¿El país está en campaña?

11:18:00

En otros tiempos, por estas épocas, cuando el presidente comenzaba a tener el sol en las espaldas, era habitual que comenzará el ritual de lanzamientos de aspiraciones políticas.


El país, entonces, entraba en una dinámica de calentamiento de la temperatura electoral, en la que se hablaba de apellidos, partidos, alianzas y chequeras. Hoy las cosas se ven diferentes. Hay mucho pesimismo en el ambiente y demasiadas incógnitas sin respuestas.

Para empezar, es la primera vez que un jefe de Estado vive la paradoja de estar terminando su segundo mandato, tener los más bajos índices de favorabilidad y, sin embargo, estar ad portas de lograr el más grande éxito político en los últimos 60 años: acabar con la guerra no internacional más larga del mundo.

El Presidente Juan Manuel Santos será recordado como el último que fue reelegido y el único que fue capaz de desmontar, por la vía de la negociación, la estructura de terror que las Farc montaron durante seis décadas, sin que el estado pudiera derrotarlas militarmente. Una proeza, que ha contado con el apoyo de la comunidad internacional, pero que, a pocos meses de la firma de los acuerdos en La Habana, mantiene divididos a los colombianos.

La paz de Santos se ha chocado de frente con el discurso de guerra y revanchismo del senador Álvaro Uribe, los ataques del Procurador, y los dardos envenados de un sector de la prensa. Los sectores más reaccionarios han usado todo tipo de argumentos, la mayoría tendientes a generar miedo en la opinión pública, para deslegitimar el proceso. A pesar de ello, el cese unilateral del fuego está a punto de mutar en cese bilateral, y, acto seguido en cese definitivo. De los cinco puntos, se han firmado cuatro; se acordó el blindaje jurídico y solo falta el punto decisivo del fin del conflicto, es decir la concentración y la entrega de armas.

El fin negociado del conflicto armado sería, en otras latitudes, razón suficiente para que se expresara una fuerte unidad de la sociedad en torno a su Presidente, o para que el optimismo se expresara en las encuestas. Aquí, por el contrario, es fuente de polarización y escepticismo.

La mezquindad que se respira en algunos sectores parece un juego de talibanes. Da vergüenza tanto veneno que disparan quienes deberían invitar al diálogo. Quienes piden paz en Venezuela, son los mismos que reclaman que aquí siga la guerra. Son los mismos que sometieron el estado a los paramilitares, o le entregaron a las Farc cinco municipios del tamaño de Suiza. Ralito y El Caguan son esos símbolos de humillación del Estado. Esos poderosos que ni ganaron la guerra ni la paz hoy son halcones que rondan la naciente paz con las Farc buscando devorársela.

En la antesala de la paz, Colombia vive los peores momentos de la polarización. La crispación política lleva a absurdos como comparar a Santos con Maduro, como si fuera posible una maroma de ese tipo en estos momentos. Si el país nunca creyó que aquí fuera posible el castro chavismo, cuando vivía Chávez, mucho menos para a creer cuentos insípidos cuando Maduro no es ni la sombra de su antecesor.

En medio de ese panorama algunos hablan de elecciones presidenciales. A pesar de que algunos nombres han comenzado a sonar, la mayoría en voz baja, las elecciones comenzarán después de la firma de los acuerdos de paz –ojalá el próximo 20 de julio- y para entonces, el clima político, adquirirá un tono muy opuesto al que hoy se vive.

Muchos en el país, quizá de manera perversa, aún se niegan a dimensionar el tamaño de esa noticia, y su impacto nacional e internacional. No todos los días la guerrilla más antigua del mundo firma un acuerdo de paz y decide entregar las armas. La avalancha informativa que ese hecho generará no podrá ser silenciada por ex presidentes resentidos, procuradores abusivos o columnistas de extrema derecha. La paz será, en sí misma, una revolución en la manera como los colombianos comenzarán a entender su destino.

Será ahí cuando el país tendrá que sopesar la dimensión de quienes aspiran a mandar en la Casa de Nariño. El país deberá preguntarse, muy en serio, qué tipo de liderazgo reclama el posconflicto. Será, como ha sido en las últimas décadas, una elección entre el salto al pasado de la guerra o la refrendación la de paz. Porque del cumplimiento de los acuerdos, de la consolidación de lo pactado en La Habana, depende que nazca la nueva Colombia que varias generaciones ha deseado, o, por el contrario, emerja de las cenizas el monstruo de mil cabezas de la guerra que tanto ama Uribe.

Hay una larga lista de aspirantes presidenciales. Algunos han anunciado su condición de precandidatos, otros aguardan en sus puestos el momento del saltar al agua. El Vicepresidente Germán Vargas Lleras pareciera ser el más fuerte, pero en las encuestas lo sobrepasa Gustavo Petro, de quien se decían salió quemado de la Alcaldía de Bogotá. Puntea Sergio Fajardo, pero falta mucha tela por cortar y mucha paz por aclamar.

Una vez se firmen los acuerdos con las Farc se sabrá cuantos fusiles se silenciaron y cuántos patos adornarán el charco presidencial. ¿Estamos en elecciones? No, la era de Santos aún no ha terminado.

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