Italia, ¿el nuevo descalabro europeo?

06:07:00

La foto de portada de The Economist del 9 de julio representa un autobús en precarísimo equilibrio al borde del abismo.

Por: Giancarlo Santalmassi / CTXT

Rojo en la parte de atrás, suspendido en el vacío y con la puerta trasera abierta, blanco en el centro con un cartel en el que dice ‘Banca’ (en italiano), y verde en la parte delantera: es decir, la bandera tricolor. El autobús está vacío. Lo conduce Matteo Renzi, que mira preocupado hacia atrás.

Pero ¿qué le pasa a la banca italiana? Pasa que con los 200.000 millones de créditos dudosos y, a medida que Basilea I, II y III han ido estrechando los criterios para hacer que el sistema sea más estable, los bancos se han convertido en el objetivo de una salvaje especulación.

No sin motivos, está claro. La imponente deuda pública (132,6% del PIB), la inexistente revisión del gasto y, sobre todo, los casos del Monte dei Paschi (el banco más antiguo del mundo, creado en Siena 20 años antes del descubrimiento de América y condenado en Milán, después de que el proceso fuera archivado precisamente en Siena) y de la Banca Popolare di Vicenza (que en 2014 colocó títulos a 62 euros a pequeños inversores, y año y medio después cotizaban a un céntimo), comprometen a Italia.

Pero, ¿es sólo un problema italiano? Los primeros bancos en caer durante este principio de siglo han sido americanos y británicos --Royal Bank of Scotland (RBS), después de la crisis estadounidense de las subprime-- y esta semana el FMI ha advertido que el Deutsche Bank es una bomba amenazadora por la cantidad de derivados que posee.

Después ha llegado el Brexit ¿Quizá después de la decapitación de los líderes británicos tras un referéndum realizado sin reglas y sin saber prácticamente de qué se trataba o qué consecuencias tendría, era necesario encontrar un enemigo externo? Dicho y hecho: Italia y sus bancos.

De antemano hay que decir que la percepción de la “crisis” se produce por el desastroso rendimiento que muestran las acciones de los principales bancos italianos tras el Brexit, sin que se haya deteriorado más la situación de los créditos dudosos: si a mediados de junio los NPL (Non Performing Loans: créditos cuya recuperación es incierta por el plazo de devolución o por la cantidad del principal) se vendían a mejor precio del esperado, como confirmó el gobernador del Banco de Italia, Iganzio Visco hace un mes, es probable que la caída del precio de las acciones de los bancos se deba al caso típico de la ‘reflexividad’ de Soros --que especuló sobre Italia en la época en la que aún existía la lira--, que favorece a los especuladores y a los potenciales compradores de las mismas.

Esta es la primera razón por la que la cruzada del Gobierno en torno al ‘rescate’ del sistema bancario italiano podría no ser la carta adecuada para jugar en Bruselas y en Berlín.

Hay una segunda. Italia debería aprovechar el efecto Brexit para conseguir un cambio de ruta más relevante de las políticas europeas, que deberían abandonar definitivamente el paradigma de Berlín y apostar por una política expansiva de urgencia, plenamente justificada por la necesidad de atajar la creciente desafección por la UE de los ciudadanos europeos, últimos árbitros del destino del continente.

Tres semanas después del referéndum en Reino Unido, la Comisión se inclina por dar luz verde a un sistema de garantías públicas para la banca italiana. ¿Casualidad? Muy difícil de creer. Ahora solo cabe esperar que la “buena voluntad” generada tras el Brexit sirva para mejorar las condiciones de vida de la gente. A fin de cuentas, en cualquier consulta popular todavía vale el principio sacrosanto de “una persona, un voto”.

Una última consideración. ¡Que levante la mano quien haya tenido ganas y tiempo de leerse entera la BRRD (Bank Recovery and Resolution Directive)! Es la pesada directiva europea, famosa por introducir el llamado Bail-in (en este tipo de rescate, las pérdidas las asumen los acreedores, accionistas, bonistas y depositantes antes de que se destinen fondos públicos). Pero hay que saber que esas reglas no se respetan: ni un solo euro público puede ser destinado a salvar un solo banco europeo. Como sucede a menudo, solo después de aprobar esa norma --que de seguro no se hubiera adoptado con nuestro conocimiento-- hemos entendido las consecuencias. Pero, por fortuna, todavía hay en nuestros ministerios --además de en el Banco de Italia-- quienes leen las normas y reflexionan.

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