Sanders, Trump y EE UU: La clase aparecerá.

08:08:00

¿Por qué esta carrera a la presidencia en Estados Unidos es diferente de todos los anteriores ciclos de campañas presidenciales? Hay muchas razones, pero en la raíz de todas ellas se encuentra el voto de acuerdo con la clase social.

Por: Harold Meyerson / The American Prospect.

En grado limitado, el voto de los norteamericanos siempre se ha visto influido por su renta, riqueza y nivel educativo, la métrica más común para definir la clase de un votante. También se ha visto influido, no obstante, por otros aspectos de las identidades de los norteamericanos: raza y religión, principalmente.

En décadas recientes, sin embargo, votar en las primarias presidenciales de los dos partidos ha tendido a seguir patrones más específicos. El electorado de las primarias republicanos (que se ha convertido casi enteramente en blanco) se ha dividido generalmente entre votantes más pudientes que favorecen políticas económicas tradicionalmente conservadoras (bajos tipos de interés, sobre todo) y menos preocupados por asuntos religiosos y culturales, y los evangélicos, por lo común menos pudientes, que favorecen políticas culturales antimodernas a la vez que relegan las preocupaciones económicas a un estatus secundario, si es que no las desechan por completo.

La carrera a la presidencia de los demócratas con frecuencia ha presentado en décadas recientes candidatos del “establishment” (Walter Mondale, Al Gore, Hillary Clinton en 2008), respaldados por las instituciones más poderosas en la órbita de los demócratas y con fuerte apoyo de votantes de clase trabajadora. Estos candidatos se han enfrentado a “insurgentes” (Eugene McCarthy, Gary Hart, Bill Bradley, Barack Obama) cuyo apoyo entre los votantes demócratas más pudientes a menudo tenía poco que ver con la economía tradicional de necesidades primarias de los demócratas.

Pero este año, no.

La ruptura con el pasado es más claramente evidente en el Partido Republicano, en el que la identidad de clase ha eclipsado bruscamente la identidad religiosa y cultural como determinante primario de cómo votan los republicanos. El éxito de Donald Trump hasta la fecha tiene su raíz en su capacidad de ganarse casi la mitad de los votos de los republicanos de clase trabajadora, mientras los otros candidatos se dividían el voto de los republicanos de clase media alta. En Carolina del Sur, un estado en el que cerca del 70% de los votantes primariamente republicanos declararon en los sondeos a pie de urna que eran evangelistas, Trump se llevó la parte del león por encima de Ted Cruz, que se había asegurado el apoyo de la gran mayoría de los pastores y organizaciones evangelistas. Pese al apoyo a Cruz del estamento evangelista, Trump se hizo con un enorme margen de los evangelistas de clase trabajadora. De manera semejante, Marco Rubio, que aparecía como favorito de los republicanos tradicionales de clase media alta, superó a Cruz entre los evangélicos con formación universitaria.

En un estado en el que los cristianos derechistas hace mucho que sofocaron la política republicana, de pronto importaba menos. A buen seguro, la pretensión de Cruz de conseguir el apoyo de los evangelistas podría haberse visto debilitada por el hecho de que es la figura política menos constreñida éticamente en muchos años. Pero el hecho de que ninguno de los líderes o instituciones volublemente cristianos que le apoyan haya expresado recelos acerca de su neo-mccarthyismo sugiere que sus enormes deficiencias morales no fueron un freno para conseguir el apoyo de los evangelistas.

En Iowa y New Hampshire, Trump ya se ha convertido en el favorito de los republicanos no religiosos de clase obrera. En Carolina del Sur, le ha sumado el apoyo de sus homólogos evangelistas, un patrón que, si se mantiene en las primarias del Supermartes en todo el Sur [como ha sido el caso, N. del T.], podría ser suficiente para despachar a Cruz definitivamente dejádolo fuera de la carrera. El atractivo de Trump para la clase obrera republicana viene en dos partes. Primero lleva lo que es ya el racismo y la xenofobia marca del partido al extremo con lo que son sus diatribas contra los immigrantes, los mexicanos y los musulmanes. En segundo lugar, contraviene la economía republicana convencional con políticas que gozan de un extendido aractivo entre la clase trabajadora: oponerse a los acuerdos comerciales y a los recortes a la Seguridad Social y al Medicare.

El programa de Trump no tiene antecedents en la política norteamericana reciente, pero debería resultar familiar a cualquiera que haya seguido la política europea reciente. Apesta al misma nacionalismo intolerante que caracteriza a la derecha nativista de Le Pen en France, del UKIP en el Reino Unido y otros partidos derechistas por todo el Continente. Estos partidos tienden a tener sus mayors éxitos en zonas que habían sido antaño bastiones de clase obrera de partidos socialdemócratas (o, en Francia, del Partido Comunista).

