La reserva Van Der Hammen y los suelos agrícolas de la Sabana.

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Salvar la totalidad de la reserva Van Der Hammen de la voracidad del lucro neoliberal es defender la producción de alimentos para la ciudad y la restauración de los bosques y humedales.

Por: Hector Mondragón / Semanario Caja de Herramientas.

La reserva Thomas Van Der Hammen además de ser una reserva forestal es una reserva productora, una reserva agrícola donde se encuentran suelos de la más alta calidad para la producción agrícola.

Son esos suelos los que el alcalde Peñalosa quiere cementar y pavimentar, matar para siempre, desconociendo los estudios científicos de la Universidad Nacional y el IGAC, colocando sobre ellos una lápida, a cambio de sembrar “más” árboles al lado de las pequeñas manchas de bosque sobrevivientes.

La reserva es un esfuerzo inmensamente valioso y esencial para aplicar la ley 99 de 1993 en lo que se refiere a la destinación prioritaria de sus suelos y no sólo de aquellos que están dentro de la reserva, sino del conjunto de los suelos agrícolas que quedan en la Sabana de Bogotá.

De la extensión de la reserva 367 hectáreas están dedicadas a la actividad agropecuaria en la llamada zona de uso y 138 hectáreas de la antigua hacienda La Conejera forman parte de la zona de protección del paisaje que deberán ser orientadas a sistemas agroforestales, silvopastoriles y de agricultura o ganadería ecológica. En el momento de su creación, la reserva apenas tenía 47 hectáreas de bosques o vegetación natural, pero fueron declaradas como zona de restauración 553 hectáreas; 34 hectáreas corresponden a humedales, fuentes y cauces de agua.

En total, el 36% del área la reserva, aproximadamente 500 hectáreas, pueden y deben mantener la producción agrícola en suelos de excelente calidad, así como la ganadería de leche, avicultura y cría de especies menores, orientadas hacia la producción ecológica.

Cuando en Bogotá se pagan más de 8 mil pesos por una libra de arveja desgranada, si el suelo agrícola de la reserva Van Der Hammen se usara para producir arveja, las ventas alcanzarían 240 a 300 mil millones de peso al año.

Actualmente, el principal cultivo del área es la papa. El conjunto de la localidad de Suba dentro y fuera de la reserva produce más de 3 mil toneladas al año. El segundo cultivo son las flores de exportación. En tercer lugar están varios alimentos: lechuga, zanahoria, tomate, arveja, maíz y varias frutas (fresa, mora, curuba, uchuva, tomate de árbol, durazno, ciruela, manzana y pera). Cerca del consumidor, ahorrando combustibles.

Los suelos rurales de la región se dedican principalmente a la ganadería de leche que produce 2 millones de litros al año, 150 mil de los cuales son vendidos directamente por pequeños productores al consumidor y el resto producido por medianos y grandes propietarios es llevado directamente en transportes a las pasteurizadoras.

La cuestión es cómo proteger los suelos de alta calidad agropecuaria y garantizar así la seguridad alimentaria de Bogotá y también de los municipios vecinos. Cómo proteger la Muequytá del ordenamiento territorial chibcha.

Según un estudio de la Universidad de la Sabana, en el 63% de las mejores tierras agrícolas del país ya fueron urbanizadas, mientras que el 18% de los suelos agrícolas de la Sabana de Bogotá son actualmente lotes de engorde a la espera de que sus precios continúen subiendo hasta ser urbanizados. En toda la Sabana de Bogotá, el área total cosechada alcanza solamente 25 mil hectáreas, menos del 15% del área rural.

El Espectador ha revelado que cerca del 30% de la reserva Van Der Hammen es propiedad de urbanizadores, constructores, agentes inmobiliarios, bancos y fondos de inversión que se verían beneficiados al quebrarse la reserva.

Pero, la conservación de los suelos agrícolas de la Sabana de Bogotá es un asunto de importancia nacional, tanto por lo dispuesto por la ley 99 de 1993, como también porque el artículo 52 de la ley 160 de 1994 estableció la extinción de dominio o propiedad cuando los propietarios violen las disposiciones sobre conservación, mejoramiento y utilización racional de los recursos naturales renovables y las de preservación y restauración del ambiente, o las normas sobre reserva agrícola o forestal establecidas en los municipio o distritos con más de 300 mil habitantes.

