Un argumento falaz.

05:38:00

El argumento de que hay que insistir en cárcel y no participación en política y hablar solo de desmovilización y desarme para tener un buen acuerdo es falaz: explota la justa indignación de mucha gente con la guerrilla para decir que propone una cosa cuando en realidad busca exactamente la contraria.

Por: Alvaro Sierra Restrepo / El Tiempo.

¿Cuál es el trato que se está cerrando en La Habana?

En esencia, que, sin ir a la cárcel y sin que ningún delito les impida participar en política, los jefes de una guerrilla de medio siglo aceptan desmovilizarse y que las armas queden fuera de su alcance, pasar por proceso judicial, sentencia y sanción, contar la verdad y reparar a las víctimas. En contrapartida, el Estado accede a cambios de fondo frente al mundo rural, ampliar la democracia y reformar la política antidrogas y a que la justicia transicional se aplique no solo a los guerrilleros sino a agentes oficiales y participantes civiles del conflicto armado.

¿Cuál es el argumento central contra ese trato? Que es blando, porque no tiene cárcel y no cierra la puerta a la política a autores de crímenes atroces y, además, iguala a guerrilleros y agentes del Estado.

El argumento es benevolente: no dice que se opone a la negociación (hace rato la oposición entendió que sublevarse cerreramente contra la paz era suicida), e insiste en que lo que quiere es una paz justa, sin impunidad ni blandura.

Eso cala en sectores que llevan más de una década convencidos, por un satanizante discurso estatal y mediático (no sin la tremebunda ayuda de eventos como El Nogal y Bojayá), de que las únicas Farc buenas son unas Farc vencidas y humilladas. No solo los cerebros de la oposición sino muchos ciudadanos de a pie quisieran ver al Secretariado como en la célebre foto de Abimael Guzmán, el jefe de Sendero Luminoso, en Perú, después de su captura: con piyama de rayas y en jaula.

Otras dos premisas completan el argumento. Una: la dureza debe ser solo para los guerrilleros; no para quienes, amparados en la institucionalidad, cometieron delitos igual de graves y son también responsables de la guerra. Otra: con las Farc solo habría que hablar de desmovilización y entrega de armas, nada más.

En realidad, el argumento no es por una paz ‘mejor’. Es la continuación de la guerra por otro medio: la retórica. Pedir a los jefes de una guerrilla que firmen ir a prisión y no participar en política no es muestra de firmeza. Ni tampoco favorece una paz más ‘justa’ y una negociación menos ‘blanda’. No. Es decir subrepticiamente que las Farc deben aceptar en la mesa las condiciones que le impusieron a Abimael Guzmán su captura y la derrota completa de su grupo. Eso no es buscar un acuerdo mejor; es arrinconarlas para no dejarles más opción que hacerse matar en el monte.

La Habana no es Nuremberg. Ni ocho años de seguridad democrática ni al menos cuatro más de ofensiva de Santos pudieron llevar a las Farc a la capitulación. Lo que la oposición y sus líderes no aceptan –porque en parte sería confesión de su propio fracaso– es que con las Farc se negocian las condiciones de su abandono de la lucha armada, no las cláusulas de su rendición.

Una negociación es una negociación. Cuando no hay vencedores ni vencidos, con la contraparte se habla de política, no solo de concentración y desarme. Y los responsables de la guerra no son los que perdieron, sino los que participaron. Todos deben rendir cuentas. Y todos demandan una salida honorable. El mayor engaño a los militares es venderles los espejitos de colores de que basta una decisión unilateral del Estado para protegerlos de la jauría internacional de los derechos humanos. Lo único que los puede blindar –a ellos y a los guerrilleros– es la negociación.

Share this

Related Posts