El fetiche del movimiento y el prejuicio a la institución.

08:11:00

La tensión entre el movimiento y la institución plantea una discusión que tiene plena vigencia, es la continuación política y práctica de aquella vieja relación entre el cambio y la permanencia que ha constituido un núcleo problemático para la humanidad.

Por: Manuel Azuaje Reverón / Alainet

Después de 1992, cuando se intentó sepultar al marxismo política, epistémica y prácticamente, la hegemonía se ha favorecido al movimiento contra el partido, el acontecimiento contra el hecho histórico, la espontaneidad frente a la organización. Se trata del eje central del relato posmoderno.

En libro de 1975 El hombre tiene razón para rebelarse, se recoge la discusión sostenida entre Jean Paul Sarte y los jóvenes militantes Pierre Víctor y Philippe Gavi. En medio de la discusión sobre la relación entre Sartre y el partido comunista francés, Gavi comenta lo siguiente:

“Cada uno de nosotros está compartido por dos deseos, el deseo de aceptar, de soportar, y el deseo de no aceptar, de rehusar; las presiones exteriores nos fuerzan a soportar, pero el deseo contrario se desarrolla al mismo tiempo, hasta un momento en que, habiéndose grandemente agudizado, por una razón u otra, lo más a menudo muy anodina, muy trivial, hay una explosión y un rechazo a aceptar (…) Lo institución sirve para bloquear el deseo de la gente de realizar algo hoy mismo, ahora. Para eso, ella interioriza el deseo de cambio, se sustituye en él, es el cambio. Esta sustitución es trivial. ¿Cuántas parejas se aman? Muy pocas. Pero los vínculos amorosos son sustituidos por todo un aparato, una ceremonia: las bodas, el matrimonio, el banquete, y de nuevo las bodas, de plata, de oro, las comidas del domingo.”

A partir de esa visión, el “devenir movimiento” pasa a “devenir institución” por medio de una castración, ahí vale la pena recordar a Hegel, por aquello del paso de lo negativo a positivo. Sin embargo, para el filósofo alemán la relación era dialéctica; necesaria y complementaria. Ahora es un trauma. ¿Puede el movimiento relacionarse con la institución de una manera que no sea traumática? ¿La institución es un muro que detiene el movimiento o más bien una piedra en su camino, que éste rodea sin detenerse y modifica con el pasar del tiempo? ¿Qué puede lograr el movimiento que nunca deviene institución?

Han pasado 40 años de esa conversación con Sartre, al caer cuenta de eso parece que ahora el movimiento también es una institución. En la izquierda los movimientos han pasado a sustituir a los partidos y también terminan bloqueando el deseo de acción inmediata, porque ya no hay en ellos la innovación post mayo francés. Lo que respondió a determinado momento histórico, a pesar de que fue relatado como un acontecimiento, tuvo anclajes específicos en un contexto y si bien tocó los cimientos sociales, lo hizo por muy poco tiempo.

El movimiento, anti jerárquico, horizontal, espontáneo en sus planteamiento, crítico de la construcción de agendas, ha tenido sus última expresión teórica en “la multitud” de Antonio Negri y Michael Hart, indiferenciada, heterogénea, deslocalizada y descontextualizada. Un pliegue de relaciones dinámicas en constante cambio. Pero así como su surgimiento respondió a determinado contexto histórico europeo, el desarrollo de los hechos demostró la capacidad del capitalismo para subsumir estos planteamientos, incorporar no sólo las demandas sino la formas del movimiento, para vaciarlo de su posible potencia transformadora.

En América Latina los movimientos tienen su propia historia, de acuerdo a las relaciones sociales que se han desarrollado en estas latitudes, pero por nuestra condición colonial, la relación con Europa siempre está presente. Las ideas que vienen desde la vanguardia política e intelectual europea tienen su resonancia en este continente. Nuestros grandes movimientos tienen décadas y en buena medida también han devenido institución, alcanzando un paralelismo con el papel de los partidos.

En el Sur, la relación entre el movimiento y la institución también es vista como trauma, lo cual se evidencia en el discurso y en las tensiones que han producido las últimas décadas de transformaciones. El movimiento como eslogan, como pancarta, simplificando la militancia a una moda, cumple la misma tarea de la institución como refugio para la acción, sublimando la potencialidad de las subjetividades. Sin embargo, los partidos no han dejado de ser una figura vigente, las instituciones y los procesos de transformación desde ella.

Hay que superar el maniqueísmo, hacer uso de la dialéctica para entender esta relación de manera complementaria y necesaria. Mirando nuestros propios procesos podemos comprender que el relato posmoderno europeo es producto de una situación histórica específica, que no es la nuestra ni tampoco es la única visión teórica nacida de esa situación. Visualicemos nuestras condiciones para despojar del fetiche al movimiento y del prejuicio a la institución.

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