Para el Plan de Ordenamiento Territorial de Bogotá (POT), compilado por el decreto 190 de 2004, “los cerros orientales y el río Bogotá, conjuntamente con los suelos rurales del Distrito Capital conforman un continuo ambiental y protegido alrededor de la ciudad, cuya finalidad principal es evitar los procesos de conurbación con los municipios vecinos” (art. 16). Es objetivo del Distrito detener la conurbación controlando la expansión urbana (art. 1 n.4).

El POT establece que “todas las áreas de la Estructura Ecológica Principal en cualquiera de sus componentes constituyen suelo de protección” (art. 75) y definió que cuando la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) adoptara su decisión en relación con las áreas protegidas de la zona norte, éstas áreas harían parte de la estructura ecológica principal (art. 82). La decisión fue adoptada por la CAR en el acuerdo 011 de 2011 que constituyó la reserva Van Der Hammen y por tanto según el POT su régimen de uso será el definido por la CAR (art. 85).

Según el alcalde Peñalosa el Distrito no puede comprar los predios de la reserva porque costarían más de 2 billones de pesos. Según la CAR, en 2011 costaban 300 mil millones, la tercera parte de lo que ahora avalúa el alcalde. Sin embargo, el problema no está en que el Distrito compre nada. Debe sí establecer estímulos tributarios. Los propietarios deben cumplir la función social y ecológica de sus propiedades o vender a quienes quieran cumplirla o la Agencia Nacional de Tierras debe cumplir la ley 160 de 1994.

Las soluciones de vivienda tienen que ubicarse en los lotes de engorde de las áreas urbanizadas o de expansión. La otra “solución”, reducir la reserva Van Der Hammen y urbanizar una parte de ella, no solamente sería un atentado contra los pocos suelos agrícolas que quedan en Bogotá, sino que busca que otros municipios tomen el mismo camino de desobedecer la ley 99 de 1993 y liquiden también el tesoro, lo que queda de sus suelos agrícolas.

El alcalde Peñalosa, ahora se ensaña contra los Mercados Campesinos tras anunciar la reducción de la reserva Van Der Hammen. Su modelo concuerda con el modelo la liquidación de la soberanía alimentaria de Colombia, que ha llevado a importar el 95% del trigo y la cebada y el 80% del maíz, cuando los bogotanos pueden producir la comida a pocos kilómetros y hasta a pocas cuadras de sus casas. Es el modelo fatal de los llamados tratados de libre comercio y las zonas francas.

En contraste, ya hay alcaldes como el de Cajicá que se deciden con valor a cumplir la ley 99 de 1993, así el ministerio de Vivienda los denuncie penalmente por cumplir la ley, o alcaldes como el de Mosquera que se preguntan por qué el alcalde Peñalosa quiere imponer la movilidad para la zona franca de Mosquera, mientras no deja construir el metro en Bogotá.

Para garantizar a sus habitantes el abastecimiento de oxígeno y alimento, Bogotá se dotó desde 2007 de una política de ruralidad, dentro de la cual además de las reservas forestales y agrícolas (como la Van Der Hammen) se propuso la creación de la reserva campesina de Sumapaz (por ahora congelada por decisión de ministerio de Defensa) y la exclusión de las zonas de expansión urbana de los territorios indígenas (en Bosa y Suba). Toda esta política de ruralidad es la que ahora es necesario defender y adelantar. Salvar la totalidad de la reserva Van Der Hammen de la voracidad del lucro neoliberal es defender la producción de alimentos para la ciudad y la restauración de los bosques y humedales.

Lucha que me recuerda aquel 12 de octubre de 1992, cuando el Cabildo Muisca de Suba, con Mamos de la Sierra Nevada invitados, realizó un ritual en las aguas, entonces tristemente negras, de la Laguna de Tibabuyes. Allí, valientes, los indígenas y las garzas migratorias blancas desafiaron el destino cruel que se daba a las aguas, que valientes también se negaron a ser desecadas, porque sus raíces subterráneas estaban a decenas de kilómetros bajo el suelo. Sabemos que las aguas ya triunfaron, espero que definitivamente, para integrarse con el humedal Juan Amarillo.

También me recuerda la lucha del Cabildo Muisca por el cerro La Conejera. Y desde luego, la lucha utópica y totalmente exitosa de la junta comunal del barrio Niza, por salvar el humedad de Córdoba-Itzatá de la voracidad cementera de la primera administración Peñalosa. No está demás soñar con que la Van Der Hammen se consolidará y será un ejemplo, primer paso para la definición del cinturón verde de Bogotá y la Sabana.

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