La ilusión “estatista” y la lucha por el poder.

08:35:00

Ya no se trata sólo de la derrota de un gobierno, un régimen o un sistema. Una transformación de tipo civilizatorio es la que tenemos al frente. De la civilización de la economía crematística-individualista a la de las relaciones colaborativas que unifique a las inmensas mayorías en defensa de la vida.

Por: Fernando Dorado / Democracia en la Red.

Antes de presentar las tesis sobre América Latina es necesario tratar dos aspectos que consideramos claves para empatar con el anterior documento (http://bit.ly/1qCZsBt). El primero es sobre la concepción del Poder y la Dominación en relación con el Estado. Es un problema central en la actual situación de Latinoamérica. El segundo es sobre el Nuevo Proletariado o “profesionales precariados”. Ello por cuanto en esta región del mundo ese sector de clase está casi en su totalidad bajo la influencia de la burguesía. Si no se aclaran estos puntos, las tesis no serán inteligibles.

El poder y la dominación en relación al Estado

Los trabajadores y los pueblos protagonistas de las revoluciones del siglo XX, heredamos una visión totalmente “cosificada” del poder. No porque los teóricos críticos del siglo anterior (XIX) lo hubieran planteado de esa forma sino porque sus planteamientos no alcanzaron a ser desarrollados plenamente y después aparecieron interpretaciones deterministas de sus teorías.

Las lecturas simplistas que definían al Estado como “el aparato de dominación de una clase por otra” llevaron a pensadores y revolucionarios a identificar el poder y la dominación como una acción centrada en el Estado. Al poder se lo identificó con el Estado y el Derecho. El aparato de dominación y la ley –según esa visión–, representaban la esencia del poder, la concreción material de la dominación. De acuerdo a esa mirada, el Capital se impuso en la sociedad a punta de mosquetes y bayonetas que eran la herramienta coercitiva de la ley. Así, el llamado a “destruir la máquina estatal de los capitalistas” y reemplazarla por nuestro propio “aparato de poder”, apareció ante nuestros ojos como una tarea relativamente fácil.

El cambio de un modo de producción a otro, del capitalismo al comunismo pasando por el socialismo, se visualizó entonces, como una obra viable por cuenta de una revolución política. El proletariado constituido en “clase para sí” en cabeza del Estado socialista, expropiaría a las clases explotadoras y construiría las bases de la nueva sociedad sin clases ni explotación. La tarea histórica estaba allí, a merced de los oprimidos. La dominación del capital sobre el trabajo “cosificada” en el Estado, podría ser reemplazada por la derrota del capitalista a manos del trabajador con el ejercicio directo de la “dictadura del proletariado”.

Al tener el control del Estado en nuestras manos olvidamos cosas simples que habían sido formuladas por esos mismos teóricos. El capital y el Poder no son sólo una “cosa”. Son también y, ante todo, una relación social. En realidad, la dominación del capital sobre el trabajo está concentrada y concretada en la forma como se crea valor1. Pero como eso era un poco más difícil de entender y enfrentar, entonces lo obviamos. El problema es que la teoría del valor no es sólo una ecuación matemática. Es la plasmación de una relación social de dominación que implica poder real en la relación misma, además de la historia, evolución, cultura y complejidad que están detrás de ella. Es la dominación interiorizada por el dominado no por coerción sino por dependencia.

Es por lo anterior que los trabajadores y pueblos caímos en una trampa conceptual. Surgió en el movimiento social una concepción voluntarista de la lucha política. Con el control del Estado, visto como una “cosa”, un “aparato de dominación”, creímos que a punta de leyes cambiaríamos la realidad. No sólo desapareceríamos a nuestros enemigos sino que nos transformaríamos de la noche a la mañana en la clase dominante. ¡Todo era posible! Los trabajadores habíamos asaltado el cielo y el horizonte estaba despejado.

