Santos en 2016: entre la paz, la economía y la política.

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Un presidente que trata de darles gusto a todos navegará este año entre la inminencia de la paz, la crisis económica y la tensión entre sus socios políticos. ¿Acabará como gran reformador o como el prudente y pragmático “santista”?

Por: Andrés Dávila / Razón Pública.

Tres problemas

En este año el presidente Santos enfrentará un complejo conjunto de desafíos, en un entorno marcado por las dificultades fiscales y las tensiones políticas producidas por las estrecheces económicas, los escándalos de corrupción y los problemas asociados con el relevo o la continuidad de los presidentes en ejercicio.

Casi llegando a la mitad de su segundo período, los asuntos que desvelan al mandatario en este momento son la paz, la economía y la política, tres ámbitos que ha de atender en forma simultánea, pero que obedecen a condiciones, sectores y decisiones muy distintos.

Estos tres ámbitos podrían tanto ordenarse en un círculo virtuoso que fortalezca un camino positivo y favorable para la sociedad colombiana, pero también podrían entremezclarse en un círculo vicioso que precipite tensiones, provoque contradicciones y lleve a una sin salida.

Un gobernante sui géneris

Antes de examinar cada ámbito conviene señalar que para Santos ha sido común trabajar de modo simultáneo en varios asuntos críticos. Sus dos gobiernos se han caracterizado por esto y hasta el momento ha logrado mantener en curso una agenda amplia, ambiciosa, exigente y, en muchos aspectos, incluso contradictoria, sin tener que fijar un único perfil.

Por eso mismo, al hacer un balance de su gestión debe decirse que, a diferencia de su antecesor, el actual mandatario ha tratado de quedar bien con todo el mundo. Santos se la ha jugado por la paz, las víctimas y los derechos, mientras apunta a cambiar la imagen y la agenda de una Colombia próspera, moderna, de la que conflicto y narcotráfico no sean los referentes obligatorios.

Santos encarna la tensión que atraviesa la Constitución de 1991 entre derechos y economía de mercado, y dentro de esta tensión ha navegado de una manera hábil y prolongada. Curiosamente, nadie le ha indicado que no parece posible avanzar al tiempo en estos dos sentidos opuestos o, al menos, le ha precisado cuál debe estar primero.

Si se revisan sus planes de gobierno y su agenda política, podría verse que Juan Manuel Santos ha apostado en varios terrenos, y ha ganado y perdido indistintamente. Tres rasgos lo han definido:

• Un reformismo amplio pero pando,

• La capacidad de mantener una amplísima coalición de gobierno y de gestionar diferencias y rupturas con relativo éxito, y

• Un buen desempeño económico y en algunas cifras sociales que, sin embargo, la ciudadanía en general no le reconoce.

Todo esto sumado a una extraña mezcla de tecnocracia aristocrática que, en reacción a lo que significó el uribismo, a veces amenaza con devolvernos a tiempos anteriores a la Regeneración del siglo XIX.

Paz: la gran esperanza

Los tres asuntos en juego no parecen fáciles de resolver con aquellos mecanismos y rutina de gobierno que hasta ahora le han servido al presidente.

Para empezar, la paz ha tomado un ritmo acelerado y una preponderancia inédita, y es evidente que es la más importante apuesta de Santos, al menos en este año. Todo indica que la firma del acuerdo con las FARC se llevará a cabo con todas las concesiones, apuros y timonazos que resulten necesarios, incluyendo los cambios en la Constitución para que el gobierno y el Congreso puedan legislar más aprisa, el plebiscito como mecanismo de excepción con umbrales recortados, y los avances en asuntos como la justicia transicional. La mesa con el ELN se sumaría a esta cascada incontenible de eventos favorables.

Pero a pesar de todo esto quedan aún grandes incógnitas por resolver. Por ejemplo, habrá que ver si la sociedad colombiana, en su mayoría urbana y a espaldas de lo que está sucediendo en La Habana, se va a apropiar de un proceso que sigue considerando ajeno. Es cierto que la ventana para la negociación sigue abierta y que por eso Santos fue reelegido y ha podido capotear una duración de las negociaciones mayor de la que esperaba. Empero, la cuestión es si el plebiscito obtendrá el apoyo requerido y si de allí surgirán la legitimidad y la voluntad política para la transición, las reformas, la reconciliación, y para el salto definitivo hacia la paz territorial.

