La paz democrática y los subalternos en Colombia.

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Desde el 24 de agosto, la ciudadanía fue notificada, y la nación también que concluyeron en La Habana las negociaciones de paz, y que han acordado todo, para que los Acuerdos vivan la suerte del Plebiscito, que será el segundo que se celebre después de transcurridos 59 años, en los que se alcanzó a madurar un proceso de pacificación muy precario.

Por: Miguel Angel Herrera Zgaib / Semanario Caja de Herramientas.

Ad portas del 3 de octubre

El odio que es vencido enteramente por el amor, en amor se trueca. Baruch Spinoza, Ética, proposición 44.

La persona singular ha de entender ante todo que la paz no podrá brotar del cansancio. También el miedo contribuye a la guerra y a la prolongación de la guerra...La persona singular se parece así a la luz, que, al encenderse, vence en su parte a la oscuridad. Ernst Jünger. La paz, 1941-1944, p. 54.

Desde el 24 de agosto, la ciudadanía fue notificada, y la nación también que concluyeron en La Habana las negociaciones de paz, y que han acordado todo, para que los Acuerdos vivan la suerte del Plebiscito, que será el segundo que se celebre después de transcurridos 59 años, en los que se alcanzó a madurar un proceso de pacificación muy precario.

Hemos sostenido desde hace casi un quinquenio, que queremos la paz democrática, pero se trata, con Spinoza, de la acción que termina la guerra. Y desde el tercer Seminario Internacional A. Gramsci, llamamos a todos a unirse en tal empeño. Tuvimos aquella vez las vocerías de dos ex combatientes, Yezid Arteta y Felipe Torres, quienes desde Barcelona, enviaron sus ponencias, que leímos y publicamos luego en libro.

Del Davis a La Habana

“Los liberales imaginaban que los guerrilleros dirigidos por los comunistas eran parte integrante de su organización política, con la diferencia que mantenían mejor disciplina, alta moral y clara perspectiva política y militar…Esto los llevó a olvidarse de las diferencias ideológicas por algún tiempo, nutriéndose de sus métodos de organización y su táctica miltiar…”

Manuel Marulanda V., El Davis, en: Cuadernos de campaña, p. 45.

De entonces –a ahora– no solamente ha corrido agua bastante bajo los puentes sino profusa tinta, que no siempre ha sido clara al interpretar la vocería en esas materias de un subalterno insurgente, Manuel Marulanda Vélez, el campesino de Génova, quien se levantó con los gaitanistas y se curtió en la bestial empresa de matar y morir por una causa. Y después, cuando se reclamaba humanizar la guerra, él insistió en que de lo que se trataba era de terminarla.

Pues bien, muerto de muerte natural, “Tirofijo”, dejó la tarea en un avezado discípulo, Alfonso Cano, un hijo, en parte, de las aulas universitarias, de la Universidad Nacional para más veras. Allí cursó sin llegar a graduarse, Antropología, porque se dispuso a hacerla praxis, del modo como entonces lo entendieron tantos jóvenes, hijos de la violencia y del Frente nacional, que la continuó y maduró en las ciudades y campos con la figura del estado de excepción, empleado por el bloque de poder bipartidista, que la usó hasta que “le supo a cacho”.

Hace algo más de cinco años, cuando era el comandante de las Farc-EP, Alfonso seguía insistiendo en darle curso a la paz. Hasta que encontró, luego de resistir la operación de liquidación lanzada por el líder de la seguridad democrática, una nueva vocería e interlocución eficaz y calculada de quien era el ministro de defensa, Juan Manuel Santos, con el beneplácito silencioso del gobierno estadounidense presidido por Barack Obama, ya suficientemente atareado con la hoguera del Medio Oriente, a la que tanto petróleo y bombas han insuflado.

Y Alfonso no fue el primero, sino quizás el cuarto en una cadena de muertes de jóvenes notables, empezando por recordar a Antonio Larrotta, ex alumno de la Javeriana, cruelmente asesinado y traicionado por uno de sus “compañeros” de viaje; luego vino Camilo Torres, ex alumno de Derecho en la Universidad Nacional, de la cual se retiró para comprometerse con la doctrina social de la Iglesia Católica, y fue a parar a Lovaina en esa peregrinación que terminó en el combate de Patio Cemento.

Después, en la senda de la paz subalterna prosiguió en la tarea de reinventar a Colombia, otro joven, Alfonso Cano, quien murió, fue asesinado, cobardemente, en el intento, como lo denunció un monseñor de la Iglesia católica a pocos días del vergonzoso insuceso. Pero, quien lo reemplazó, Timoleón Jiménez, ha cumplido el compromiso de terminar la guerra cuyo llamado inaugural hizo otro guerrillero, quien liberal en sus orígenes encarnó en la resistencia, primero, todas las demandas por la autonomía integral en cabeza de las irredentas masas campesinas.