Fue de esta manera como el “socialismo” autoritario de las primeras décadas del siglo XX fue convertido en una religión estatista por una clase obrera sin mucha experiencia política. De allí en adelante quedamos enamorados del Estado “heredado” sin realizar la tarea que en verdad había quedado planteada: Destruir la máquina estatal de los opresores y reemplazarla por un Estado “nuestro”, que en palabras de uno de esos pensadores “ya no es propiamente un Estado”. Sólo los “neo-zapatistas” mexicanos desde 1994 han venido en la práctica y en la teoría tratando de resolver tamaña tarea.

Pero claro la lucha es encarnizada por el Poder. Sólo que el Poder se basa en construir nuestra Fuerza y no creer que con solo apoderarnos del “aparato del Estado heredado” ya es suficiente. Allí hay una ilusión y una trampa que nos ha matado, en esa acción de “tomar el poder” realmente perdemos nuestra Fuerza porque la diluimos convirtiéndonos en administradores del “aparato” que está al servicio del Capital. Hay que transformar la Fuerza en nuevas relaciones sociales, esencialmente diferentes a las relaciones de dominación, y sólo así construiremos un Poder indestructible, no centrado en la “cosa”, el “aparato”, sino en la relación. El cambio civilizatorio implica un cambio en nuestra concepción de Poder, pero claro, en ocasiones –si hemos construido “nuestra fuerza”–, el control del “aparato del Estado” es clave (sin hacernos ilusiones) para neutralizar la fuerza del contrario (que hoy es un enemigo de toda la humanidad).

No entender la doble naturaleza del Poder (relación y cosa) es uno de nuestros grandes problemas. Sólo ver la “cosa” (aparato de Estado) nos hace descuidar en la construcción de la verdadera fuerza (nuevas relaciones sociales) y sólo ver la “relación”, nos lleva a ilusionarnos y creer que la lucha es como “hacer un bordado” y le damos grandes ventajas al enemigo para que use la “cosa” y nos golpee con ella en la cabeza. “Ni tanto que queme al santo ni poco que no lo alumbre”.

El Nuevo Proletariado, un sector de clase dinamizador

El Nuevo Proletariado o “profesionales precariados” en América Latina están bajo la influencia –casi total– de la ideología neoliberal. La razón principal es que la izquierda no los ve ni siente, o no los quiere ver ni sentir porque no los entiende. Esa izquierda representa, en lo fundamental, los intereses del escaso proletariado industrial que todavía existe en la región y de los trabajadores del Estado. Estos trabajadores miran la historia hacia atrás añorando el “Estado de Bienestar”, que muchos identifican con el “socialismo estatista del siglo XX”. Pero además, los gobernantes de los “procesos de cambio” que son dirigidos por los progresismos de izquierda, se aprovecharon de las luchas de campesinos e indígenas y cuando llegaron a ser gobierno, los hicieron a un lado.

Esa es la causa principal de que las luchas anti-neoliberales de la región no hubieran evolucionado hacia luchas anti-sistémicas y anti-capitalistas. Los gobiernos se quedaron sin sujeto social para avanzar. El proletariado tradicional y los trabajadores del Estado, se aferraron al Estado, ya sea para burocratizarse más o para luchar contra los gobiernos “progresistas” en forma sectorial, no con una visión política sino con la concepción economista y estrecha que portan desde que existen. Los indígenas y campesinos fueron despreciados. Frente a las necesidades del Estado “heredado”, las luchas campesinas e indígenas por reforma agraria, por construir un Estado plurinacional o contra el extractivismo depredador, ahora eran un estorbo. Y el Nuevo Proletariado no aparece todavía en la región como una fuerza o sector de clase autónomo, porque no tiene identidad de clase, está “perdido” en ilusiones burguesas, en sueños de “emprendimiento” y quiere ser un gran ejecutivo o empresario. Le falta sufrir.