La pregunta es, en definitiva, si el resultado de la firma del acuerdo abrirá un proceso de cambios de fondo en una sociedad y en un sistema político acostumbrados a un reformismo sin reformas.

La economía: el dolor de cabeza

Tras quince años de desempeño favorable, el cambio en el entorno macroeconómico no es menos que preocupante. La desaceleración de la economía china, la caída de los precios del petróleo y el carbón (sobre los cuales se construyó el ciclo de crecimiento) y las dificultades de vecinos como Venezuela y Ecuador, compradores de nuestros productos, anuncian varios años de dificultades.

El gobierno insiste en que la situación está bajo control y anuncia la reforma tributaria integral que había sido largamente evitada por todos los equipos económicos anteriores. Sin embargo, los efectos de lo que está sucediendo ya comenzaron a sentirse en el aumento de la inflación y en el ajuste excesivo en la tasa de cambio.

Las cifras de empleo y reducción de la pobreza aún son presentables. Pero varios sectores, especialmente los gremios empresariales, han llamado la atención sobre una coyuntura que les parece más que difícil.

Las inversiones en infraestructura, especialmente en vías y vivienda, pueden ayudar a contrarrestar la caída de los sectores más afectados, mientras la agricultura y la industria podrían recoger los beneficios de una menor capacidad de importación. Sin embargo, la situación es, por decir lo menos, delicada.

Austeridad y disciplina fiscal son, sin duda, parte de la receta para contener la crisis. Pero a las necesidades ordinarias hay que sumar las de la transición a la paz y el cumplimiento de las reformas esperadas.

Claramente, en este momento en Colombia hay una típica situación de cuadratura del círculo. Por eso se entiende la negativa del equipo de gobierno a examinar por ahora algunos de estos nudos ciegos: creen que es mejor seguir adelante y arreglar, como dice el dicho, las cargas por el camino.

La política: ¿cuánto durará la Unidad?

En el campo político, la Unidad Nacional ha servido hasta ahora de paraguas para un gobierno que ha tenido con qué alimentar huestes cada vez más demandantes. Gracias a ello ha mantenido al margen las dos oposiciones, especialmente la de derecha encabezada por el senador Álvaro Uribe. Santos cuenta además con mandatarios regionales recién posesionados que han sido complacientes con los mensajes y requerimientos para la paz desde el gobierno nacional.

Pero es claro que a medida que transcurra el período de gobierno y se vaya poniendo el sol a sus espaldas, lo que hasta ahora son escaramuzas entre los partidos de la coalición y una ambivalente relación con el vicepresidente y con Cambio Radical, acabarán por ser la causa del rompimiento de lo que hasta ahora ha funcionado.

Es evidente que el presidente Santos tomó una temprana decisión a favor de Vargas Lleras, pero este parece ser el más ajeno a los propósitos de la paz. Algunos señalan que mientras el Partido de la U, el liberalismo y el conservatismo apuntarán en 2018 a un candidato que dé continuidad al reformismo de la paz, Vargas Lleras puede terminar cerca del uribismo y reeditar un nuevo movimiento hacia la derecha.

Lo que viene

Quiero ser optimistas y pensar en una posible retroalimentación positiva de estos tres ámbitos, jalonados especialmente por la paz. Sin embargo, el panorama no deja de ser difícil.

Hasta ahora el presidente ha mostrado que, si bien gusta de quedar bien con todos, es capaz también de arriesgar su capital político en aras de la paz. Así lo hizo en La Habana en septiembre del año pasado.

La cuestión es si, ante una exigencia aun mayor de tomar posiciones, logra hacerlo. Es decir, que si debe escoger entre el perfil de un gran reformador, en vez de seguir siendo esa mezcla de López Pumarejo y Eduardo Santos que lo ha caracterizado hasta ahora, se define en uno u otro sentido.

En otras palabras, hay que ver si logra desmentir el juicio del senador Jorge Robledo, quien ha dicho siempre que entre Santos y Uribe la única diferencia es el estilo, mientras que política y socialmente están del mismo lado.

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