Claro, en el camino de estas luchas han quedado todavía cautivos muchos presos políticos, y acciones de guerra y retaliación que exigen responsables, y reclaman verdad, de parte y parte. Por supuesto, intelectuales que sufren y sufrieron persecuciones hasta el día de hoy.

Tal es el caso de Miguel Ángel Beltrán, un profesor e investigador de sociología, quien fue condenado a prisión, con fundamento en las investigaciones hechas por la Procuraduría en cabeza de Alejandro Ordóñez, de otra parte, un obsecuente defensor de figuras de la corriente política reaccionaria, de la que son emblemáticos los casos del coronel Plazas Vega y el magistrado Jorge Pretelt, quien afronta un impeachment ante el Congreso, por graves indicios de hacer de la justicia una vulgar mercancía.

El laberinto de la Paz

“El señor presidente me ha pedido el favor que lo ayude en el plebiscito…y claro está”. Germán Vargas Lleras, vicepresidente de Colombia.

Con los antecedentes sumarios que cité y recordé brevemente, en Colombia, no hay una, sino tres maneras de hacer realidad la paz, tal parece. A ellas, con manifiesto interés de pedagogía política, las clasificamos en el grupo Presidencialismo y participación, en reaccionaria, cuyo portaestandarte es Álvaro Uribe, la neoliberal, con Juampa, y la subalterna, que no puede no ser, democrática que va más allá del plebiscito, que es el mínimo del ejercicio participativo establecido por la democracia liberal.

Dicho lo cual, ahora se trata de votar positivamente el plebiscito, que fue la vía escogida por los antagonistas en la primera línea de la guerra civil. Después con contenida timidez se han acercado, y fueron escuchados por los guerreros diversos y representativos grupos subalternos, quienes viajaron en peregrinación a La Habana.

Para los que no, y los que volvieron de Cuba con mayor lucidez y comprensión, se trata de preparar, desde ya, las Escuelas de Autogestión de lo Común, que avanzarán en las tareas de la paz democrática, que es la única duradera. Ello supone hacer realidad, consolidar autónomamente las acciones propias, adecuadas que se materializan en la Constituyente Social, un proceso de autonomía integral en sí mismo, con conducción plural de los subalternos.

Esta campaña cívica y cultural; esta efectiva avanzada democrática, luego de un cuarto de siglo, concita el quehacer de la multitud ciudadana, en su pluralidad equipotente, para realizar el efectivo desmonte de todos los privilegios reforzados y ampliados desde los tiempos coloniales en Colombia, contra los que se levantaron desde entonces, tanto los pueblos originarios, como los cimarrones, y los comuneros, sacrificados a las puertas de Santafé de Bogotá, por la traición orquestada por un prelado de la Iglesia Católica, apostólica y romana.

La abolición de todos los privilegios como lo promete la Constitución vigente, que señala al Estado social como su promotor, para que conseguir que la “igualdad sea real y efectiva” supone el impulso inclaudicable, fundamental, en simultánea de una reforma intelectual y moral, para poner en acto nuestra mayoría de edad intelectual y política, a lo largo y ancho de la nación, sin cortapisas.

Recordando a Gramsci en acto

“Mi queridísima Yulca:…

¿Recuerdas cuando tuviste que irte del bosque de plata después del mes de vacaciones? Te acompañé hasta el cruce con el camino ancho y me quedé allí largo tiempo viendo cómo te ibas alejando. Acabábamos de conocernos, pero yo ya te había hecho algunos desaires…había canturreado para ti cuando salen los búhos y había sentido la electricidad de los gatos cuando tú tocabas Beethoven.” En la cárcel, Milán, 18 de abril de 1927, en Cartas a Yulca. Crítica. Barcelona, (1989, PP.: 128 – 29).

Para la tarea de la paz democrática, como la entendía Estanislao Zuleta, cuando conversó con la guerrillerada en Los Robles, demandamos, entre otras, la presencia de vidas de colombianos singulares, como lo son el maestro de Sandoná, Gustavo Moncayo, quien atravesó 7 departamentos, reclamando sin pausa pero con prisa, el fin de la guerra, y la libertad para su hijo.

La pedagogía irrenunciable de defensa de la paz para los territorios que se expresa en la recia persona de Feliciano Valencia, igualmente confinado en su propia comunidad hasta hoy en día, por oponerse a la guerra civil interna que ha azotado a los pueblos indígenas del Cauca, Nariño y Tierradentro.

