IU – Podemos: Que no nos une el amor sino el espanto.

05:12:00

El tránsito de Podemos por este laberinto electoral ha tenido por divisa, al margen del postureo televisivo, la cesión en aspectos clave de su propio ideario político. El tacticismo electoral no ha sido solo un método sino que corre el riesgo de convertirse en finalidad.

Por: Eduardo Luque / El Viejo Topo

En el horizonte se alza el espantapájaros electoral. Las élites políticas, los que realmente mandan sin presentarse a elecciones, habían porfiado en un arreglo de última hora para mantener el “statu quo” al menos durante un tiempo. Un paso atrás de Mariano Rajoy habría permitido desbloquear la situación. Pero el personaje que veía su destino político y personal ligado a la presidencia no estaba por la labor. Sólo un auténtico tsunami mediático-económico que implicara directamente al presidente en funciones hubiera permitido forzar el bloqueo.

El tiempo se acaba. Los papeles de Panamá, a pesar de su real insignificancia, mencionan no solamente a personajes de la farándula sino a ministros, exministros o expresidentes autonómicos de uno u otro signo. Nuevamente apuntan al rey Juan Carlos I, a su hermana mayor y a la que fue su barragana durante años, la princesa alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein. Las investigaciones sobre Ausbanc ponen el punto de mira en la corrupción de una parte de la judicatura. Es sin dudarlo un fin de régimen. Es necesario un recambio gatopardiano; cambiarlo todo para que nada cambie.

Los partidos inician los primeros escarceos preelectorales, se dibujan posiciones, se afinan alianzas. Lo imposible se convierte en real, el verbo se hace carne.

Podemos marca el rumbo en esta fase. Ha conseguido una enorme visualización mediática. La apuesta por un referéndum sobre política de alianzas se ha saldado con un notable éxito de Pablo Iglesias, sus casi 150.000 votos supera los 112.070 de la asamblea fundacional en Vistalegre, y por supuesto los 96.062 del PSOE. Pedro Sánchez se ve encorsetado por su propia ejecutiva, que le impuso, como condición para su propia supervivencia política, evitar a cualquier precio un acuerdo con la formación morada. Es casi un paseo de funambulista, un movimiento suicida. Un retroceso electoral del PSOE equivaldría a su muerte política.

La oligarquía financiera y la Unión Europea no están dispuestos a propiciar ningún cambio en su fórmula de dominación. Sus intereses los representaría “la gran coalición”. Por el bando de la derecha, Ciudadanos (utilizando el mismo esquema que Podemos de un populismo, aunque este de derechas) pretende sustituir al PP acosado por la corrupción y cada vez más prescindible aunque tiene un suelo electoral resistente. Por el lado de la izquierda eran los partidos socialdemócratas (PSOE) la apuesta. Es la fuerza que más puede perder en las nuevas elecciones.

Hasta ahora el esquema izquierda-derecha con apoyo puntual de los nacionalismos ha funcionado de forma eficiente. La descomposición de los dos partidos clave propicia nuevas recolocaciones. Tanto la antigua derecha como la izquierda han de reinventarse. Han de pasar más tarde o más temprano por el cedazo electoral. En el lado derecho el proceso está más avanzado. En el lado izquierdo aún está por decidirse. Esta izquierda nueva, Podemos, ha dejado de dar miedo a las fuerzas dominantes, especialmente después del caso griego. La carrera hacia las elecciones está marcada por las cesiones electorales de la fuerza morada en un intento de hacerse creíble y deseable. Las negociaciones con el PSOE-Ciudadanos han sido un continuo postureo televisivo. Nadie ignoraba que desde Bruselas y Washington se había vetado, en este tiempo político concreto, esa propuesta; los que mandan realmente deseaban una alianza política más amplia donde se subordinara a la formación morada y se excluyera a IU. Las nuevas elecciones obligarán a los grupos dominantes a explorar otras alternativas.

