Para entender la corajina del Procurador.

23:20:00

Por: Arturo Villarreal Echeona / Democracia en la Red.

Voy a ventilar la noticia de la intervención del Procurador en Sabanas de San Ángel con un poco de historia. El conflicto de la tierra en Colombia, que se agudizó a partir de la década de los 50, con el surgimiento primero de las guerrillas liberales y después con los extremismos armados de la izquierda y la derecha, se origina en el hecho de que en Colombia la revolución de la burguesía liderada por Simón Bolívar, que destronó a la aristocracia y le dio la independencia al país del yugo español, nunca cumplió la tarea de cerrar el capítulo del poder feudal terrateniente en nuestra historia.

Por el contrario, los grandes potentados de la tierra se convirtieron en el puntal más importante de la república recién fundada, y procedieron con la venia del clero oficial y el respaldo de las fuerzas más retardatarias, a restaurar el virreinato e implantar una tiranía contra el pueblo camuflada de democracia representativa.

En el Siglo XIX esas fuerzas retrógradas conservadoras lograron dar al traste con todos los esfuerzos de la burguesía por recuperar la iniciativa de la transformación agraria y de la modernización del país; primero con el triunfo de Núñez sobre el liberalismo radical en la revolución de 1885 que naufragó en la Batalla de la Humareda frente a El Banco, e inauguró la era de la Constitución centralista de 1886; y después con la derrota de Uribe Uribe en la Guerra de los Mil Días.

A causa de ello nuestro país siguió sumido en el atraso y en el letargo feudal, situación que se palpa de manera sobresaliente –para poner un ejemplo- en las actuales estructuras políticas, en la administración pública paquidérmica y en la distribución de la propiedad sobre la tierra en los departamentos del Magdalena, Bolívar y Córdoba, donde el gamonalazgo es la institución reinante. Mientras tanto, en los Estados Unidos y en los países europeos la revolución burguesa, de la cual Napoleón y Washington fueron sus líderes más conspicuos, tuvieron como consecuencia formas desarrolladas de democracia y de industrialización, precisamente porque lograron extirpar completamente los residuos de nobleza y de feudalismo en el campo.

Luego en el Siglo XX, lo que podía quedar de progresista en la burguesía liberal se manifestó en las tímidas reformas del presidente Eduardo Santos, tío-abuelo de Juan Manuel de la Paz, como la famosa Ley de Tierras de 1936, que se parece a la actual Ley de Restitución de Tierras, motivo de la corajina del procurador y asociados: mucho tilín y casi nada de paletas. Y ya más cerca de nuestro acontecer actual, pero en un episodio que sólo tenemos presente los que ya somos abuelos, el liberal Jorge Eliécer Gaitán intentó nuevamente a mediados del siglo pasado poner las cosas en su lugar y encaminar a nuestra nación por el sendero de la modernidad, acaudillando un movimiento nacionalista que se proponía precisamente completar las tareas pendientes de nuestra timorata burguesía.

Enarbolar la bandera de la soberanía nacional frente al poder extranjero, repartir la tierra, moralizar la administración pública y darle al gobierno un carácter popular, fueron cuatro propósitos que sellaron el destino de Gaitán, cuando ya todo el mundo lo daba por presidente. Fue el último intento.

Después de su asesinato a la burguesía liberal, convertida ya en socio auspicioso del conservatismo para todos los efectos de repartición del pastel, de opresión del pueblo y entrega de nuestras riquezas a la potencia del norte, ya no le quedarían más ganas ni le podía salir del alma luchar por la dignidad y la grandeza de nuestra Patria.

Lo que no hizo la revolución de Bolívar, ni las guerras ni las reformas liberales, sólo lo pueden hacer ahora las nuevas generaciones políticas que miran la historia y avizoran el futuro en términos muy distintos a los partidos tradicionales. Pero para lograrlo se requiere que sepan capitalizar las lecciones del pasado. La carta del triunfo está en no dejar al pueblo atrás, ni pretender apresurar la historia con trifulcas marciales que sólo dejan sangre, destrucción y lágrimas, sin ningún dividendo. Estos ojos que sí ven y estos corazones que sí sienten, tienen el deber de construir con inteligencia y de manera distinta un mundo nuevo.

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