Es por ello que no idealizamos al Nuevo Proletariado; no lo calificamos como el “nuevo sujeto social histórico”. Solo nos aferramos a la descripción y al análisis de las condiciones materiales de su existencia. Actualmente observamos diferentes sectores de lo que son los “trabajadores en general”. Están los obreros industriales clásicos (“fabriles” de la etapa fordista) reducidos a unos pocos sectores productivos y a líneas de montaje especializadas, comprados por el capital con las ganancias que extrae a otros sectores sociales; los trabajadores del Estado, domesticados por pequeños privilegios y a la defensiva; los proletarios tercerizados de los servicios y del comercio, sin posibilidades de organización y que no tienen la formación intelectual ni las condiciones de los “profesionales precariados”; los trabajadores “informales” que al lado de los desempleados y millones de “rebuscadores” del campo y la ciudad están al límite de la indigencia y la esclavitud (entre ellos los moto-taxistas, los vendedores ambulantes, los raspachines de coca, los corteros de caña y otros); y los campesinos pobres, con un pie en el campo y otro en la ciudad. Todos estos trabajadores son en realidad proletarios pero hay que analizar sus condiciones particulares de vida y su actitud ante la política y la cultura para no caer en conceptos genéricos como el de “multitud”.

El Nuevo Proletariado no es –desde nuestro punto de vista– ningún salvador ni redentor de las demás clases oprimidas. Tampoco es el hacedor o la encarnación del socialismo o del comunismo. Nos hemos alejado de aquellas interpretaciones que veían en un “sujeto social” la representación mecánica y mesiánica del futuro. Los “profesionales precariados” son un sector de clase que por sus condiciones materiales, su acelerada proletarización, su nivel de formación intelectual, su lugar en el proceso productivo (es el que diseña, produce y opera el Software, los programas de computación, el cigüeñal del actual proceso productivo como lo fueron las máquinas y fábricas en la fase “fordista”), y su lugar en la sociedad (cada “profesional precariado” es parte vital de una familia y de su entorno social y laboral), son un factor social dinamizador, articulador, motivador y, por tanto, muy importante para movilizar a toda la sociedad actual. Nada más y nada menos.

En el caso de América Latina, los “profesionales precariados” están todavía bajo la influencia ideológica de la burguesía porque recién aparecieron y son todavía privilegiados frente a otras clases o sectores de clase y, además, los gobiernos y las fuerzas de izquierda y progresistas ni siquiera los ven o si los ven, los incluyen en la categoría de las “clases medias”. Es decir, no los conciben como sujetos revolucionarios y como ellos –en verdad, son globalizados y diferentes a cualquier sector de clase del pasado–, la “soberanía nacional” tradicional que la izquierda les ofrece, no les dice nada, ni los motiva a nada.

Pero, en ese sentido, es bueno recordar cómo los revolucionarios rusos de finales del siglo XIX, no veían tampoco a los obreros como sujeto revolucionario, sino que concebían a los campesinos como los principales actores de la revolución anti-feudal y anti-zarista. En ese tiempo, a pesar de la explotación, los obreros vivían un poco mejor que los campesinos pobres, miraban a los capitalistas (que eran terratenientes, también) como unos patronos modernos y se enfrentaban más a los capataces que a la clase dominante y al mismo Zar. Estaban aprendiendo, igual que ahora.

En cambio, los “profesionales precariados” del Norte de África (Túnez y Egipto), de la Europa actual y de otras regiones, han sentido y sufrido con mayor fuerza el ajuste neoliberal y la crisis económica, el desempleo y la recesión. Y por eso ahí van, aprendiendo un poco más rápido que los de América Latina. Muchos los señalan de haberse dejado manipular de la CIA en la “primavera árabe” o en las “revoluciones de colores”. Tal vez así sea, igual que los obreros rusos que en los albores de 1905 todavía estaban bajo la influencia del Zar y de los clérigos, como el cura Gapón. Pero, de seguro, ya avanzarán.

Esperamos que estás dos aclaraciones nos permitan sustentar con mayor claridad las tesis sobre América Latina.

Tesis sobre América Latina

- La característica principal de la fase de 1999 a 2016 es la confianza absoluta en el poder del Estado heredado por parte de las fuerzas del progresismo de “izquierdas”. Además, y como fruto de esa certidumbre, el debilitamiento sistemático y el creciente estancamiento del movimiento social de las comunidades que se movilizaron en la fase anterior.

