El fracaso del desarrollo económico

10:42:00

En todo el mundo el crecimiento económico se está traduciendo en destrucción ambiental, menos lazos afectivos y unas tasas en aumento de drogadicción o de suicidios. ¿Por qué seguimos creyendo que el desarrollo trae felicidad?

Por: Jaime Villamil / Razón Pública.

¿Vivir bien o vivir mejor?

A través de la familia, el salón de clase y la oficina, la sociedad nos enseña que el progreso de los países y de las personas se demuestra con el aumento de sus posesiones materiales. Nos acostumbramos a ver que el avance de un país sea medido en términos de sus ingresos y nos familiarizamos con palabras como “desarrollado” o “en vías de desarrollo”. Pero pocas personas se detienen a examinar si el predominio de la competencia y la búsqueda del beneficio individual se traducen de verdad en condiciones de mayor bienestar.

Entre los pueblos indígenas y las sociedades primitivas, por ejemplo, es clara la diferencia entre “el buen vivir” y “el vivir mejor”:

* El primero es un estado acabado que hace referencia a una situación de satisfacción y plenitud, independientemente de lo que se tenga.

* El segundo es un proceso que nunca acaba, pues siempre se quieren más bienes que procuren comodidad. Esta última es la conducta que asumimos todos los que vivimos en sociedades orientadas por el paradigma occidental.

Los indígenas tienen una profunda conexión espiritual con la naturaleza porque entienden que sus ciclos son sabios y que ella les procura lo que necesitan en cada momento. Por el contrario, el hombre occidental es soberbio y presume de poder obtener indefinidamente más de lo que necesita.

Mientras las comunidades indígenas producen y consumen colectivamente todo lo producido sin desperdiciarlo, los occidentales acumulamos y desechamos de manera incesante. Las nociones de “ahorro” y “desperdicio” son inherentes a nuestra civilización.

Pero el desarrollo material que tenemos en tan alta estima ha venido acompañado de un deterioro de nuestra felicidad, de nuestras relaciones personales, de nuestro clima y poco a poco nos está llevando a la destrucción. Es evidente que no podemos seguir llamando progreso a un proceso que no crea sino que destruye.

Un planeta que se suicida

El proyecto de la modernidad fijó sus bases en la razón y en el individuo; pero hoy, más que validarlo, tenemos que apartarnos de él. Esto ha sido confirmado por catástrofes como las guerras mundiales, los desastres por contaminación, la aparición de enfermedades derivadas de transformaciones genéticas y del uso de agroquímicos, los homicidios y las muertes por suicidios o sobredosis.

El suicidio es la expresión más trágica de este fracaso. Cerca de 800.000 personas se suicidan diariamente en el mundo (es la segunda causa de muerte entre la población joven). A las personas entre 15 y 28 años la sociedad les impone metas o estándares cada vez más elevados, y frente a esta presión, muchas de ellas acaban suicidándose.

En América Latina, cinco de cada mil jóvenes se suicidan cada año. Chile, que es el país de la región con mayor desarrollo económico, ha aumentado sus tasas de suicidio en los últimos años: 1.500 chilenos se quitan la vida anualmente.

En Colombia se presentan 1.800 casos por año y la mayor parte de esta población es joven. Nuestro país tiene las mayores tasas de desempleo juvenil y de informalidad de América Latina, y estas condiciones, además de estar relacionadas con los suicidios, crean más criminalidad y reproducen los factores de riesgo para las siguientes generaciones.

El suicidio tiende a estar más presente en países con mayores ingresos:

* Japón presenta más de 27.000 casos al año y el suicidio es la primera causa de muerte entre los jóvenes.

* En India se dan 258.000 casos al año.

* En China, 120.000 casos al año.

* En Rusia, 32.000.

El consumo de drogas es también un refugio para quienes no logran soportar la presión de la sociedad:

En los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), se tiene un ingreso promedio de 39.000 dólares por persona y 2,07 muertes por sobredosis por cada 100.000 habitantes. Estonia, un país de la OCDE, ocupa el primer lugar en el mundo por sobredosis, con una tasa de 10 muertes por cada 100.000 habitantes. Mientras tanto, en los países que se consideran menos desarrollados la renta es de 2 dólares por persona y la tasa de muertes por sobredosis es la mitad de la que tiene la OCDE.