De manera semejante, a medida que las primarias norteramericanas se desplazan hacia el Medio Oeste postindustrial, Trump se sitúa para rendir en la mejor posición entre los trabajadores blancos que en tiempos pasados habrían disfrutado de empleos seguros y bien remunerados en sectores sindicados, y con los que se podía contar en general para que votaran demócrata. La movilidad hacia abajo y la desindicación de la clase trabajadora blanca se han combinado en varias de las últimas décadas para producir un sector del electorado cada vez más tendente a la derecha. Pero ningún líder politico antes de Trump ha confeccionado con tanto éxito un programa que se dirija a ese sector y atize su furia tanto hacia la clase política que permitió la deslocalización de sus empleos como hacia las minorías y los extranjeros a los que consideran una amenaza económica y cultural. El relato que hace Trump de la deslocalización está convenientemente distorsionado: el TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte - NAFTA) y el PNTR [Permanent Normal Trade Relations, que regula el comercio de los EE.UU. con otros países] existen, afirma, porque México y China “ganaron” mientras que los EE.UU. “perdieron”. En ese relato omite que el TLCAN y el PNTR se llevaron a la práctica por la insistencia del sector financiero y de grandes negocios norteamericanos. Pero al culpar a otros países — que tuvieron poca o ninguna influencia en las deliberaciones de Congreso sobre estos acuerdos —Trump puede mezclar y acrecentar, y de hecho mezcla y acrecienta, la furia de sus partidarios por la pérdida de los empleos de clase media junto a la indignación hacia los “otros” que son extranjeros.

Preludio necesario para la deriva de buena parte de la clase obrera blanca hacia el trumpismo ha sido la desindicalización. Desde la aparición de los sondeos a pie de urna a finales de los 60, los hombres blancos de carne obrera han votado demócrata en las elecciones presidenciales en una proporción 20 puntos más elevada que sus colegas no sindicados. Conforme ha ido descendiendo la porción de hombres blancos de clase trabajadora sindicados en el sector privado, de aproximadamente la mitad a mediados del siglo XX hasta su actual nivel bastante por debajo del 10 %, esta cohorte se ha ido desplzando de modo regular a la derecha. Lo que las primarias republicanas de este año han dejado claro hasta ahora es que una parte apreciable de su electorado estaba justo esperando a que apareciese alguien como Trump.

Lo mismo puede afirmarse en buena medida de esos votantes democrátas que se han cobijado bajo la bandera de Bernie Sanders. En un grado sin precedents en la política norteamericana, el apoyo de Sanders se concentra entre los jóvenes: ha llegado a más del 80% de los votantes menores de 30 años en todas las votaciones hasta ahora, y con claras mayorías entre los votantes menores de 45 años. No es coincidencia que sean los jóvenes los que han llevado la peor parte de la Gran Recesión, de una recuperación que ha generado pocos empleos de renta media, del lado peor del aumento de la desigualdad económica, y de la financiación insuficiente de instituciones anteriormente bien subvencionadas como universidades y facultades públicas. Ya en 2011, había más norteamericanos menores de 30 años que declaraban en los sondeos de Pew que tenían una opinión más favorable del socialismo (49 %) que del capitalismo (47 %). En ese sentido, había también una apreciable porción del electorado demócrata que estaba esperando a que apareciera alguien como Sanders.

El apoyo a Sanders entre los demócratas de ingresos reducidos y el respaldo a Hillary Clinton entre los demócratas de rentas más altas (la única cohorte de renta que se llevó en Nueva Hampshire fueron los demócratas de hogares con rentas por encima de los 200.000 dólares) le da la vuelta a la arraigada pauta del partido en las primarias de enfrentar a un insurgente “de los que beben vino” contra un candidato del Establishment” “de los que beben cerveza”. En las inminentes primarias de Carolina del Sur de este sábado [27 de febrero], la clara ventaja de Clinton entre los votantes afroamericanos bien puede revertir esta pauta [como así ha sido, N. del T.], pero la capacidad de Sanders hasta la fecha para ganarse los votos de clase trabajadora blanca supone una ruptura decisiva con la reciente historia de los demócratas. En 2008, fue Clinton, más que Barack Obama, quien reclamó ese voto.

En el corazón de las coaliciones de Trump y Sanders hay bases electorales que creen, con razón, que lo están pasando mucho peor que quienes les precedieron. Los hombres blancos de clase trabajadora prosperaron, desde luego, a mediados del siglo XX. Los jóvenes del “baby boom” pudieron pasar por la Universidad sin incurrir en deudas monstruosas y entraron en un mercado de trabajo bastante más amable que el que recibe a muchos licenciados universitarios hoy en día. Cada uno de los grupos vota ahora como clase, pero de maneras muy diferentes: los trumpianos ventilan su ira principalmente con las minorías e inmigrantes que no son responsables de su declive económico, y quienes respaldan a Bernie dirigen su fuego hacia la élite económica y a quienes se lo facilitan a ésta, que son ciertamente responsables del achicamiento de las oportunidades de la clase media.

Ambas son cohortes económicas diferenciadas. Y las dos votan a su clase.

Harold Meyerson es columnista del diario The Washington Post y editor general de la revista The American Prospect, está considerado por la revista The Atlantic Monthly como uno de los cincuenta columnistas mas influyentes de Norteamérica. Meyerson es además vicepresidente del Comité Político Nacional de los Democratic Socialists of America y, según propia confesión, "uno de los dos socialistas que te puedes encontrar caminando por la capital de la nación" (el otro es Bernie Sanders, combativo y legendario senador por el estado de Vermont).

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