La caída de Dilma Rousseff

18:40:00

Sacudida por “el viento de las calles” en forma de manifestaciones multitudinarias, unas veces en contra y otras a su favor, parece inminente el desalojo del cargo de la presidente del Brasil.

Por: Carmen Eugenia Ruano Jiménez / Democracia en la Red.

Sin poder ser acusada de deshonesta porque no lo es, ni de haberse apropiado de dineros públicos, Dilma, quien en los años 70 tuvo aguerrido liderazgo en la lucha armada contra el régimen de los generales golpistas y padeció cárcel y torturas durante su cautiverio, está a punto de ser derrocada por una variopinta coalición parlamentaria integrada por una mayoría absoluta de congresistas corruptos, sindicados de casi todos los delitos descritos en el Código Penal.

La condena de una inocente hará las veces de columna de humo lo suficientemente espesa para que los verdaderos culpables puedan desviar la indignación de las masas hacia otro lado, mientras la vieja clase dirigente, que no había podido derrotar en las urnas al Partido de los Trabajadores, vuelve a reapropiarse de las palancas del poder.

Todo conduce a indicar que la primera mujer en ocupar la más alta magistratura del Estado brasilero va a ser destituida, como lo fue en 1992, Fernando Collor de Mello, como resultado de un proceso de impeachment por corrupción.

Dilma no está siendo cuestionada por haber incurrido en ninguna conducta delictuosa ni por haberse quedado ni siquiera con un céntimo de los más de 100.000 millones de dólares, que se robaron políticos de todas las tendencias- incluido el PT de Lula- del patrimonio de Petrobras, sino por maquillar el déficit, violando normas fiscales, como lo venían haciendo, porque era práctica corriente en instancias nacionales y locales, pero en menor cuantía, los gobiernos que la precedieron.

Aunque fue reelegida con 54.5 millones de votos, con un programa que era la continuidad de las políticas implementadas durante los exitosísimos gobiernos de Lula da Silva, a su sucesora le ha tocado capotear durante su segundo mandato los problemas derivados del estancamiento económico, materializados durante su gestión en el aumento de la pobreza y el desempleo, el fin del auge de las materias primas de exportación y la caída en picada de los precios del petróleo, relacionados todos con la recesión del 2008 que el mundo entero no ha podido superar y que en América latina cortó de tajo los crecimientos sostenidos entre 8% y 9% de casi todos países de la región.

Brasil, que es la séptima economía mundial, dispone de inmensos recursos naturales, es una gran potencia agrícola e industrial y del sector de servicios, venía mostrando señales de agotamiento ya desde 2011 y entró en franca recesión a finales de 2014.

Todo empezó a venirse abajo, se estancó el consumo interno, decrecieron la actividad industrial y las inversiones, el real se depreció, las dificultades presupuestarias se hicieron evidentes, la inflación se descontroló y la incertidumbre política ha venido minando la confianza de los inversores.

La inequidad social volvió a dispararse y las cifras indican que hoy la distribución de la riqueza y el ingreso, no obstante los grandes avances logrados durante el gobierno de Lula, es peor que a comienzos de siglo.

Por añadidura a Brasil, que es la gran fuerza regional, llamada por ello a jalonar el despegue de todo el Continente, las calificadoras de riesgo le propinaron un golpe letal al desmejorarle sustantivamente su grado de inversión.

La popularidad de Dilma se desplomó y salieron a la luz, los sobornos, los negociados y el escándalo de ribetes dantescos de Petrobras, que involucraron al PT y a un gran número de sus socios en la coalición de gobierno.

Entre 2003 y 2010 Dilma Rousseff fungió como presidenta de PETROBRAS, la empresa insignia del Brasil, pero a pesar de ello hasta ahora ninguna investigación la vincula como coautora, determinadora, beneficiaria o partícipe del carnaval de corrupción que se celebró con los recursos provenientes de la mega compañía pública.

También la imagen de Lula Da Silva está en trance de demolición. El PT no tiene vigorosos soportes en las estructuras de mando político, pero cuenta todavía con un inmenso número de adeptos. La opinión hierve y el nivel de polarización en las calles es extremo.

Sin duda la defenestración de la Presidenta, que a pesar de conducirse de manera legal no puede considerarse legítima, constituiría un salto al vacío capaz de provocar irreparables daños a la institucionalidad y a la estabilidad política no solo de la democracia brasilera sino a la de Latinoamérica en su conjunto.

Tanto el vicepresidente Michel Temer, como el presidente de la Cámara de Diputados Alvaro Cunha, quienes estarían llamados a sucederla en caso de remoción, están siendo investigados por hechos de corrupción tan graves que inexorablemente deberán ser destituidos.

Y de ahora en adelante, si a Dilma Rousseff la tumban, cada vez que un presidente elegido democráticamente pierda popularidad, podría verse abocado a sufrir la misma suerte.

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