Desigualdad y capital; Piketty después de Marx.

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Sesenta y dos híper-recontra-ricos en el mundo- vaya cantidad numéricamente microscópica-, apenas 62 individuos, poseen, oigámoslo bien, la misma riqueza que se ven obligados a compartir 3.600 millones de personas, la mitad de la población mundial.

Por: Ricardo García Duarte / Semanario Caja de Herramientas.

Semejante diferencia, dada a conocer por estos días, y resentida como una herida moral, confirma un fenómeno, cuyas tendencias subyacentes, las de largo plazo, han sido escudriñadas por Thomas Piketty, uno de los teóricos más connotados entre los que critican este tipo de divergencias, de contradicciones (injusticias, mejor), sembradas en la economía como si fueran naturales, cuando quizá no son más que artificios, en gran medida construidos con poder y con fuerza.

Coincidencias astrales

La visita de Thomas Piketty al país este 28 de enero viene a coincidir, seguramente por inasibles pero afortunadas conjunciones astrales, con la divulgación, a propósito de la pobreza, del más reciente informe de OXFAM, un anuncio que precede habitualmente al cónclave de los poderosos en DAVOS. Tal vez para amargarles un poco el rato en medio de los refugios cálidos que se esconden bajo las nevadas cumbres suizas. Allí donde ellos hacen sus cálculos, apoyados en la esperanza de que los impulsos del mercado se reanimen por obra y gracia de sus energías recíprocas.

Piketty es el joven y juicioso economista francés que hace dos años largos, con su obra El capital en el siglo XXI, causó vivo revuelo en los círculos intelectuales, en el mundo mediático y en los medios de la representación política, al reinstalar el tema de la desigualdad social en el centro de un debate público que en el nivel económico ha tenido normalmente como punto focal la producción y el comercio; y como plano preferido del análisis, el desarrollo bajo la perspectiva del equilibrio, nacido de las tasas de crecimiento marginal.

OXFAM es una ONG internacional, cuya misión es la lucha contra la pobreza en el mundo; y que cuenta, entre sus tareas, la de hacerle un seguimiento al curso que toma la desigualdad social, problema este del que precisamente Piketty es uno de los teóricos sobresalientes de su generación.

El informe de la ONG lo ha dicho con todas sus letras: “el 1% más rico alcanzó en 2015 la riqueza del 99% restante”. Una brecha abismal, aun si los cálculos que la respaldan puedan adolecer de mínimas imprecisiones. Una brecha que, por otra parte, no ha hecho sino crecer. Ya en 2010 eran apenas 388 las personas que equiparaban con su capital lo que poseía la mitad de la población mundial. Pero hoy son solo 62 esos mismos multimillonarios, capaces de amasar las fortunas que equivalen a la riqueza con la que tienen que vivir, ya no tres, cinco o diez millones, sino nada más y nada menos que 3.600 millones de habitantes del planeta tierra.

La brecha se amplía

Es por esta realidad, dolorosa e inquietante, por la que el libro de Thomas Piketty suscitó una impresión a la que no han escapado académicos y responsables de las decisiones políticas.

Muchos suponían que la expansión del mercado mundial y la consolidación del capitalismo harían emerger las clases medias y cerrarían paulatinamente la brecha entre ricos y pobres.

De hecho, el siglo XX trajo, con sus grandes empresas, con sus innovaciones tecnológicas y con la sociedad del aprendizaje, una tendencia manifiesta hacia equilibrios sociales en los Estados Unidos y en algunos de los países más dinámicos de Europa.

Y, sin embargo, en el último tiempo la economía evidenció el fenómeno de que su curso se invertía; y de que las desigualdades retomaban el ritmo y las profundidades ancestrales, aquellas propias de las sociedades patrimoniales y pre-modernas. Portadoras ellas de unas diferencias sociales que el capitalismo y la democracia liberal debieran, si no haber eliminado, al menos haber atenuado sensiblemente.

El siglo XXI empezó a dibujarse con líneas menos nítidas y con colores más sombríos en materia de desigualdad social. Y no ya solo en los países atrasados, secularmente desiguales, sino en los países de alto desarrollo capitalista; en los mismos que efectivamente la desigualdad tendría que disminuir, en la medida en que crecían.

Por algo, un economista como Paul Krugman empezó desde hace 10 años o poco más a insistir en las pérdidas que sufrían las clases medias en Estados Unidos y a exhibir con datos fehacientes la concentración de los ingresos en la cúspide de la sociedad norteamericana.