- Todas las expresiones de “izquierda” y progresistas que llegaron a ser gobiernos durante este período lo lograron canalizando electoralmente las luchas de los trabajadores, indígenas, campesinos y habitantes de barrios populares que durante los años 80s, 90s y principios de siglo, enfrentaron con vigor, valentía y fuerza organizada a las políticas neoliberales.

- Ese período de tiempo coincide con una década de incremento sustancial de los precios de las materias primas y de inversión de grandes capitales en minería en la región (sobre todo en oro y petróleo), que fluyeron como consecuencia de la crisis económica global iniciada en 2007.

- Dichos gobiernos progresistas y de “izquierda” –con diferencias más retóricas que sustanciales– impulsaron políticas “nacionalistas” que implicaron revisiones, ajustes y renegociaciones con las poderosas empresas transnacionales petroleras y mineras, que sirvieron para fortalecer los ingresos fiscales de los Estados de esos países.

- Igualmente, realizaron importantes esfuerzos por ampliar la inversión social y redistribuir parte de los recursos que se recaudaron a través del Estado, favoreciendo a sectores marginados de la población lo que se tradujo en la reducción coyuntural de la pobreza y de la indigencia, y el acceso de amplios sectores de la población a servicios públicos básicos.

- Sin embargo, dichos avances no rompen en lo fundamental con la esencia de las políticas neoliberales, al mantenerse en la dinámica de las “transferencias condicionadas en dinero” (subsidios) diseñada por el Banco Mundial en la década de los años 90s como atenuante compensatorio para la población vulnerable golpeada por los ajustes fiscales neoliberales.

- Tampoco se intentó romper con el modelo de dependencia. No se impulsó en forma consistente el desarrollo autónomo de un aparato productivo desligado de los intereses y controles impuestos por la burguesía financiera global. Lo que se puede mostrar en esa materia son simples saludos a la bandera y gestos populistas para la tribuna.

- No se promovió un verdadero proceso de integración regional más allá de lo que permitieron las burguesías trans-nacionalizadas de la región. Ejemplo, en infraestructura y comercio. El Banco del Sur, el gran oleoducto regional y otros proyectos similares, se quedaron en el papel.

- Se concentró todo el trabajo en la gestión estatal haciendo mínimos esfuerzos efectivos por crear y construir verdadero poder popular o formas de Democracia Directa. Los movimientos y las organizaciones sociales que fueron debilitadas o cooptadas fueron reemplazados con difusos, artificiales e inorgánicos movimientos “socialistas”, “progresistas” o “ciudadanos”. Todo, para supuestamente mantener el control y la gobernabilidad.

- Los gobiernos progresistas y de “izquierda” debilitaron –consciente o inconscientemente– sus bases sociales y permitieron que amplios sectores de la burguesía tradicional y de la emergente, se incrustaran y, hasta se apoderaran, de los “procesos de cambio”, fortaleciendo su capacidad de negociación frente a las cúpulas gobernantes y permeando de corrupción todas las áreas de la administración pública. Hoy pagamos esos “affaires” con la llamada “ofensiva golpista del imperio” cuando nosotros mismos creamos las condiciones para que nuestros dirigentes se revolvieran y confundieran con la clase política tradicional, clientelista, politiquera y corrupta.

- La destorcida de los precios internacionales del petróleo y de las materias primas aceleraron el desgaste de los gobiernos progresistas y de “izquierda” que ya habían iniciado un proceso visible de conciliación con la burguesía, lo que se convirtió en la causa principal del denominado declive político-electoral que se va convirtiendo en una caída vertical.

- La causa principal de esta situación es la concepción predominante sobre el “poder”. Corresponde a toda una época histórica de desarme teórico de los trabajadores y, a la vez, de debilitamiento material, político e ideológico de las organizaciones sociales.

- Además, el análisis de clases fue desechado y reemplazado totalmente por concepciones movimientistas, culturalistas y etnicistas. Es por ello que no se estudian ni comprenden los cambios ocurridos en el aparato productivo y en la estructura de las clases y sectores de clase. Así, terminamos perdidos y desorientados, sin posibilidad de construir fuerza social verdaderamente revolucionaria y anti-capitalista.

