Errores occidentales, repetidos en China.

22:07:00

La economía china se enfrenta a una transición que es extremadamente desafiante. Con el propósito de lograr su objetivo de unirse a los países de ingresos altos del mundo, acertadamente el gobierno chino ha instado a que se confiera un “papel decisivo al mercado”.

Por: Adair Turner / Project Syndicate.

Pero, si bien la competencia de mercado funciona correctamente en muchos sectores, la banca funciona de manera diferente. En los hechos, durante los últimos siete años, la dependencia de China en la asignación de capitales con base en la banca ha llevado a que se cometan los mismos errores que causaron la crisis financiera del año 2008 en las economías avanzadas.

Un rápido crecimiento del PIB requiere de un alto nivel de ahorro e inversión, y los niveles altos de ahorro casi nunca son el resultado de la libre elección del consumidor. Los Estados pueden financiar directamente la inversión; no obstante, el establecimiento de créditos bancarios puede lograr el mismo efecto. Tal como Friedrich Hayek dijo en el año 1925, “el crecimiento capitalista rápido depende del ‘ahorro forzoso’ que viene a consecuencia del otorgamiento de créditos bancarios adicionales”.

Ambos, Japón y Corea del Sur, utilizaron créditos bancarios para financiar sus altos niveles de inversión durante sus respectivos períodos de crecimiento rápido. Los bancos nacionalizados de Corea del Sur financiaron directamente a las empresas orientadas a la exportación. En Japón, los bancos privados fueron “guiados” hacia el sector comercial.

No obstante, al mismo tiempo que los gobiernos dictaminaron amplias prioridades sectoriales, los bancos decidieron realizar una asignación de créditos empresa por empresa y extender créditos vía contratos de préstamo, mismos que imponían el cumplimiento de una disciplina financiera. Si, por el contrario, Japón y Corea del Sur hubiesen utilizado financiación directa gubernamental, casi con seguridad, la asignación de capital hubiera sido realizada de manera más deficiente.

Sin embargo, si bien el sistema bancario de Japón ayudó a impulsar un impresionante crecimiento posterior a la guerra, su auge inmobiliario incentivado por el crédito durante la década de 1980, y la posterior caída del mismo, condujeron a 25 años de crecimiento lento y deflación insidiosa. La crisis financiera mundial del año 2008, y el malestar posterior a la crisis, hicieron que la experiencia japonesa se replique en muchos otros países.

A medida que las economías se enriquecen más se tornan más intensivas en bienes raíces. Esto ocurre parcialmente porque las personas destinan una porción cada vez mayor de sus ingresos a la competencia por propiedades ubicadas en lugares más atractivos, y parcialmente porque en las economías que son intensivas en servicios, las actividades con alto valor agregado y clústeres de talentos se encuentran en las ciudades dominantes.

Pero, independientemente de cuáles sean las causas, los hechos son claros. El valor en aumento de los bienes raíces es, de lejos, la razón más importante para el incremento de los coeficientes riqueza-a-ingreso que Thomas Piketty discute en su libro El capital en el siglo XXI. Y, tal como un excelente estudio empírico de reciente realización indica: “hasta el año 2007, los bancos en la mayoría de los países se habían convertido principalmente en prestamistas dentro del ámbito de bienes raíces”.

Esta tendencia socava el supuesto de que los bancos asignan el capital de manera eficiente. Si las propiedades inmobiliarias deseables escasean, puede que, en ocasiones, el establecimiento y la asignación de créditos no sean actividades impulsadas por el análisis racional de proyectos de inversión alternativos, sino que estas actividades estén impulsadas por ciclos que se auto-refuerzan, en los cuales una mayor cantidad de crédito impulsa a que los precios de los activos suban más, sosteniendo estos precios, a su vez, las expectativas de nuevas alzas; y, consecuentemente esto conduzca a una mayor demanda de endeudamiento y a una mayor oferta de crédito. Tal como el Banco de Pagos Internacionales ha mostrado, los ciclos del crédito y de bienes raíces no representan sólo parte de la historia de inestabilidad financiera en las economías avanzadas, estos ciclos dan cuenta de casi toda la historia.

