Deseo de ser “youtuber”

06:40:00

“Hay que ser de la época", decía Honoré Daumier, y Jean Ingres, de manera socarrona, le respondía: “¿Y si la época se equivoca?”.

Por: Carlos Granés / El Espectador.

He ahí una maravillosa tensión de la que se derivan conflictos estéticos y pugnas por determinar qué es lo nuevo, qué lo revolucionario y cuál el arte que responde a los cambios tecnológicos y sociales que despuntan en un momento dado. Hay entusiastas de lo nuevo que abrazan con fervor, sin miedo al ridículo, aquellas formas, temas o medios expresivos que son, o parecen ser, muy propios de la época. Otros, por el contrario, ven con desconfianza los artilugios y los gestos que les parecen sólo modas, o, peor aún, modas pasajeras y ridículas.

Hay personas apuntando sus antenas hacia lo último; hay otras que desprecian la novedad y miran al pasado. A los primeros se les llama, o se les ha llamado, contemporáneos o revolucionarios; a los segundos, reaccionarios o anacrónicos. Unos parecen encarnar la sensibilidad del momento, otros la nostalgia por el pasado. Al menos así son vistos por quienes participan en los debates culturales. Pero examinadas más de cerca, todas estas taxonomías resultan engañosas.

Anacrónicos y en conflicto con su tiempo fueron Crumb, el genial dibujante que inventó el cómic underground a finales de los sesenta, y Balthus, el pintor de cuadros eróticos (él decía que religiosos) en los que inocentes prepúberes parecían despertar a la sexualidad en incómodas escenas. Aunque forjaron su sensibilidad oyendo u observando las formas del pasado, ambos lograron exaltar y escandalizar a sus contemporáneos con un efecto mucho más duradero que la pasajera transgresión del momento. Hoy en día nadie alborota —y fascina— en Colombia más que Vallejo, a pesar de que es el más anacrónico de nuestros escritores, el único al que se le ocurre revivir a Dios dándole cantaleta.

Anacrónico también fue Nicolás Gómez Dávila, de cuyos escolios sigue saliendo fuego y en ocasiones hasta azufre. Tampoco hay que olvidar que la vanguardia no fue vanguardia —nunca lo ha sido— por estar a la última, sino por romper la temporalidad y mostrar que lo más arcaico puede ser una regeneradora fuerza espiritual. Por eso el futurismo resonó en Arequipa, en Puno y en zonas remotas de la sierra peruana, y por eso el anacrónico indigenismo fue una de las más sólidas vanguardias latinoamericanas.

Quien busca sólo la novedad encuentra la convención. Quien sólo mira la cresta de la ola, acaba produciendo espuma. Abundan los clones de artistas o novelistas experimentales que convierten unos cuantos trucos y unas cuantas actitudes en la soporífera marca del presente. La más evidente: creerse portavoz de la nueva revolución formal, antídoto para las expresiones agotadas, y llenar las obras de fenómenos o tecnologías contemporáneas. Una legión de innovadores clava cada día los cimientos del nuevo statu quo. Lo nuevo, por sí solo, carece de valor. Nuevos son los youtubers y para ellos la celebridad y la fama. Supongo que se la merecen. Van con la época. Surfean como ninguno en las olas del presente. El arte y el pensamiento deben ir por otra parte: un camino libre de taxonomías que de poco sirven; un camino en el que lo nuevo y lo viejo, el presente y el pasado, sirven como insumos para la imaginación.

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