En este contexto las cesiones ideológicas o programáticas de Podemos nunca serán suficientes; aunque el eslogan “la casta” haya sido sustituido por los piropos a la familia Botín y al Banco de Santander por su contribución al “bienestar social”, aunque la Renta básica garantizada haya desaparecido del programa, o se renuncie a fiscalizar la deuda ilegítima de Ayuntamientos y CCAA, o la línea roja del referéndum en Catalunya quedara finalmente en una especie de limbo de los justos y futuro elemento de negociación política. Nada de ello será suficiente porque el objetivo de la clase dominante es aniquilar toda esperanza de cambio y extender el bálsamo de la resignación…

El tránsito de Podemos por este laberinto electoral ha tenido por divisa, al margen del postureo televisivo, la cesión en aspectos clave de su propio ideario político. El tacticismo electoral no ha sido solo un método sino que corre el riesgo de convertirse en finalidad. El objetivo es ocupar las instituciones bajo la equívoca teoría de que representan el poder. La experiencia brasileña o venezolana enseña que el control del poder político va mucho más allá del dominio de los engranajes institucionales. Lo escribía Eric Toussaint en 2009 cuando publicaba “La izquierda llega al gobierno pero no tiene el poder”. En 2010, en Lima, un alto dirigente del PT de Brasil lo resumía de forma sucinta: controlar el gobierno no es tener el poder. Venezuela, Brasil, Grecia, Syriza y Tsipras son los ejemplos más inmediatos y sangrantse.

La táctica de Podemos es hacerse con sectores descontentos del PSOE (ofreciendo un perfil nuevo, moderno y moderado). Al mismo tiempo se pretendía laminar a los sectores más radicales de IU, se creía que los votos de esta organización eran suyos “per se”. Las elecciones mostraron la debilidad de IU, que conseguía únicamente dos diputados, otros tres estaban incluidos en fórmulas de convergencia. El sistema electoral español impedía que los 920.000 votos obtenidos se convirtieran en 14 diputados.

Las maniobras de Podemos y la oposición del PP y C’s impidieron que IU formara grupo parlamentario propio. El objetivo político parecía claro, enviar a IU al limbo de grupo mixto, como así sucedió, e intentar la invisibilidad de esta organización. Se mostraban así los límites de la formación morada. La base teórica fue diseñada por Errejón, los significantes vacíos de la teoría de Laclau eran la nueva piedra Rossetta. En ese esquema obviamente desaparecían las referencias a la lucha de clases e incluso las apelaciones a izquierda/derecha. Podemos debía beber de todas las fuentes. La supresión de toda referencia a la izquierda y su sustitución por un nuevo lema –“No somos de derechas ni de izquierdas, somos los de abajo y vamos a por los de arriba”– es clarificador.

Se pretendía ocupar la centralidad política. Era preciso abarcar un amplio espectro social supuestamente transversal y por definición muy poco politizado. El objetivo era vehicular electoralmente el malestar social. La falta de conexión con el movimiento obrero o lo que queda de él era y sigue siendo una de sus debilidades. La propia biografía de sus dirigentes, como la de Pablo Echenique, que reconocía públicamente su apoliticismo anterior, su militancia en Ciudadanos y su apoyo a la invasión de Irak es un ejemplo, uno más, de esa transversalidad ideológica. Se ejemplariza así una de las características fundamentales de Podemos en este proceso, la incorporación de grandes grupos sociales, muchos de ellos muy despolitizados, a la acción social, aunque ésta sea más simbólica que real.

El sujeto político del que se reclama portavoz Podemos, al contener intereses sociales no definidos y en ocasiones contradictorios, no puede plantear un frente común con objetivos claros de movilización y conquista de derechos políticos sino apelaciones al voto o a todo lo que sirva para captarlo. Lo que cuadra con ese espacio político es la indefinición, la ambigüedad del discurso y la reducción de los antagonismos de clase en su seno. Se evidencia como consecuencia un problema que aún está larvado. Su debilidad orgánica derivada de la falta de un marco ideológico que pueda cohesionarla. En el interior de Podemos existen muchos Podemos diferentes, algunos, como hemos indicado, contrapuestos entre sí. Las crisis en Cataluña, Galicia, Extremadura, Castilla, Andalucía, Madrid… son algunas de sus manifestaciones. Así coexisten cuadros políticos que provienen de la militancia comunista y de la lucha en los movimientos sociales, con grupos sin experiencia política pero con una voluntad, aún difusa, de transformación, y los inevitables arribistas. Las crisis a las que hemos hecho referencia no sólo son fruto de un crecimiento muy rápido como intentan explicar los dirigentes estatales, sino resultado de lo que venimos diciendo. Hasta ahora los conflictos los ha paliado el uso de la “dedocracia”. Eso entraña un enorme riesgo para el futuro, la dependencia casi absoluta del partido respecto del grupo de dirigentes “carismáticos”, lo que Laclau define como hiperliderismo. Por otra parte, la construcción de ese nuevo modelo político, el denominado populismo, tiene sesgos peligrosos. Se construye un sujeto político impreciso, vinculado a través de las emociones, pero capaz de transitar sin solución de continuidad desde la izquierda a derecha, a no ser que se produzca un cambio cualitativo de conciencia. Otra consecuencia no deseable está en ciernes, al basar el crecimiento organizativo en la liberación de cargos orgánicos y políticos; se abriría la puerta a la generación de redes clientelares asimilables a la de los partidos clásicos. Cabría preguntarse, en esa coyuntura, si realmente Podemos buscaría militantes o simples votantes.