Sin familia

Otra de las consecuencias del desarrollo económico es el deterioro de los vínculos afectivos y de las redes de apoyo familiar. Las personas hoy en día pueden maltratar o deshacerse con más facilidad de su pareja, de sus hijos o de sus padres.

Además, una cuarta parte de la población mundial ha sufrido maltrato durante su infancia. Y la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce que esta es una causa importante para que los adultos presenten conductas violentas, depresivas o adictivas que acaban por reproducir las mismas situaciones en sus hijos.



Otros estudios establecen que el divorcio y la ruptura familiar tienen una relación estrecha con la pobreza y con el deterioro social. En Estados Unidos, por ejemplo, se encontró que los hijos de familias monoparentales tienen cinco veces más probabilidad de ser pobres que quienes crecen con sus padres.

Hay una asociación evidente entre el número de divorcios y el ingreso per cápita de un país. En aquellos países de renta elevada o de rápido crecimiento económico se ve más claramente el deterioro de las relaciones afectivas. Suiza tiene un ingreso por persona de 60.000 dólares y 290 casos de divorcio anuales por cada 100.00 habitantes. Países como Rusia y China tienen 445 y 136 casos por cada 100.000 habitantes respectivamente.

La población mundial tiende a hacerse cada vez más vieja y a sobrevivir en condiciones de abandono debido a la misma fractura de los lazos familiares. Se estima que pasaremos de novecientos millones de personas mayores de 60 años hoy, a 2.000 millones en 2050.

En Colombia 1.300 menores de edad son abandonados cada año, y una cifra igual se presenta en el caso de los adultos mayores. Dentro de las razones que aparecen con mayor frecuencia están las económicas, pues el cuidado de un menor o de una persona adulta que no puede valerse por sí misma disminuye el ingreso.

¿Y el Estado?

El abandono institucional es otro fenómeno que debe enfrentarse. Temas como la educación, la salud y las pensiones se han entregado a la administración privada, que mira exclusivamente al beneficio económico. Los países que alcanzaron sistemas de protección social públicos y de acceso universal hoy tienden a desmontarlos, y las economías en desarrollo adoptan sistemas que tratan estos asuntos como mercancías.

En Colombia el régimen de ahorro individual en pensiones permite que el gobierno y los administradores privados sean los beneficiarios de los aportes de los ciudadanos. El gobierno se financia mediante títulos de deuda pública (TES) que principalmente son comprados por los fondos de pensiones con los ahorros de las personas. Por su parte los Fondos reciben una comisión por gestionar los portafolios y no asumen la responsabilidad por los riesgos a los que exponen los ahorros para la vejez.

En el sistema de salud pasa algo similar. A los creadores y reguladores del mismo no les conviene mejorar la deficiente atención porque reciben beneficios económicos y políticos de quienes administran el riesgo en salud. Ellos, a su vez, mejoran sus utilidades si ofrecen unos servicios inoportunos y de baja calidad. Todo esto ocurre a expensas de la salud de los colombianos.

Esto no es un fenómeno exclusivo de Colombia. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS): “100 millones de personas caen en la pobreza todos los años al costear la atención sanitaria y un número aún mayor de personas no puede acceder a ningún tipo de atención de salud. (…) Sin una reorientación sustancial es probable que los actuales sistemas de salud se vean desbordados por los crecientes desafíos del envejecimiento de la población, las pandemias de enfermedades crónicas, las nuevas enfermedades emergentes, y las repercusiones del cambio climático”.

La idea del desarrollo económico gana terreno pese a su alto costo social. Aquellos que no logran acomodarse al modelo están destinados a la pobreza y, en el peor de los casos, al suicidio. El predominio de una conducta egoísta nos está llevando al desastre.

Aunque algunos son conscientes de la situación, quienes tienen el poder para cambiar el destino están sometidos a la ilusión del desarrollo económico y les resulta muy costoso lanzarse de este vehículo en movimiento.

El filósofo esloveno Slavoj Žižek describe esta situación como “una máquina global anónima que sigue su curso ciegamente, sin ningún agente secreto que lo anime. El horror no es el espíritu en la máquina, sino la máquina en el corazón mismo de cada espíritu viviente”.

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