Cuando Thomas Piketty bautiza su obra como el Capital en el siglo XXI recoge el sentido de la indagación sobre un doble problema, el uno empírico; el otro, teórico. La investigación tiene que ver con el comportamiento real del capitalismo en la hora actual y, además, con el análisis teórico de las nuevas tendencias.

Una y otra aproximación, la empírica y la teórica, quieren apoyarse, epistemológicamente hablando, en un vínculo con la historia; en general, en un contexto conceptual más amplio, que incorpore para el análisis a las ciencias sociales, sin limitarse a las simples ecuaciones matemáticas. Por cierto, el autor ha confesado que siempre quiso, mientras estudiaba en Estados Unidos, regresar para trabajar en la parisina Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, lugar muy estimulante para las ideas, la misma del Boulevard Raspail, hogar intelectual de profesores como Fernand Braudel y Lucien Febvre o como Claude Levi-Strauss, o incluso como Maurice Godelier y Pierre Bourdieu, ninguno de ellos economista o matemático, sino más bien historiadores o antropólogos y sociólogos; y, sobre todo, hombres de pensamiento, sabios todos ellos.

La tendencia histórica y la desigualdad

A los datos empíricos sobre la desigualdad, a fin de constatar las curvas en el comportamiento del capital y de los ingresos, les pasa revista en un largo lapso retrospectivo, una novedad por su amplitud y robustez estadística. Detecta claramente la circunstancia de que después de los muy altos niveles de desigualdad social durante los siglos XVIII y XIX, época esta de la Revolución Industrial, y muy específicamente luego de la llamada Belle Epoque (hacia 1910 – 1920) comienza por fin un tendencia del capitalismo hacia la disminución de la desigualdad; una disminución que se iba a acentuar en los pujantes años 50 y 60 del siglo pasado; una época dorada de lo que algunos han llamado el capitalismo organizado. La brecha entre ricos y pobres tendía a cerrarse en los países altamente desarrollados.

Pero solo para comenzar a abrirse de nuevo en la última década del siglo XX y muy nítidamente en la primera del siglo XXI, algo que es observable en las estadísticas de ingresos de los Estados Unidos e incluso en las de países de altos equilibrios sociales, como los nórdicos en Europa.

Unas diferencias menos marcadas entre ricos y pobres dentro del capitalismo del siglo XX pareció ser una tendencia sobreviniente, luego de las intervenciones del Estado, de los sistemas regulatorios y de tributación; todo lo cual se puso en práctica, traducido en las decisiones que exigieron las dos guerras mundiales, el crac del 29 y las demandas sociales, orientadas en la misma onda de un Estado intervencionista y benefactor.

Por el contrario, la reciente tendencia hacia la ampliación de la brecha entre pobres y ricos coincide con el periodo posterior a la desregulación de los mercados, después de la década de 1980, tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos.

Comprobada esta tendencia en los hechos materiales, el autor francés, ahora visitante en nuestro medio, abre el margen para su aproximación teórica sobre el capital y sobre los ingresos que lo premian. Lo que matiza también con una mirada histórica.

Desigualdad y concentración en la historia del capital

Desde la antigüedad (La Roma Clásica, digámoslo) hasta bien entrada la modernidad (la Ilustración Europea, precisémoslo) el crecimiento económico mantenía un ritmo excesivamente lento, entre un 0.1% y un 0.2% anual, por decir algo (0.8% desde 1.700 hasta el presente). Mientras tanto, el capital, no en el sentido moderno de capital industrial, sino en el sentido lato de patrimonio, incluida la tierra, se incrementaba a un ritmo notoriamente más grande; por decir algo, a un 4%, un fenómeno que correspondía evidentemente a sociedades aristocráticas que mostraban por cierto una concentración estrafalaria de la riqueza: un mundo jerarquizado, más mecánico que orgánico, según la claves conceptuales de Durkheim; con muy poco margen para el mérito en la escala social; y más entregado por el contrario a las pautas sucesorales del linaje; las de la acumulación hereditaria.

Las cargas tributarias y el comercio de tierras, lo mismo que la racionalidad legal del Estado moderno, fueron todos ellos factores que entrañaron correctivos que, en consonancia con el capitalismo industrial, introdujeron el mérito como sustituto del linaje y de la herencia, para equilibrar progresivamente el crecimiento de los patrimonios privados y el crecimiento económico de la sociedad.