El período preelectoral anterior al 20-D vino marcado en el campo de la izquierda por la necesidad de ningunear la aportación de IU en el nuevo escenario político. Se pretendía, pura y dura, la absorción de esa fuerza política por varias vías: la primera, la cooptación de sus dirigentes más carismáticos, mientras algunas y algunos líderes juraban y perjuraban que nunca entrarían en Podemos; quizás negociaban bajo la mesa su puesto en las listas electorales de la formación morada. La segunda: se creía que la propia inercia electoral, el voto útil, acabaría por desfondar a la organización. Las declaraciones del ahora defenestrado Juan Carlos Monedero donde decía que Podemos no iba a ser “la UCI de ningún partido del régimen del 78” iba en ese camino. Evidentemente, la negociación desde el 20D hasta el momento ha ido en dirección contraria. Se estaba dispuesto a salvar al PSOE y a los partidos nacionalistas que habían sostenido durante décadas al régimen del 78 pero no a fuerzas claramente de izquierdas. Por último la negativa a visualizar la candidatura de Izquierda Unida en la contienda electoral pretendía obviar la aportación de esta fuerza política.

referéndum sobre política de alianzas promovido para sus votantes por Podemos dibuja varias conclusiones; apuntamos dos: la primera, una cierta disensión entre la cúpula dirigente que había insistido en la negativa de construir una alianza por la izquierda y el clamor de estos mismos votantes en sentido contrario. La colaboración de las fuerzas de izquierda para desalojar al bipartidismo del régimen es ya una demanda a la cual la dirección no puede sustraerse. Meramente la aritmética electoral, aplicada a las elecciones anteriores, hubiera permitido a la coalición Izquierda Unida-Podemos incrementar su representatividad en no menos de 14 diputados y 920.000 votos. En ese escenario Podemos se hubiera convertido en la segunda fuerza electoral del Parlamento y con capacidad teórica para formar gobierno. El error de cálculo de la dirección de la formación morada se hace ahora evidente, cuando la que fue la novia rechazada (Izquierda Unida) es ahora la joven deseada.

Pablo Iglesias hará un ejercicio de desmemoria y nadie en IU recordará aquello que dijo: “Deja de estar tan preocupado con las cosas que nosotros hacemos y con lo que nosotros proponemos. Sigue viviendo en tu pesimismo existencial. Cuécete en tu salsa llena de estrellas rojas, pero no te acerques, porque sois precisamente vosotros los responsables de que en este país no cambie nada. Sois unos cenizos. No quiero que cenizos políticos, que en 25 años han sido incapaces de hacer nada, no quiero que dirigentes políticos de Izquierda Unida, y yo trabajé para ellos, que son incapaces de leer la situación política del país, se acerquen a nosotros. Seguid en vuestra organización. Presentaos a las elecciones, pero dejadnos en paz”.

El nuevo periodo electoral acelera los procesos. Los errores de la cúpula de Podemos en las elecciones del 20D no han sido del todo corregidos. Su análisis electoral, al menos públicamente, ha huido de esa realidad, ha insistido en la victoria electoral, que no es poco, pero no ha querido sacar conclusiones de lo que podría haber sido. No es un error de juventud (la coalición formada en Cataluña, los acuerdos con las Confluencias, las mareas e IU en algunas Comunidades así lo demuestran) mucho me temo que forma parte del ADN de un sector de la dirección.

