Mil tortugas corren al agua

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Las tortugas fueron liberadas por los niños de la vereda La Virgen, quienes aprovecharon para ponerles nombres y mandarlas al agua con un deseo. “Que le vaya bien, Daniela, ojalá no se la coma ningún bicho por allá y vuelva pronto a esta playa cuando sea más grande”, dijo Juan David, de ocho años, sabiendo que sólo una entre mil llegará a ser adulta.

Por: Tatiana Pardo / Blog El Rio.

En la frontera entre los departamentos de Arauca y Vichada, en un punto que ni siquiera figura en los mapas turísticos que regalan a la salida del aeropuerto en Puerto Carreño, se encuentra ubicada la vereda La Virgen. Ahí, sobre las aguas del río Meta, familias intentan proteger una de las especies más amenazadas de Colombia y América del Sur: la tortuga charapa.

En ese lugar, donde la pesca, el contrabando de gasolina y alimentos traídos desde Venezuela, la ganadería extensiva, la siembra de maíz, plátano y yuca, y el tráfico de fauna y flora son las principales actividades económicas, hay que sumar una más: el consumo y comercialización de tortuga, sobre todo en época de Cuaresma y Semana Santa, cuando se vuelve más apetecida.

Los lugareños dicen, por ejemplo, que extraen el aceite de la charapa para la elaboración de cremas que quitan las manchas de la piel, previenen el acné y retrasan los efectos de la vejez, o sea, evitan las arrugas. “Hay que mezclar dos gotas de miel, dos gotas de limón, una pizca de crema dental, una pastilla de amoxicilina y un poquito de aceite. Eso es bendito”, dice Patricia Navarro, orgullosa de tener la receta mágica para una tez firme. Se usa también para reumatismos, problemas respiratorios y luxaciones, además de ser la materia prima de hallacas, tortas, sopas y trozos de carne frita que se comparten entre vecinos.

La vereda La Virgen es habitada por menos de diez familias y en casi todas sus casas hay gallos cacareando y cerdos gruñendo durante el día. Tiene un pequeño parque de madera para los niños y un salón de clases cubierto por tejas que dejan pasar las gotas de lluvia por pequeños agujeros; por lo demás, no tiene acueducto ni alcantarillado, no tiene electricidad, no tiene un centro hospitalario o al menos un botiquín bien dotado por si llegase a ocurrir una urgencia, ni una empresa que genere empleo y les permita a los locales recibir un sueldo fijo, ni buena señal de teléfono para comunicarse, ni un lugar para depositar los residuos sólidos, así que los queman o tiran al río. En otras palabras: cuidar la tortuga charapa no es una prioridad para ellos, pero aun así lo hacen. Están comprometidos con su cuidado.

Gracias al trabajo comunitario que se está haciendo con los habitantes del municipio de Cravo Norte (Arauca) y Nueva Antioquia (Vichada), diez playas están siendo protegidas de inescrupulosos que aprovechan las noches, especialmente entre diciembre y finales de abril, para robar las tortugas hembras que plácidamente salen del agua para anidar. Este mes fueron liberados mil tortuguillos en el río Meta, como muestra del trabajo que se viene haciendo dentro del proyecto Vida Silvestre que coordina la ONG ambiental Wildlife Conservation Society (WCS), es financiado por Ecopetrolla y puesto en marcha por la Fundación Omacha.

La iniciativa consiste en proteger diez especies, el paujil de pico azul, el bagre rayado, la marimonda, el manatí, la danta, el cocodrilo del Orinoco, la tortuga charapa y las especies vegetales congrio, carreto y palma moriche, en los Llanos Orientales y el Magdalena Medio, por su importancia dentro de la cadena alimenticia y por ocupar grandes extensiones de tierra.

En el caso de la charapa, que además es la tortuga de río más grande de Sudamérica, “la comercialización de sus huevos y carne, la sobreexplotación, las embarcaciones que navegan a alta velocidad y las estrellan y matan, así como las inundaciones, las artes de pesca prohibidas, como el chinchorro, y los demás depredadores de agua, tierra y aire, son sus amenazas constantes. Por eso la importancia de contribuir a su conservación, cuidar las áreas donde se reproduce, ayudar a disminuir su consumo y promover la educación ambiental”, explica Sindy Martínez, coordinadora del proyecto de Omacha.

Los huevos de la charapa pueden costar entre $500 y $1.200, dependiendo del lugar y la temporada, pero el problema, según cuenta la gente, incluso la que está metida en el negocio y la consume cada temporada, es que nadie ha sido capaz de regular su comercialización, pese a estar catalogada como “críticamente amenazada” por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

“Ni la Policía, ni el Ejército, ni la Marina pueden controlar la situación porque a veces son ellos mismos quienes quieren comerse unos huevitos o un pedazo de pata, entonces no se esfuerzan por revisar los bongos (embarcaciones típicas de la zona) o vigilar las playas. También es cierto que no han recibido capacitaciones para saber qué hacer con las incautaciones”, cuenta un hombre que prefiere no ser nombrado.

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