- Ha hecho crisis también la visión nacionalista estrecha. El desconocimiento de la esencia del poder global de la burguesía financiera y su enorme capacidad de control sobre nuestras economías, nos hizo ilusionar con planes “nacionalistas” que sólo podrían convertirse en realidad con la derrota política de las propias burguesías trans-nacionalizadas. Esa derrota sólo podía ser lograda mediante un serio trabajo de organización y movilización de la población en torno a metas claras y definidas, comprometida con una integración regional de carácter popular, con proyectos reales y concretos que enfrentaran en verdad el poder global del capitalismo.

- Ese fenómeno de “desclasamiento” de la lucha social y política de los trabajadores y pueblos de América Latina es lo que explica que los “procesos de cambio” tuvieran que depender del carisma y la capacidad política de caudillos y dirigentes representativos. No existían condiciones subjetivas para construir verdaderas organizaciones democráticas, equipos y “tanques de pensamiento” estratégico, formas de control social y expresiones ciertas de democracia directa y deliberativa que ofrecieran garantías de continuidad y consistencia hacia el futuro.

- La proliferación de las ONG que heredamos de la “democracia participativa neoliberal” sirvió también de cobertura y herramienta para degenerar y burocratizar gran cantidad de cuadros sociales y políticos que cayeron vencidos por los “dardos almibarados de la burguesía”.

- El imperio estadounidense también aprovecha el momento y lanza ofensivas de todos los colores para retomar su hegemonía, debilitada parcial y temporalmente por el auge de los gobiernos de la izquierda progresista. Reaparecen proyectos políticos neo-fascistas y populismos de derecha que se apoyan en las burguesías emergentes que han aparecido en diversos países de la región como resultado de la acumulación de capital en manos de elites mestizas, afros e indígenas.

- En general, ese es el panorama de las luchas populares en nuestra América Latina. Existen algunas excepciones que demuestran la regla. La esperanza en que todos se fundan es que las derechas no sean capaces de administrar sus triunfos político-electorales y que el acumulado “social” de los pueblos nos permita retomar el control de los gobiernos. Sin embargo, sin un replanteamiento profundo y estratégico liderado por los trabajadores, el gran capital financiero y los imperios de occidente y oriente mantendrán y profundizarán la dependencia de nuestras economías y los pueblos seguirán sometidos a las burguesías compradoras (tradicional y emergente).

La salida no es fácil. Sin embargo, la acción social y política de los nuevos sujetos sociales en formación, la evaluación juiciosa y crítica de nuestra experiencia y la necesaria revisión de nuestros paradigmas teóricos, tendrán que darnos las ideas e iniciativas para orientar nuestras luchas en consonancia con el desarrollo de un movimiento global de los trabajadores y los pueblos.

Dicho esfuerzo deberá armonizar la lucha contra el sistema capitalista que degrada nuestra naturaleza hasta el punto de llevarnos al límite del exterminio, con el desarrollo de relaciones sociales y economías colaborativas que exploren creativamente la combinación de cosmovisiones y prácticas ancestrales con lo más avanzado de los desarrollos tecnológicos.

Ya no se trata sólo de la derrota de un gobierno, un régimen o un sistema. Una transformación de tipo civilizatorio es la que tenemos al frente. De la civilización de la economía crematística-individualista a la de las relaciones colaborativas que unifique a las inmensas mayorías en defensa de la vida.

(1) Cuando Marx explica que el capital tiene una lógica que es “dinero-mercancía-dinero incrementado” o sea, “capital-fuerza de trabajo-capital más plusvalía”, y lo contrapone a la lógica del trabajo que es “mercancía-dinero-mercancía” o sea, “fuerza de trabajo-salario-recursos para sobrevivir y reproducirse”, nos está diciendo cómo en la confrontación entre una lógica y la otra, está la esencia de la dominación. Hay mutua dependencia entre el trabajo y el capital, pero a favor de éste último. Sólo se supera rompiendo esa lógica, superando las condiciones que la sustentan.

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