractos, pero al mismo tiempo muy concretos y materiales, hay que pensar la política, no tanto como la misión de educar a los demás y explicarles cómo son las cosas, sino como el arte de facilitar encuentros y formar hábitos que construyan cuerpos colectivos más potentes (multitudes). De construir otras formas de sincronizar y orquestar cuerpos y ritmos; otras lógicas prácticas y encarnadas. No nos conformamos con el capitalismo porque nos convenza una trama ideológica súper-coherente y persuasiva, sino por los afectos y los hábitos (como el consumo, etc.).

Una lectura más cuidadosa del fenómeno peronista, por ejemplo, muestra que su éxito, cuando lo hubo, vino precisamente de su capacidad para movilizar y desmovilizar cuerpos -en la plaza, en las urnas- y de convertirse en hábito.

Claro está que una lectura equivocada de un razonamiento posthegemonico sugiere que el lenguaje no cuenta. Pero es obvio que un discurso (en el sentido de un discurso político, pero también de una conversación entre amigos, un eslogan gritado en una manifestación, un libro leído en una biblioteca, etc.) puede ser un acontecimiento y tocar los cuerpos.

Pero, según Deleuze, Félix Guattari o Michel Foucault, no se explica un texto a través de lo que representa o significa, sino del modo en que funciona.

Lo más interesante está en otro lado o por debajo, en el discurso como forma de organizar y sincronizar la intuición, el instinto y el afecto.

No hay que poner mucha fe en el proceso de enseñanza. Como dijo Freud, la pedagogía, por su propia naturaleza, es una de las “profesiones imposibles”.

Está claro que la enseñanza y el aprendizaje dependen muchísimo de los afectos: desde la humillación ritual de estudiante que carece de “capital cultural” hasta las posibilidades de transformación que promete el profesor apasionado.

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