Quebrada Manzanares: paradigma de transformación ambiental.

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La quebrada Manzanares, en el periodo de la colonia española, se convirtió en uno de los abastecedores principales de agua de la antigua Santa Fe. 

Por: Felipe Pineda Ruiz / Periódico El Quijote.


La urbe no solo se nutre de concreto, polución y caos. En sus goteras y el perímetro de su área rural yace uno de los manantiales hídricos más ricos del país: la cordillera oriental, colmada de una amplia gama de ríos apaisajados por frailejones, bosques, cumbres escarpadas, neblina y una variedad exuberante de tonos verdes y azules que le devuelven la esperanza a quien contempla su majestuosidad imponente.

Por esos zigzagueantes caminos, hace un puñado de siglos, los Muiscas transitaban y le daban vida a la leyenda de Bachué que, según el mito creado, pobló la tierra al irrumpir súbitamente de una de las decenas de lagunas de la región. De allí los sacrificios y ofrendas de nuestros antepasados y su devoción hacia el agua.

Nuestra localidad hace parte de esa maravillosa tradición ancestral y uno de los cerros emblemáticos de tan entrañable territorio que la compone, Guadalupe, es una de las fuentes hídricas más prolijas de la capital.

En la parte alta de Guadalupe se encuentra la quebrada de Santa Isabel, que alimenta con su caudal menor a la quebrada Manzanares, la cual transita por los territorios del Centro Oriente de manera serpenteante, llenando de color en su recorrido a los barrios La Peña, El Guavio y Egipto Alto.

Esta fuente hídrica, perteneciente a la cuenca del río Fucha, tiene 2478 metros de longitud y abarca una zona de manejo y cuidado ambiental de 32.705 metros cuadrados.
La quebrada Manzanares, en el periodo de la colonia española, se convirtió en uno de los abastecedores principales de agua de la antigua Santa Fe. Los primeros molinos posibilitaron la creación de aquellos incipientes acueductos municipales. La pureza de su caudal convertiría a Manzanares en uno de los lugares de recreo preferidos por los santafereños durante varias décadas hasta principios del siglo XX.

El crecimiento desbordado de Bogotá, la urbanización desmedida del corredor este capitalino, la deforestación producto de la tala indiscriminada de árboles sumado a los incendios y las quemas al igual que la ausencia de infraestructura han hecho mella en decenas de quebradas que emergen de las entrañas de los cerros orientales.

Del deterioro son testigos de primer orden los moradores de los barrios por los cuales cruza esta histórica cuenca en la parte alta de la Localidad Santa Fe “tenemos problemas serios con la contaminación del río: en estos últimos años se hizo común ver tubos, materiales de construcción, latas, zapatos y hasta animales muertos” afirma Gustavo Gutiérrez, un trabajador de la construcción habitante del barrio Egipto Alto, quien ha visto la evolución, no solo del barrio sino la involución devenida en contaminación de la quebrada Manzanares.

Sin embargo, no todo ha sido desesperanza para el futuro de este emblemático caudal acuífero ya que, a mediados de 2014, un grupo de entusiastas líderes sociales y barriales, encabezados por Ruby Quijano, presidenta de la Junta de Acción Comunal del barrio Altos de Egipto y dirigentes como Pablo Hernández, Víctor Leguizamón entre otros, decidieron aunar esfuerzos para evitar que el río, que delinea el mapa y el territorio del Centro Oriente, perezca.

De esta preocupación generalizada nació “Recuperando por la vida y la paz la quebrada Manzanares” proyecto de participación comunitaria en gestión de riesgos financiado con aportes del Instituto para la Gestión del Riesgo (IDIGER), que empezó a ejecutarse a finales de octubre del año pasado.

La iniciativa ha permitido que las mismas comunidades se involucren en el rescate del río, limpiando el cauce de escombros y elementos, y ha hecho posible un proceso de empoderamiento de los habitantes en torno a la importancia del agua, el medio ambiente y el entorno.

“Hemos logrado en estos pocos meses de ejecución del proyecto resultados maravillosos: las personas han cambiado sus prácticas y su manera de cuidar el río: ya no arrojan residuos domiciliarios, materiales peligrosos ni artefactos electrónicos. Estamos felices porque los niños han vuelto a transitar por los bordes y jugar, los habitantes de calle han salido al ver tantas personas volcadas de nuevo en la quebrada. Todo cambió” nos cuenta Ruby Quijano, artífice de este proceso de transformación exitosa de un entorno hasta hace poco teñido del blanco y negro de la contaminación, las enfermedades y la desesperanza.

En Egipto Alto, el color ha retornado con la descontaminación y mantenimiento de la quebrada. Como por arte de magia los lazos de amistad y fraternidad han aumentado gracias al proyecto, cambiando el arquetipo de convivencia, hasta ahora caótico, por uno más humano, colectivo y seguro.

Pero no solo este paradigma de trabajo vecinal ha estado circunscrito a la remoción de materiales extraños de la quebrada. Parte de la ejecutoria incluye la siembra de plantas vegetales nativas; la poda periódica del pasto kikuyo; la erradicación de plagas y vectores; la extinción de los vertimientos de aguas y la pedagogía ambiental que incluye la elaboración de murales alusivos a la conservación de la flora y fauna así como los recursos hídricos.

En el proceso de elaboración de esta crónica, se pudo constatar el cambio que este enclave de los cerros orientales ha experimentado. En clara consonancia con los lineamientos matriz de la Bogotá Humana, que plantea el ordenamiento de la ciudad en torno al agua para mitigar los efectos del cambio climático, se sugiere desde estas líneas periodísticas, replicar este tipo de iniciativas en diferentes localidades de la capital.

Twitter: @pineda0ruiz 

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