Por supuesto, requerimos también la libertad del profesor Miguel Ángel Beltrán, quien dentro y fuera del país, en la Nacional, en Flacso, la Unam y otras instituciones no claudicó en su función ejemplar de disentir contra viento y marea; en rebeldía contra la guerra, del lado de los muchos, a riesgo de ser tildado, señalado y condenado, por los tiranos de ocasión, como participante con la causa de la insurgencia guerrillera.

En este caso, incluso, hemos visto cómo brillantes intelectuales de la Universidad Nacional han perdido el rumbo, confundidos, las amarras de la ética, para naufragar en una moral de ocasión, acomodaticia. Dándole paso a la tristeza en lugar de a la alegría, en lugar de examinar la producción intelectual de su colega, han llegado hasta la desfachatez, uno de ellos, endilgar a los defensores de la libertad de cátedra, de pensamiento, en últimas de disentir.

Un colega dijo que a Beltrán quieren convertirlo en un Gramsci, para pedir su salida de prisión. Claro que queremos su salida, pero, no al modo como ocurrió con Antonio, en las cárceles fascistas, de las que salió tan maltrecho físicamente, que al poco tiempo falleció.

Otro más inculto aún, líder visible de la paz reaccionaria, el ex presidente anterior, en una intervención pública, ni siquiera fue apto para pronunciar con corrección el nombre de Gramsci. Álvaro, egresado de la U. de Antioquia, visitante de Oxford y Harvard, metido en la disputa medioeval por la sexualidad de la que es vocero, para lo que no cuentan los hallazgos de Sigmund Freud tampoco, acusó a Gramsci de ser destructor de la familia.

Citó como prueba para su aserto los comentarios hechos por una publicación de la ultraderecha conservadora chilena, sin el más mínimo empacho, o pasión por la verdad. En un ejercicio de supina ignorancia. Le hubiera bastado, a este profeta de la muerte, con repasar las Cartas de la cárcel, para descubrir en su contradictor de ocasión, Antonio Gramsci, el padre que fue estando encarcelado. La atención que profesaba a sus dos hijos, quienes, por supuesto, no estaban dedicados a sacar provecho de las gabelas del poder político para hacer jugosos negocios en las goteras del Palacio de Nariño.

Mayoría de edad y Autonomía en el mundo

“El mal no puede ser conocido más que como idea mutilada o inadecuada”. B. Spinoza.

“La libertad y el despotismo existen siempre al mismo tiempo. Son, desde los comienzos, dos posibilidades que se adueñan tanto de los hombres como de los pueblos. En su alternancia y en su penetración recíproca continúa tejiéndose el tema de la historia del mundo”. E. Jünger, El nudo gordiano, 1953.

“Los grandes estados, a condición que sean razonables, no se entregarán a una guerra a muerte. Pero si los filósofos han calificado a menudo al Hombre como un ser razonable, raramente han aplicado ese calificativo con la misma seguridad a la historia de los hombres”. Raymond Aron. Prefacio a Paz y guerra entre naciones. Brannay, julio de 1966.

Una vez ganada la estrecha puerta del plebiscito, repitiendo la gran lección democrática dada por los chilenos, cuando pusieron en su lugar las pretensiones de otro tirano, Augusto Pinochet y su corte, corresponde a nosotros avanzar, por las amplias avenidas que evocó Allende antes de morir.

En la dirección de la autonomía integral, de la construcción de una dirección, un consenso, alegres pero nada ingenuos, tenemos que caminar globalmente. Por fin, realizando la democracia sin exclusiones ni discriminaciones, en la disputa hegemónica, en otra dirección, anticapitalista, y más allá. Contra reaccionarios y neoliberales, quienes hacen del culto reverente a la mercancía y a la exclusión sus dioses en la tierra; y quienes que el reino del capital durará mil años.

Lo que requerimos, por supuesto, con el concurso del mundo, es poner en acto, en la praxis. No imponer como es la costumbre tanática. Sino liberar la potencia constituyente, la fuerza del derecho de todos y cada uno; la alegría de una nueva vida. Es la oportunidad de una inmensa fiesta de pluralidad, diversidad, alegría.

Reinventar a Colombia, sin tapujos, miedos o chantajes. A propósito, conviene compartir el pensamiento de Benedicto Spinoza, quien señalaba en su discreto aislamiento que las tristezas no son nunca buenas, porque no nos ayudan a comprender. Según él, conocer y actuar es lo mismo, porque “toda idea adecuada es un esquema de acción y toda acción es la expresión de una idea”. (Ver Maite Larraui, La Felicidad según Spinoza. Tandem ediciones. Valencia, 2003, p. 64)

Así corresponde, colocar en sus justos términos a los tiranos, los sacerdotes y los esclavos del antiguo orden, que no quieren hacerse a un lado.

Comprender esta acción estratégica requiere del pensamiento de ruptura, que revolucione en composición el sentido común de la multitud que resiste por todos los medios.

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