La situación política en nuestro país ha permitido lo impensable. La izquierda perdió una ventana política de oportunidad enorme el 20-D. Pero la descomposición del régimen nos da una segunda prórroga. Los grupos dominantes acentúan la campaña de demolición contra Podemos, al igual que hubo un momento que determinados medios auparon a esa organización. Ahora se inicia el proceso inverso. La erosión que promueven especialmente las televisiones públicas (controladas por el PP) y las privadas (por los grandes magnates de la comunicación) no dejarán de tener su efecto electoral. El objetivo a batir por el PSOE y C’s y en menor medida por el PP será Pablo Iglesias. La identificación simbólica de esa figura con la organización propicia que los ataques personalizados sean siempre muy efectivos. Ya se vivió una situación similar con las descalificaciones personales a los máximos dirigentes de IU hace años, Gerardo Iglesias o Julio Anguita sin ir más lejos. Podemos afirma no temer al nuevo ciclo electoral. Para Errejón la hegemonía política se basa en su eficacia, esencialmente si la compara con otras fuerzas de izquierda. La repetición a la baja de sus resultados, especialmente si no se alcanza alguna forma de confluencia con IU, sería difícilmente explicable y sometería a Podemos a un enorme estrés de representatividad.

Parece posible, y es desde luego deseable, que las dos fuerzas políticas colaboren para dar la batalla electoral. Es sin duda una buena noticia. Una de sus virtudes insuflar nuevos aires a la alicaída izquierda. Esta suma si sumaría.

Dos almas parecen confrontarse en el seno de Podemos respecto a la política de alianzas: los que hacen de la necesidad virtud y proponen alguna forma de coalición (Iglesias-Echenique), adopte ésta uno u otro modelo organizativo y aquellos que predican el distanciamiento (Errejón). Las dos tendencias parecen coincidir en lo mismo; limitar al máximo la visualización pública de IU. Izquierda unida es imprescindible en la nueva estrategia pero hay que taparle la cara. Los dirigentes de Podemos parecen haber comprendido que el crecimiento electoral ha de provenir de la confluencia con Izquierda Unida. Su capacidad de adaptación al entorno permite estos giros casi copernicanos: como decíamos, la “otrora” novia rechazada (IU), es ahora una joven deseada.

Esta “novia casadera” no viene muy lozana. El fracaso de la Refundación que propuso Cayo Lara y que fue incapaz de liderar; la terrible crisis de Madrid; la supeditación de la antigua cúpula dirigente respecto al PSOE andaluz; la desaparición práctica del referente en Cataluña (EUiA) cuyos dirigentes se han cubierto de lodo, en un tránsito que los ha llevado desde el comunismo ortodoxo hasta el independentismo-federalista (entiéndase eso como se entienda). A pesar de los pesares en este tránsito electoral, gracias en gran parte a la nueva dirección y a la experiencia de los cuadros políticos y a la militancia, IU ha mantenido su coherencia. En la nueva coyuntura busca su propia supervivencia al mismo tiempo que pretende estructurar un bloque antagonista que vaya más allá del propio ciclo electoral. El objetivo era evitar la perpetuación del bloque dominante PP-C’s; e intentar el “sorpasso” hacia el PSOE.

La cita será el 26 de junio. IU tiene mucho que ganar pero también cosas que perder. Los cuatro meses que median entre el 20 D y el 26 J han visto cómo la figura de Alberto Garzón se ha agrandado, aunque una alianza donde no sea reconocida la existencia de la propia organización podría situar a IU fuera del escenario político. El proceso de creación de esta confluencia/coalición pasará por fuertes dificultades. Sectores de IU se oponen, algunos apuestan por convertirse en poco más que una muleta del PSOE, para Llamazares la coalición representa el fin de IU; mientras, las reticencias de Podemos, en especial de Errejón, continuarán e intentarán, siguiendo sus presupuestos teóricos, ningunear a IU. Alberto Garzón debe negociar al alza.

La confluencia es un clamor en la izquierda sociológica más allá del partido del régimen que se supone la representa (PSOE). IU-Podemos tienen una enorme responsabilidad. La realidad electoral que salga de las elecciones del 26-J puede profundizar el proceso de descomposición definitiva del régimen del 78. El recambio por la derecha, C’s, padece los mismos síntomas de corrupción que el PP, con la diferencia de que acaba de entrar en la política nacional hace muy pocos meses. El fracaso de la propuesta del PSOE y su alianza con C’s coloca a Pedro Sánchez en una situación de gran debilidad. Hoy focalizarse en el discurso de la división es hacer un flaco favor al conjunto de las clases sociales, aquellos a los que se califica como los de abajo, a aquellos a los que supuestamente se quiere representar…

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