Esta es una historia que China ha repetido desde el año 2009. Para hacer contrapeso a la demanda de exportaciones que caía a consecuencia de la crisis financiera mundial, el gobierno desató una enorme ola de inversión en ferrocarriles, infraestructura urbana y propiedades. Las autoridades pudieron haber utilizado gasto público para financiar este auge de la construcción, contrayendo préstamos o imprimiendo el dinero necesario. En lugar de ello, optaron por un auge del crédito bancario, que causó que el coeficiente deuda-a-PIB se eleve desde alrededor del 150% en el año 2008 hasta el 250% en el año 2014.

En teoría, la asignación de recursos conducida por las entidades bancarias debería haberse garantizado que solamente se financien proyectos viables. De hecho, mucha de la inversión se ha desperdiciado: nunca se ocuparán los enormes y nuevos bloques de apartamentos en algunas ciudades de tercer nivel, y sectores de la industria pesada, tales como los del acero y el cemento, en la actualidad sufren a consecuencia de una sobrecapacidad severa. Debido a que muchas empresas de dichos sectores ahora dependen de nuevos préstamos para cubrir sus pérdidas operativas, se hace inevitable tener grandes deudas en mora.

Algunos de los problemas de China se derivan del hecho que el sistema bancario es primordialmente de propiedad estatal con estrechos vínculos entre los gobiernos locales y provinciales, lo que socava una evaluación crediticia disciplinada. Sin embargo, igualmente sabemos que los bancos privados también cometen grandes errores.

El sistema bancario de Irlanda era totalmente privado, pero los créditos otorgados con anterioridad a la crisis y el auge inmobiliario del país lo dejaron con alrededor de 20.000 viviendas en “condominios fantasma”, mismos que probablemente se tengan que demoler en su totalidad, lo que hace que su construcción sea un desperdicio absoluto. Ya que la población de China es 300 veces mayor a la de Irlanda, el número equivalente en dicho país alcanzaría los seis millones de viviendas.

China, por otra parte, es una economía mucho más centrada en el ámbito inmobiliario en comparación con las de Japón o Corea del Sur durante etapas similares de crecimiento de los ingresos. Mientras que Japón y Corea del Sur se centraron en la industrialización, China tiene la urbanización como uno de sus objetivos explícitos; además, su sistema de financiación para los gobiernos locales – en el cual las ciudades dependen de la venta de tierras para cubrir sus presupuestos – ha intensificado el sesgo hacia el desarrollo de bienes raíces. De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, China ya tiene más metros cuadrados por habitante en bienes raíces urbanos habitacionales que Japón o Corea del Sur.

China ya ha repetido los errores que condujeron a la desaceleración de Japón posterior al año 1990 y al sostenido malestar económico posterior al año 2008 en muchas otras economías avanzadas. De manera similar a lo realizado en dichas economías, la economía de China debe desarrollar abordajes regulatorios que compensen el sesgo que tiene el sistema bancario en cuanto a otorgar financiación inmobiliaria excesiva.

Pero las autoridades también deben abordar las enormes deudas ya acumuladas mediante el uso de recursos fiscales para financiar la recapitalización bancaria. Mientras tanto, el aumento de los gastos fiscales en bienestar social podría ayudar a reducir las altas tasas que se pagan por el ahorro de los hogares, apoyando el necesario desplazamiento hacia una economía más impulsada por el consumo.

Y, no obstante, a pesar de que se habló sobre los estímulos fiscales en la reunión del G-20 de febrero en Shanghái, los planes más recientes de China proyectan un déficit fiscal del 3% para la gestión 2016, que no es más alto que el de la gestión 2015. Los funcionarios parecen estar preocupados sobre que un rol público de mayor tamaño podría socavar la disciplina financiera; en otras palabras, igual a lo que ocurría en las economías avanzadas antes del año 2008, ellos dan por sentado que los peligros que amenazan a la eficiencia y la estabilidad sobrevienen, únicamente, porque se tiene un Estado hiperactivo.

De hecho, si bien los Estados pueden ser ineficientes y propensos a las tentaciones inflacionistas, los sistemas de banca privada también pueden asignar mal el capital, manteniendo ciclos de crédito que dejan estelas de profundo malestar económico. Las economías avanzadas y China, de manera conjunta, necesitan desarrollar teorías y políticas que reconozcan que los bancos son diferentes, y que los argumentos relativos a la competencia de libre mercado – válidos para otros sectores económicos – no son aplicables a dichos bancos.

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