En todo caso, en esa relación entre los incrementos experimentados por los beneficios del patrimonio o capital y el crecimiento de la riqueza en el conjunto social iba a quedar jugada la partida doble de la desigualdad social y de la concentración de la riqueza.

Una partida que debía jugarse, como competencia entre el capital dedicado a conseguir mayores rendimientos, por un lado; y la riqueza en su conjunto, la que por cierto incluye también al trabajo.

Marx y la crítica del capital

Hablando del capital y de sus beneficios, no podemos olvidar, a estas alturas de la reflexión, que fue a Marx al primero que se le ocurrió analizar de manera contundente, crítica y exhaustiva el capitalismo. Es el autor que emerge como una gran sombra tutelar, en verdad difuminada pero inevitable, tras la investigación del autor francés.

El título que este le puso a su obra es una alusión, entre seria y coqueta, al autor alemán; de gran influencia este último hasta hace 40 años, pero muy descaecido posteriormente como referente intelectual; y cuya obra mayor escrita en el siglo XIX fue precisamente “EL CAPITAL”, texto que llevaba por subtitulo “crítica de la economía política”.

Parte medular de dicha crítica lo fue la elaboración teórica de Marx sobre la acumulación capitalista. El capital extrae sus frutos de la fuerza de trabajo ajena, del trabajo enajenado. En ese sentido, el capital (verdadera relación social, esencialmente desigual) no es más que trabajo anterior, “coagulado”. Es pura apropiación permanente de ese trabajo ajeno.

Hace parte de una lógica absoluta y determinante de acumulación a partir de la plusvalía arrojada por la fuerza de trabajo, pero que no es remunerada dentro del salario.

El capitalismo según Piketty

La crítica teórica, modelo siglo XXI, la de Piketty, no tiene los fundamentos ontológicos de la marxista (en esta se trata del ser mismo del capital), aunque ciertamente apunta a tendencias más o menos estructurales del capitalismo. Sobre todo, no hace parte de una lógica abstracta y radical, como la de la apropiación de plusvalía; y, por el contrario, se apoya en fenómenos históricos constatables, lo que está respaldado por una amplia batería de series estadísticas.

En ese sentido, es mucho más discreta y contingente, pues ella encuentra que el capital, en el sentido de patrimonio, envuelve el aumento de la desigualdad, pero también que durante ciertos períodos ha acarreado la disminución de dicha desigualdad social.

En Piketty, a diferencia de Marx, la fórmula clave del capital no está en la ecuación Dinero-Mercancía-Dinero incrementado; la misma que señala que el capital crece con la plusvalía ajena. Ella se estructura más bien alrededor del hecho de esclarecer los retornos o ganancias del capital en relación con el crecimiento de la economía en general. ¿Cómo son los rendimientos del capital, en relación con la tasa bajo la que crece la economía?

En dicha relación residen los equilibrios de la sociedad. El problema radica en la proporción en que crece el capital con respecto a la proporción en que crece el PIB, que es la medición clásica del crecimiento económico.

“r > g” o un desequilibrio cuasi-congénito

Su fórmula es “r > g”; una fórmula en la que r es la tasa de rendimiento del capital; mientras g es la tasa de crecimiento de la economía.

La tasa de crecimiento del capital (ganancias, intereses, rentas) es mayor que la tasa de crecimiento de la economía o del PIB.

Los capitales se incrementan en ritmos y proporciones desmesuradamente mayores que el crecimiento global de la economía. Ese es el capitalismo que se abre muy nítidamente, según los datos empíricos en el siglo XXI, por lo que la riqueza se concentra de una manera escandalosa y las desigualdades sociales crecen sin ningún freno. Con el agravante, según el autor francés, de que la fuerza propia del capital que se alimenta a sí mismo, aun sin el suficiente respaldo del crecimiento económico, lleva a la sociedad a un retroceso en los términos de las relaciones sociales y culturales. La hace más patrimonial, más amiga del privilegio heredado; menos cercana al mérito ganado a pulso, a la influencia virtuosa del trabajo y a las relaciones democráticas entre ciudadanos.

En resumen, la desigualdad y la concentración creciente de riqueza podrían hacer regresivamente a la sociedad más oligárquica, según lo acaba de denunciar Joseph Stiglitz, también de visita en el país.

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