Izquierdas latinoamericanas: ¿qué pasó?

06:40:00

La historia se realiza por ciclos, la política también.

Por: Luis I. Sandoval / El Espectador.

En democracia el juego de pluralidad conduce a que un día gobiernen unos y otro día otros. Normal es el ascenso y el desgaste, normal es el relevo. Pero ello no exime de examinar en cada episodio o período los factores que explican la victoria o la derrota. Así el ejercicio de la política es un aprendizaje permanente en el propósito indeclinable de hacer realidad un proyecto de sociedad. 

Durante tres extensos lustros, desde 1998, se han sucedido gobiernos de izquierda y progresistas en países de América Latina. Primavera Democrática se llamó la ola de administraciones de sentido social que mediante triunfos electorales se instalaron, una tras otra, en Venezuela, Brasil, Bolivia, Uruguay, Argentina, Ecuador, Nicaragua y El Salvador. Capitales importantes como Lima, Montevideo, Ciudad de México y Bogotá han tenido también gobiernos alternativos.

Hoy estos proyectos sufren rotundas derrotas en Argentina, Venezuela y Bogotá, y en Brasil el gobierno del Partido de los Trabajadores, emblemático, liderado por el carismático Lula, experimenta muy serias dificultades y hace temer lo peor: el enjuiciamiento de la Presidenta Dilma Rousseff. Elemental es, ante estas circunstancias, preguntarse ¿Qué paso? ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué quienes gobiernan para el pueblo pierden el apoyo del pueblo? 

No se trata de gobiernos revolucionarios con un programa anticapitalista, ni de regímenes que invocaran el ejercicio de la dictadura del proletariado. Se trata de gobiernos demoliberales que llegaron con un programa de reformas económicas y políticas para deshacer algunas de las estrategias más socialmente lesivas del modelo neoliberal de desarrollo instalado desde los setenta con la enseña de la globalización, el Estado mínimo y el fin de la historia. 

Los actores no son destacamentos armados que triunfan, eso pasó solo en Nicaragua, sino partidos y movimientos que protagonizaron una multiforme y persistente resistencia civil al referido modelo. Su encanto estaba, tras la Caída del Muro, en convocar y unir masas populares, levantando banderas de reducir desigualdades sin lesionar libertades. Por un tiempo ese halagador ho+rizonte se hizo posible. 

No comparto las explicaciones maniqueas que se centran en decir que los malos de la derecha complotan contra los buenos de la izquierda y que así, en virtud de un designio perverso, se están produciendo las victorias de los primeros y las derrotas de los segundos. Ese facilismo que atribuye la suerte propia a factores exógenos y para nada toma en cuenta las limitaciones, debilidades y errores del propio caminar, deja las cosas en un callejón sin salida, porque querría decir que solo cuando los malos dejen de serlo(¡), o dejen de existir(¡) cambiarán las cosas. 

Pienso, en cambio, que el proyecto alternativo que se ensayó lo hizo sin una visión suficientemente estructurada del cambio necesario, que el pragmatismo no permitió potenciar el atractivo utópico, que el ejercicio de la política alternativa se permeó de las costumbres vitandas de la vieja política, que no se emprendió la transformación continuada y profunda de instituciones moldeadas para darle holgura total al mercado, que el ascenso de izquierdas y progresismos se hizo sobre la base del incremento de precios de bienes primarios generado por el propio modelo neoliberal y que el objetivo se limitó a modificar un tanto los términos de intercambio repartiendo a los más pobres parte de los mayores recaudos derivados de las bonanzas económicas. Este contexto cambió y se agotó el margen redistribuido. 

Pero, oh sorpresa, Europa aprendió de América Latina y hoy promisorios movimientos, profundamente innovadores, reclaman el protagonismo de un sujeto plural, el pueblo, ante la arrolladora crisis del norte. 

@luisisandoval

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